A veces pienso que un perro es como un niño que se negó a crecer para no perder su fe en los seres humanos, sin embargo resulta un precio demasiado caro. El único humano que tal vez lo hiciese, Peter Pan pagó un precio terrible por ello: la amnesia y, con ella, su propia humanidad. Si los huérfanos, reales o figurados, del siglo XIX como Oliver Twist o Pelle, representantes de una infancia desamparada en un mundo adulto que es pura perversión, delincuencia y egoísmo, no gozaban del privilegio de sufrir una crisis existencial y para ellos, el peligro de la madurez no era convertirse en una especie de idiota hipócrita y domesticado, sino un criminal, un esclavo o un cadáver, a lo largo del siglo XX la narrativa ha dejado de lanzar a sus jóvenes a batallas físicas por la supervivencia para encerrarlos en sus conflictos psicológicos, destacando en todos ellos el trauma de la intemperie moral provocada por la desaparición del hombre adulto….
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