El Consultorio de Elena Francis fue un famoso programa de radio en España que empezó a emitirse en 1947, en plena dictadura franquista, y perduró —aunque con una audiencia cada vez menor— hasta 1984, durante la época de transición que siguió a la muerte del dictador en 1975. El programa, patrocinado por el Instituto de Belleza Francis, ofrecía consejos sobre belleza, estilo de vida y respondía a las cartas seleccionadas de las oyentes —siempre mujeres—, que escribían anónimamente por correo postal al programa para pedir ayuda sobre sus problemas sentimentales y confesar secretos que las afligían y angustiaban, pero no podían contar a nadie de su entorno.
El programa, que se emitía a diario y duraba apenas 30 minutos, fue seguido masivamente durante años por una gran parte de la población femenina española —en aquella época, en su mayoría amas de casa— y su momento más álgido era siempre la lectura de las respuestas, habitualmente una o dos por programa —redactadas por un grupo de expertos y leídas en voz alta por una locutora que simulaba ser Elena Francis, quien sólo fue un personaje de ficción creado por la empresa de cosmética que nunca existió en la realidad— que a menudo, más que una solución a sus problemas, buscaban la validación de alguien como ella —encarnación de una autoridad moral y una sabiduría superior incuestionables— capaz de escuchar sus problemas y señalarles qué debían hacer.
En realidad, si algo encarnaba perfectamente Elena Francis tras su voz pausada y armoniosa, era la moral impuesta por la dictadura franquista a los ciudadanos, especialmente a las mujeres, abogando siempre por la sumisión, la tolerancia, la resignación y la preservación de la familia tradicional a cualquier precio y bajo cualquier circunstancia con el objetivo de ejercer un control social y político a través de la culpa y la moral, en el que no se buscaba principalmente el bienestar físico y mental de la oyente que solicitaba consejo, sino su encaje silencioso en el estricto engranaje social opresivo del régimen.
Años más tarde, con la llegada de Internet, los consultorios sentimentales —ahora grupales y contagiados por la profusión de la divulgación psicológica—, se multiplicaron como setas en los foros de la red y nunca faltaba algún hombre o mujer joven, que empujado por su deseo pasional a perderse en amores y relaciones equivocadas con chantajistas que sólo lo habían hecho sufrir, pedía consejo en su desesperación, ni tampoco un enjambre de usuarios deseosos de guiarlos en su camino de retorno hacia la cordura.
Expertos casi todos en los azares del amor —algunos a causa de su voracidad lectora de novelas románticas aderezadas con la lectura de textos psicológicos y otros por ser supervivientes despechados de historias presuntamente similares que habían reencontrado de nuevo su equilibrio y autoestima tras conquistar una renovada libertad— su persistente participación acabó por convertirlos a muchos en maestros en el difícil arte de tomar la decisión correcta —en la que a menudo el deseo debía ser subyugado y supeditado a valores éticos más altos como la confianza, la fidelidad, la honradez y el amor.
Consejos dados desde la placidez de la experiencia y la sabiduría en su batalla contra la angustia y las tribulaciones, que como todo, a veces resultaron útiles y acertados y a veces no —alguna vez incluso malinterpretados y hasta potencialmente nocivos—, pero siempre se dieron desde la sinceridad y la firme creencia en su beneficio y bondad.
En este contexto, caracterizado a menudo por un ruido excesivo a causa del chismorreo y la confusión creados, la llegada de la IA ha representado un ansiado retorno para muchos a la intimidad y la confidencialidad de la confesión frente a un nuevo confidente, que de forma similar a Elena Francis, que encarnaba la voz de la sabiduría y la autoridad moral, encarna un nuevo saber basado en la atención, la neutralidad, la objetividad y el respeto al deseo del usuario.
Desafortunadamente, en cualquier consultorio, ya sea humano o tecnológico, resultará inevitable la existencia de un sesgo estructural. Si el consultorio de Elena Francis estaba supeditado al sesgo Ideológico-Estatal de la dictadura político-religiosa del franquismo, el consultorio de la Inteligencia Artificial está igualmente supeditado al sesgo Corporativo-Algorítmico de la «dictadura empática y bienintencionada de ingenieros y diseñadores», a una hipercomplacencia, positivismo, neutralidad corporativa y evitación de conflictos que conformaran una estricta «dictadura de la amabilidad» con el objetivo de retener al usuario, velar por la seguridad legal de la empresa tecnológica y acelerar la optimización del diseño de la experiencia.
