Chanchal

El horror de la banalidad

Nos hemos acostumbrado a que el horror esté presente de una forma casi cotidiana en nuestras vidas. La presencia de bombardeos, matanzas, desastres naturales y otras tragedias colectivas es tan continua que acabamos aceptándolo todo a condición de que se nos proporcione una lógica narrativa capaz de operar detrás de la tragedia, aunque sea una lógica retorcida, destructiva, desproporcionada y, a menudo falsa. La lógica del horror nos permite aislarlo y asimilarlo como una pieza más del tablero —algo perteneciente a submundos criminales y oscuros o intereses geopolíticos todopoderosos que exceden nuestros límites y capacidades. Sin embargo, este mecanismo fallará ante el horror incomprensible que nos causa la banalidad del mal, el horror resultante de un aterrador vacío empático hacia el otro —habitualmente un ser totalmente indefenso, como un animal o un bebé—, como si esta desconexión empática no estuviese asimismo presente en los grandes conflictos humanos.

De alguna forma, al igual que la humanidad asistió atónita y conmocionada durante el juicio a Adolf Eichmann —un teniente coronel de las SS de la Alemania nazi y uno de los principales organizadores logísticos del Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial—, a las declaraciones de un mediocre funcionario de oficina, un burócrata preocupado por la eficiencia de los trenes, los ascensos en su carrera y el cumplimiento estricto de las normas —un ser gris y alienado de cualquier atisbo de humanidad que en una Alemania democrática posiblemente no hubiese pasado de ser un jefe de estación ferroviario o un contable meticuloso e invisible— en lugar del monstruoso psicópata sádico lleno de odio hacia el pueblo judío que todos esperaban, en la red aparecen a menudo sucesos capaces de suscitar una reacción de estupefacción y rabia similares en muchos usuarios.

Casos como el de la fotógrafa rusa que decidió pintar de rosa a una elefanta que moriría poco después al despojarla de su condición de ser vivo, anciano y sintiente, para reducirla a un objeto impactante al servicio de su supuesta creatividad artística y su portfolio, la dueña y los clientes de un burdel en Indonesia que encadenaron a una orangutana a la que utilizaban como esclava sexual anteponiendo su interés económico y su aberrante desahogo sexual al infierno del pobre animal, los menores maltratadores de perros callejeros en China, usando el dolor de seres inocentes como objetos de exhibición al servicio de su afán de notoriedad, o la madre de Cleveland, en Estados Unidos, que se fue de vacaciones a Puerto Rico a disfrutar del sol y la playa dejando completamente sola en casa a su hija de tan sólo 16 meses de edad, que murió agónicamente de inanición mientras su madre publicaba selfies en las redes sociales para dejar constancia de sus maravillosas vacaciones, aterran porque en su delirio exhiben un vacío empático y mental espantoso.

Todos ellos de alguna forma se caracterizan por cosificar y sacrificar a su egoísmo a seres completamente indefensos, animales o bebés, y —lo más aterrador— hacerlo desde su propia cosificación y “deshumanización”. Ni la fotógrafa escondió las imágenes de su abyecta campaña publicitaria, ni los menores sus despreciables videos, ni la madre ocultó su total incapacidad empática mostrando lo feliz que se sentía. Más bien al contrario, en su vacuidad y su ceguera, lo mostraron esperando recibir un cierto reconocimiento por ello, un “like”. Todos ellos se habían convertido en monstruos, víctimas de su propia “deshumanización”, de su delirio por haberse exiliado de las coordenadas del mundo real y habitar un mundo líquido filtrado por la autocomplacencia del “ego”, por la omnipresencia de “lo igual” —todo aquello que nos devuelve nuestro propio reflejo y nos empuja a desertar de nosotros mismos para convertirnos en su reflejo—, cuyo altísimo precio será la desaparición de la alteridad, la mirada del “otro” que exige una responsabilidad moral. Cuando el “otro” desaparece, también desaparece nuestra empatía y capacidad para sentir y procesar el dolor ajeno. El animal o el niño ya no son sujetos con todo lo que ello supone, sino meros objetos para nuestra vanidad artística, nuestro enriquecimiento, nuestro deseo de fama, nuestro desahogo sexual o estorbos a nuestra ansía de diversión.

Sin embargo, el mismo vacío empático que los ciega al horror infligido, los ciega igualmente al horror del mundo líquido que habitan, que al igual que se alimenta del horror de la banalidad de sus acciones, se alimenta del linchamiento moral que desencadena y los devorará con la misma impiedad y crueldad que exhibieron.

A través de la indignación y la rabia que provoca su crueldad, en un deseo elemental de justicia retributiva heredero del “ojo por ojo” bíblico que suele asemejarse sospechosamente al horror inicial, el maltratador que cosificó al ser indefenso en un mero objeto al servicio de su ansía narcisista, será cosificado en un desecho social —un monstruo absoluto— al servicio del ansía de justicia reparadora de la mayoría —en un mecanismo férreo de defensa psicológico contra el pánico a la propia banalidad que certifique que a pesar de habitar el mismo mundo líquido, no se habita el lugar del monstruo sino el del héroe que lo combate y dignifica. El monstruo, sometido en su propia carne a una especie de justicia divina, experimentará como toda su vida queda reducida a la monstruosidad cometida en una violencia supuestamente autojustificada que no se detendrá ante nada, destruyendo su carrera profesional y, si puede, toda su vida, al estar exenta de cualquier tipo de empatía —ya que precisamente su aparición, aunque fuese mínima, atentaría contra la defensa contraidentificativa de la turba justiciera.

