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El entorno social del ciudadano occidental desde una perspectiva familiar

Fausto: “Aun así, dime quién eres.”
Mefistófeles: “Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y que siempre practica el bien.”

Fausto, J. W. Goethe

La progresiva consolidación durante las últimas décadas de las democracias liberales occidentales ha supuesto para los ciudadanos la conquista de un régimen de derechos y libertades desconocido para generaciones anteriores. Si bien esto parece que debería traducirse en una mayor conciencia y responsabilidad ciudadana, no es así siempre y el sacrificio del padre permisivo que se hace a un lado con objeto de no obstaculizar al hijo en su progreso hacia la edad adulta, puede acabar convirtiéndose en situaciones difíciles de crisis en la figura de un padre débil e impotente, incapaz de poner los límites necesarios para regularizar el goce infantil y la adopción de las responsabilidades de la vida adulta.

La ausencia del padre y la aparición del tirano

Una de las consecuencias de la percepción generalizada de la ausencia del padre regulador de la ley, capaz de cohesionar socialmente y proveer la estabilidad y protección necesarias que permitan el crecimiento filial —la percepción reinante de que quien actualmente ocupa el lugar del padre simbólico, se siente tan impotente y confuso como el propio ciudadano ante los conflictos del presente y ante el futuro— se traducirá en muchos en una desazón y ansiedad flotante que los llevará a clamar por el padre omnipotente que los libere de su responsabilidad como individuos, capaz de poner los límites reguladores al abismo al que  parece abocarlos su gozosa deriva actual.

Aparecerá entonces el padre perverso, un rol al que se sentirá magnéticamente atraído a desempeñar el tirano, aquel a quien no le importa la ley ya que él mismo se ha erigido como la ley. Perfiles paternos portadores de los rasgos de la tríada oscura (narcisismo, maquiavelismo y psicopatía) a los que tanto atrae el poder.

Personajes que no sienten la responsabilidad como un compromiso o una carga, sino como un estatus que les corresponde, incapaces de sentir el vértigo de la duda o el temor a la equivocación por estar convencidos de que su intuición y su criterio son infalibles y con una bajísima tolerancia a la culpa, lo que les permite firmar leyes injustas, ordenar actuaciones brutales o dictar sentencias devastadoras desde la pura subjetividad.

Individuos que siembran la desolación allí a donde van y acaban revelándose como una nueva versión tiránica y despótica de la madre devastadora que engulle a sus hijos en la voracidad de su goce, fracasando estrepitosamente en la regulación de la cohesión social que inicialmente los reclamó.

La ausencia del padre y la cristalización de la madre nutricia y omnipotente

La ausencia del padre de la Ley, ya sea por su impotencia o su tiranía y perversión, favorecerá la cronificación de la presencia de una madre hipertrofiada, las grandes corporaciones tecnológicas, que mimarán a sus retoños con sus sofisticados juguetes digitales, aunque como toda madre nutricia y protectora, se cobrará su retribución en forma de hiperdependencia y aislamiento.

Es innegable la labor de las grandes damas de la red, las corporaciones tecnológicas, en la democratización del conocimiento y el acceso a la información —algunas de ellas, como Google o Meta, de una forma mínimamente gravosa monetariamente para el ciudadano digital— reportando sustanciales beneficios a los usuarios, que van desde un acceso inmediato a la cartografía del saber humano a todo tipo de herramientas de traducción, desarrollo y la aparición de la inteligencia artificial.

Una función maternal y nutricia frente a la que algunos de los usuarios reaccionarán con una excesiva virulencia viendo en ellas a Mefistófeles —no sin falta de razón— en su pacto con Fausto, otorgándole juventud, placeres y conocimiento absoluto a cambio de su alma, algo que se sintetiza en la famosa frase «Si no pagas por el producto, tú eres el producto».

Una afirmación que de alguna forma no señala tanto la intención maquiavélica y diabólica de las corporaciones que algunos usuarios quieren ver, sino su realidad, instituciones al servicio del capital en las que la financiación de la colosal infraestructura puesta al servicio de los ciudadanos digitales debe retornar de alguna forma, si no con dinero, con información susceptible de ser monetizada.

Un pacto faustiano similar a la dependencia generada por la madre atenta y omnipresente siempre dispuesta a dar la respuesta solicitada y guiar al usuario en sus tribulaciones —a la que ahora siente molestamente que lo ha chantajeado y necesita desde su impotencia para cosas tan sencillas y triviales como encontrar una calle, entender un texto, traducir una palabra o recordar un hecho olvidado y tan anheladas como sentirse en su soledad acompañado y visible frente al mundo.

La ausencia del padre y el ciudadano digital: ¿víctima manipulada o niño irresponsable y malcriado?

La ausencia del padre y la cronificación de una dependencia materna conllevarán una petrificación en un estado de adolescencia. El ciudadano digital parece gozar cada vez más de su realidad de niño caprichoso y malcriado que lo quiere todo inmediatamente, sin esfuerzo, gratis y sin tener que tolerar ningún tipo de frustración —anhela disponer de todo el conocimiento humano al alcance de un click, pero sin pagar nada por ello, anhela apropiarse del discurso erudito y estructurado de la IA para no tener que esforzarse en producirlo por sí mismo y anhela un goce comunicativo y consumista absoluto, sin importarle la degradación digital del espectáculo ofrecido, pero se queja continuamente del carácter ilusorio de este goce solitario y el vacío y soledad a la que lo abocan.

Frente a ello, clama complaciéndose en su falsa omnipotencia —desde unos juguetes y herramientas sin los cuales se siente sumamente impotente y vacío—, contra unas instituciones todopoderosas cuya razón de existir parece ser robarle la identidad y transformarlo en el esclavo adicto y complaciente que describió Aldous Huxley en su “Mundo Feliz”, en lugar de aceptar una realidad mucho más banal: que es parte de una transacción comercial.

El ciudadano digital y la responsabilidad individual

Todo individuo, por muy desfavorables que hayan sido sus circunstancias, deberá siempre asumir ser el último responsable de su propia vida para poder crecer. Inmerso en una encrucijada trágica e irresoluble, un conflicto irreconciliable entre Dios y los hombres, Jesucristo, frente a los que culparán de su muerte al pecado de los hombres y a los que culparán de su sacrificio a un Padre celestial tiránico y ausente de empatía por su propio Hijo y su creación, dirá ante sus discípulos en el discurso del Buen Pastor “Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego porque así lo quiero” (Juan 10:18) en un acto radical de emancipación, la asunción de la responsabilidad frente al deseo propio —no dictado por la omnipotencia del Padre ni por la transgresión y la traición humana.

De forma similar, tarde o temprano, ante la ausencia de un padre y la omnipotencia de una madre que lo retiene infantilizado en su cordón umbilical-digital, pero se desentiende totalmente del mundo real, aquel en el que el individuo presiente no exento de razón que va a estar desamparado en su impotencia frente a su hostilidad, deberá asumir su propia responsabilidad individual y articular aquello que el psicoanalista francés Jacques Lacan definió como su “sinthome”, su nombre-del-padre singular, mediante la adquisición de un compromiso real con su propia vida y su realidad.

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