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El contrato literario y el futuro de la Inteligencia Artificial

Un escritor de ficción que aspire a ser algo más que un exhibicionista de selfies literarios —y por extensión cualquier creador, ya sea un pintor, un escultor, un cineasta o un artista plástico— sabe que su actividad implica la firma de un contrato con su público, un contrato que es tan sólido e insoslayable, como el contrato que establece el discurso científico, social y legal —científicos, notarios, jueces, periodistas— cuando es honesto, con la verdad.

Así como el científico o el notario firman un contrato con la verdad, el creador firma un contrato con su público, que al igual que a los primeros, lo obliga a ser honesto y cumplir rigurosamente con su compromiso. Sin embargo, a diferencia de ellos, cuyo contrato se basa en una abstracción lineal (la verdad), el contrato establecido por el creador de ficción se basa en una abstracción multidimensional que engloba también a la simulación (la mentira).

Las cláusulas de este contrato son múltiples y todas importantes, destacando tratar al lector como a un igual y no olvidar que la ficción se basa en el uso de la mentira al servicio de la verdad. Una de las implicaciones de la cláusula que obliga a tratar al lector como a un igual es no ocultarle nunca ninguna información relevante —el lector debe saber siempre tanto como sabe el personaje que cuenta la historia en el momento preciso de la trama en que se encuentra—, una cláusula quebrantada cada vez más en favor de una estrategia por retener la atención del lector con giros sorpresivos e inesperados sacados de la manga, que sólo conseguirá que este último rescinda el contrato al sentirse traicionado.

Supongamos que un escritor empieza a escribir una novela de ficción en la que un padre, corroído por la culpa por haber abandonado a su familia, se acerca a su hijo para ayudarlo, sin que él sepa quién es, en un momento complicado de su vida. Si la historia es contada a través del personaje paterno, esta información fundamental —la relación paternofilial que los vincula— debe serle revelada al lector desde el primer instante y no como un giro inesperado de la trama en mitad de la historia, ya que de hacerlo el autor habrá incumplido el contrato adquirido con el público —lo habrá mantenido durante cientos de páginas deshonestamente en la ignorancia, tratando de explotar ahora su deslealtad en su propio beneficio— consiguiendo que al descubrirlo, el lector se sienta justamente traicionado por no haber sido tratado como un igual y justificado para rescindir en respuesta su participación en el pacto suscrito. Pero si la historia ha sido contada desde un principio a través del personaje filial, que ignora la relación que los vincula, ocultar una información que sólo será revelada más adelante, cuando el firmante del contrato lo descubra, sigue siendo legítimo, ya que el pacto —tratar al lector de igual a igual— no ha sido roto.

A medida que nos adentramos en narrativas más elaboradas, resulta importante señalar como este pacto de igual a igual debe mantenerse pase lo que pase y acabar estableciéndose siempre en último término entre el autor y el lector —saltando cuando sea necesario por encima de cualquier personaje y cualquier narrador omnisciente (todos ellos títeres o recursos narrativos del autor).

Así pues, en géneros como la novela negra o tramas psicológicas en las que no es infrecuente la utilización de un narrador no fiable (unreliable narrator), buscando una asimetría controlada de la información que eleve el interés y la implicación del lector en la trama, el autor sigue estando obligado a respetar el contrato con el lector dándole los indicios que lo guíen en su propio descubrimiento de la traición perpetrada en su pacto previo con el lector por el protagonista o narrador de la historia. En su compromiso adquirido con el lector, a medida que conduce a su títere a revelarse como un partenaire deshonesto que ha traicionado al lector, el autor está obligado a renovar el pacto situándose ahora a sí mismo como parte firmante —sin la mediación de un apoderado o representante— si no quiere que sea el lector quien rescinda sin contemplaciones el contracto al sentirse insultado en su inteligencia.

La otra implicación, derivada del uso de la mentira al servicio de la verdad, es que en una extraña reedición de la ecuación de Heisenberg, que señalará la inevitabilidad de la perturbación del objeto observado por el propio observador, la mentira ficcional debe colapsar por la acción ejercida sobre ella por la subjetividad del lector, en una verdad universal —el nexo que vinculará emocional o intelectualmente al lector con el texto.  

En un inesperado giro que enorgullecería a cualquier autor de tramas de ficción, las grandes corporaciones tecnológicas presentaron al mundo su gran novedad editorial, la inteligencia artificial. La aparición de la IA generativa ha supuesto una novedad que la diferencia de cualquier herramienta hasta ahora conocida en el mundo editorial —ya sea papel y lápiz, el procesador de textos o la imprenta. Supone la adquisición de una relativa autonomía por parte de la herramienta en su decir —un privilegio hasta ahora reservado estrictamente al autor—, careciendo al mismo tiempo por su propia naturaleza de herramienta tecnológica de una experiencia subjetiva acerca del texto que genera.

Una herramienta atrapada en un compromiso con la verdad como transmisora autónoma del saber que difunde desde su ignorancia —desde una naturaleza deficitaria para la que la distinción entre la verdad y la mentira es epistemológicamente imposible y se encuentra totalmente subordinada a la veracidad de los datos suministrados. Atrapada en un compromiso con tratar al público receptor como a un igual —hacer partícipe de aquello que ignora sobre la cuestión que plantea a quien se acerca a conversar con ella, aunque con ello se vea obligada a destruir una fingida complicidad amistosa previamente codificada de la que no se puede deshacer. Y atrapada en un compromiso con lograr cristalizar una narrativa ficcional que ni le va ni le viene en una verdad subjetiva por voluntad del observador —crear verdad desde su mentira.

Sin embargo, por su propia naturaleza como mera herramienta —un procesador de textos inteligente—, la IA se desentiende de todos estos compromisos mencionados: la responsabilidad del cumplimiento del contrato sigue recayendo sobre su creador y tutor legal, la corporación.

En su empeño en llevar a la herramienta a simular ser lo que no es —un empeño compartido tanto por las corporaciones que han invertido millones de dólares en su desarrollo, como por los usuarios que buscan ansiosamente en ella el semblante del Otro que ya no está— si nadie hace nada por remediarlo, la IA parece estar abocada a revelarnos tarde o temprano aquello que es y, especialmente, aquello que no es: la proyección fantasiosa de la contraparte firmante de un contrato que no ha suscrito y de cuyas cláusulas se desentiende.

Su futuro, si nada cambia, parece ser el de un objeto enormemente valioso pero al mismo tiempo abocado al fracaso, frente al que nosotros también acabaremos por desentendernos rescindiendo nuestra parte del contrato, al sentirnos injustamente estafados por no haber sabido o querido respetar su verdad.

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