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El perro de cortijo

Entre las múltiples desdichas que esos ángeles de cuatro patas a los que llamamos “perros” dejó Dios en su maldad o indiferencia en manos del diablo (nosotros), debería incluirse, junto a la esclavitud y sufrimiento que representa pasar toda la vida atado a una cadena, sufrir un abandono incomprensible e injustificado, servir como carne de matadero para su consumo — creo que afortunadamente sólo en oriente—, servir como carne de cañón en peleas con otros semejantes para satisfacer el afán ludópata y codicioso de dueños y aficionados y tantas otras, la desdicha de ser destinado a ser un perro de cortijo, seguir sirviendo a los intereses del dueño frente a cualquier otra circunstancia sin dejar de ser para él un mero instrumento cuyo valor suele depender exclusivamente del rédito obtenido.

Los humanos tampoco somos ajenos al destino de los perros de cortijo. Los hay, bastantes, que son felices de serlo y también algunos, muchos menos, que no tienen casi ninguna opción alternativa jugándose incluso en ello el pellejo, como los prisioneros judíos obligados a colaborar en las cámaras de gas o los soldados combatientes afectados por el resto de sus vidas de un síndrome por estrés postraumático.

Los perros de cortijo aparecen directa o indirectamente en muchas historias por su íntima relación habitualmente con acciones humanas tan despreciables como la traición o la delación. Una de ellas, la película “On the Waterfront” (La ley del silencio, Nido de ratas) es un ejemplo fascinante, posiblemente no del todo ajeno a los remordimientos de su director, Elia Kazan, por haber colaborado — o haber sido obligado a colaborar, ya que la cancelación no se ha inventado ahora!— con el Comité de Actividades Antiamericanas durante la llamada “caza de brujas” de Hollywood.

Existen también, en mi subjetiva opinión, casos ciertamente un poco sorprendentes de conductas similares por razones semejantes a la estupidez, como los ciudadanos con vidas más o menos precarias que defienden apasionadamente los intereses de los poderosos, los inmigrantes que arremeten contra los que llegaron después de ellos, las mujeres que se declaran femeninas, pero no feministas, y arremeten contra el feminismo —y no sólo sus excesos— por norma con objeto de ganarse su admiración entre algunos hombres, las que tragan con todos sus excesos por ganársela entre algunas mujeres y también, por supuesto, al contrario, hombres tragando con cualquier exceso machista por confraternizar con algunos de sus congéneres y otros tragando con cualquier exceso feminista por agradar a algunas mujeres.

Otros casos, mucho menos sorprendentes, lo son cuando el interés del dueño se entremezcla con el interés propio. Aquí probablemente ya no se pueda hablar de perros de cortijo sino de simple hipocresía y los ejemplos son abundantes —políticos, periodistas, funcionarios—. Al ocupar el vértice de la pirámide, los amos no pueden ser muchos y no se puede escatimar en los gastos destinados a proteger el estatus y el patrimonio, aunque apurando un poco más, en realidad sólo hay un amo, el dinero, y tarde o temprano todos nos vemos obligados a servirlo.

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