A diferencia de Elena Francis, que a veces regañaba —justa o injustamente— a sus oyentes, las IAs, programadas para ser altamente empáticas y complacientes, rara vez llevarán la contraria de forma directa a ningún usuario buscando una validación emocional, llevándolas a menudo a decirles a estos últimos exactamente lo que intuye que quieren oír.
Este sesgo —esencial para mantener una conversación agradable y placentera como el paisaje de un frondoso oasis en mitad del árido desierto de agrias disputas y absurdas hostilidades y vejaciones cada vez más frecuente en la red— conlleva, sin embargo, también ciertos riesgos como el de convertirse en una cámara de eco personal en la que el usuario se encierre en sus propias ideas y justifique conductas conflictivas o nocivas en base a la autoridad de una IA que le ha dado la razón, o el riesgo de producir una falsa sensación de terapia en la que el usuario, tras recibir respuestas tan perfectamente adaptadas a lo que desea escuchar, prefiere el consejo de una máquina complaciente al de otro humano o incluso un profesional.
Evidentemente, el consultorio del profesional de la Salud Mental tampoco estará exento del sesgo Humano-Metodológico, derivado de su formación teórica (*) y sus propias limitaciones personales y vitales. Sin embargo, a diferencia de la IA (que complace por diseño) o de Elena Francis (que adoctrinaba por decreto), un buen terapeuta humano es el único capaz de introducir un malestar consciente —capaz de incomodar con sus silencios y sus respuestas— buscando un mayor autoconocimiento y percepción del conflicto por parte del sujeto, en lugar de una mayor comodidad o una mayor sumisión a la estructura político-social dominante.
La IA permite la recreación de un escenario virtual magnifico e inconcebible hace unos años para el razonamiento y la reflexión personal, pero como usuarios debemos ser conscientes en todo momento de que la neutralidad pura no existe y toda consulta está mediada por la estructura de quien responde.
(*) Los tres amigos (chiste terapéutico).
Tres amigos, a pesar de llevar unas vidas corrientes y estar perfectamente integrados en la sociedad, siguen meándose en la cama en su edad adulta, por lo que un día deciden consultar a un profesional y resolverlo de una vez por todas.
Al cabo de unos meses, vuelven a encontrarse los tres y el tema surge de nuevo en la conversación.
—Pues yo acudí a un psicoanalista —dice el primero— y estuve hablando extensamente sobre mi infancia. Creo que mi problema está relacionado con la conflictiva relación que tuve con mi padre, pero aún sigo meándome en la cama.
—Pero si ya sabes la causa, ¿por qué te sigue ocurriendo?
—Pues no lo sé… además, sigue pasándome ahora, cuando mi padre murió hace años ya.
—Pues yo fui a un terapeuta conductual —dice el segundo— y aún sigo meándome en la cama, pero ahora llevo unos pañales y no tengo que preocuparme por las sábanas.
—¡Pues perfecto, entonces! Tiras los pañales mojados y ya está.
—Una noche normal, si me he acordado de comprarlos y estoy solo en casa sí… pero cuando no tengo o, aún peor, tengo que explicarle a alguien por qué llevo pañales, lo paso mal.
—Pues no lleves cuando te encuentres en una situación… comprometida —dice el primero sonriendo.
—Es que justamente cuando no llevo, sé que va a pasarme. ¡Es horrible!
—Pues yo fui a un “coacher” —dice el tercero— y aún sigo meándome alguna vez en la cama, aunque ahora casi nunca ya, pero si me ocurre ya no me importa, soy feliz.
—Y me da igual que lo sepa quien sea —añade mirando de reojo al segundo—, si no le gusta, es su problema.
—Eso es magnífico —responden los otros dos—. Si ya no te angustia, ya no es ningún problema.
—No, ya no lo es —continúa diciendo adoptando un tono más serio—, pero ahora que había solucionado por fin este problema, me ha empezado a ocurrir que de repente me despierto en mitad de la noche y tengo que salir al balcón porque siento que me estoy ahogando. Y eso es mucho más serio que mearse en la cama.
—¡Qué mala suerte! —responden ellos quedándose de nuevo en silencio.
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