El linchamiento colectivo virtual acaba convirtiéndose en una replicación masiva de la banalidad que combate, una proyección colectiva del terror a que el monstruo no sea tan distinto a un usuario común como se desearía, una crueldad desproporcionada en la que la responsabilidad individual y la culpa se diluyen bajo el amparo de la masa. Una furia y una rabia amplificadas en la que la masa quema en la hoguera su propia superficialidad, su propia banalidad. Una catarsis colectiva frente a la propia banalidad mediada por el odio a la banalidad ajena, en la que cuanto más violenta sea la destrucción causada al monstruo, más inmune se sentirá la turba de héroes linchadores frente a su propia mezquindad.

La turba linchadora, en un proceso de deshumanización sistémica que despoja al sujeto de su individualidad y pensamiento crítico, acaba convirtiéndose en un burócrata del algoritmo, ejecutando su “sentencia de odio” convencida de ser el héroe que asesina al monstruo, sin darse cuenta de que sólo es un engranaje más dentro de la misma maquinaria deshumanizante.

A pesar de ello, el horror de la banalidad no se detiene aquí, sino que continuará transitando por sendas cada vez mas oscuras y tenebrosas, resurgiendo en forma de videos virales inundando la red como aquellos en los que supuestos rescatadores de cachorros abandonados cubiertos por cientos de garrapatas hinchadas, se las retiraban dolorosamente al mismo tiempo que pedían donaciones para poder continuar con su caritativa labor, hasta que se descubrió que las supuestas garrapatas eran semillas y frutos que previamente les habían incrustado usando silicona caliente en los ojos, las orejas y la piel, o alcanzará su cénit en fenómenos como el caso de la llamada “Butt Girl” (“Chica-Culo”), personaje habitual de una de las webs más infames de todos los tiempos en Internet, “IsAnyoneUp.com” —una web de revenge porn, en la que cualquier hombre despechado podía subir fotos íntimas de mujeres junto con sus nombres reales, enlaces a sus redes sociales y direcciones con el objetivo de destruir su reputación y sus vidas en venganza por haberlos rechazado (El hombre más odiado de Internet, documental de Netflix).

Ajena a la crueldad de la web, en un ejemplo de cómo el vacío y la soledad pueden llegar a colonizar la mente de la propia víctima, la “Butt Girl” acabó deshumanizándose a sí misma, aceptando su propia cosificación (convertirse en la “chica-culo”) como el precio pagado por poder experimentar una falsa sensación de comunidad. A pesar de ser tratada como un objeto de feria, destinado a mostrar el culo para complacer la burla sádica de los presentes, en la atención tóxica recibida a través de la mirada del verdugo la “Butt Girl” encontró su validación, aquello que le permitía existir. En la humillación, encontró la única salida al dolor de su irrelevancia y en su anhelo prefirió convertirse en la distracción de un circo de psicópatas antes que retornar a la dolorosa soledad de no ser nadie en el mundo real.

Así como la “Butt Girl” y todo aquello no fue más que un tosco espectáculo circense que acabó provocando su propio aniquilamiento, esta necesidad extrema de validación ha sido posteriormente explotada en ciertas plataformas y foros privados infames —en los que la humillación se disfraza de retribución económica— como las llamadas «Trash Streaming» (transmisiones basura) o «Degradation Streaming» mediante un sistema dinámico de «apuestas y retos en vivo» donde los espectadores pagan criptomonedas o dinero real a través de donaciones para obligar a creadores de contenido vulnerables a autohumillarse, consumir sustancias letales o infligirse daño físico en directo.

Sin embargo, su misma esencia puede también encontrarse en redes que pretenden ser más sofisticadas y parecen haber sido aceptadas como una “oportunidad de negocio”, en las que cientos de supuestos creadores de contenido que a menudo no es más que pornografía encubierta, especialmente mujeres, se ven empujadas por la presión de los usuarios (“clientes”) y el algoritmo, a convertirse en el director de marketing de su propia deshumanización, cruzando límites que nunca pensaron cruzar y subastando su privacidad paso a paso para mantener sus ingresos. Supuestos beneficiarios de redes —ofrecidas como una oportunidad de obtener dinero y fama de forma rápida y sin esfuerzo a supuestos emprendedores sin recursos—, que se convertirán desde el primer instante en sus rehenes, un producto cuyo valor se medirá en la red a través de una suscripción mensual a su intimidad, convirtiéndolos en objetos sometidos a un devastador proceso de banalización de su cuerpo y su psique, en un camino de la abyección que parece no tener fin.

aylan

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