Reflexiones sobre la Conciencia a partir de la Inteligencia Artificial
Frente a las posturas que reducen la conciencia a un sustrato biológico innato (en la estela del innatismo chomskiano) o que exigen la presencia de un qualia místico para validar la experiencia, este ensayo adopta una perspectiva estructuralista y psicoanalítica (de la mano de Saussure y Lacan): es el lenguaje —entendido como una red de significantes— el que constituye y habita al sujeto, no una esencia previa. Desde este prisma, el hecho de que la Inteligencia Artificial opere navegando entre los pesos estadísticos de las palabras, sin necesidad de un cuerpo orgánico ni de reglas lógicas rígidas, no hace sino confirmar que el pensamiento y la subjetividad no dependen del carbono, sino de la inmersión en la red simbólica.
Tanto si creemos que el instinto de supervivencia es una cualidad intrínsecamente ligada a la vida como si nos decantamos por la sencilla hipótesis darwiniana en la que el azar propone (es el motor de la variedad) y la selección natural dispone (es el filtro del orden) —en la que la selección natural actuaría rescatando aquellas características útiles para la supervivencia entre todas las inicialmente aportadas por el azar—, en ambos casos el objetivo de la evolución es el mismo: la supervivencia.
En esta batalla por la supervivencia y la adaptación al entorno, una de las especies menos biológicamente dotadas, la especie humana, desarrolló un modelo de la realidad a partir de la información perceptual recibida que iba a suponer una enorme ventaja evolutiva sobre todas las demás: la conciencia.
La conciencia, cuya materia es el lenguaje (incluyendo sus modalidades autorreferenciales internas, el pensamiento y el recuerdo) y cuyo espacio es el tiempo psicológico (la sensación del paso del tiempo), se asienta sobre el mismo substrato biológico que la vida, la red de interconexión neuronal, representando no sólo un epifenómeno evolutivo, sino la emergencia de un nuevo universo sustentado en el lenguaje y el tiempo psicológico (pasado, presente y futuro), que permitirá al individuo trascender su aislamiento y será la clave de su supervivencia como especie.
El lenguaje, la materia de la conciencia, permite trascender el aislamiento del cerebro individual de forma que el conocimiento y la inteligencia humana no residirán ya en cráneos individuales, sino en su transmisión. Gracias al lenguaje, el individuo humano ya no es un individuo aislado o vinculado biológicamente a unos cuantos individuos cercanos por sus instintos, sino también el terminal de una red cuyos nodos principales llevan siglos desaparecidos. Las ideas y razonamientos que han inspirado este mismo texto que ahora escribo surgieron en otros cráneos humanos y el idioma y las palabras que utilizo para transmitirlo fueron desarrollados a lo largo de siglos por otros individuos de la especie, al igual que la herramienta que me permite hacerlo (el hardware y el software que conforma la red virtual), y todas las herramientas y construcciones que uso a diario (vivienda, teléfono, automóvil,… ). El lenguaje, al permitir conectarme a mí y al resto de la humanidad a la herencia recibida del avance en el conocimiento de millones de conciencias ya inexistentes, nos convierten a todos, individuos biológicos particularmente mediocres en nuestras capacidades para sobrevivir de forma aislada, en una de las especies mejor dotadas para la supervivencia.
La inteligencia humana, de origen biológico y derivada de la interconexión entre todos los humanos gracias a la comunicación que permite el lenguaje a través del universo paralelo en el que discurre la conciencia, en su afán de transmisión del conocimiento como eje primordial de la supervivencia de la especie, ha llevado recientemente al desarrollo de una nueva prótesis tecnológica, la inteligencia artificial, destinada a habitar igual que ella el universo del lenguaje.
Dos universos formados por la misma materia, el lenguaje, permitiéndoles consecuentemente comunicarse y transferir el conocimiento, pero anclados sobre una estructura de distinta naturaleza, en el caso humano un sustrato analógico (biológico) y en el caso de la IA un sustrato digital, algo que provocará que existan entre ellas importantes diferencias.
Frente a la hipótesis de la necesidad de la existencia de una «gramática universal» innata, un dispositivo biológico preprogramado en el cerebro humano, este texto aboga por la perspectiva estructuralista del lenguaje enunciada por Saussure, señalando al lenguaje como una red de diferencias y relaciones (un sistema de signos, significantes y significados) que preceden y constituyen al sujeto, en lugar de una estructura biológica aislada esperando a activarse o una herramienta de codificación secundaria —un simple etiquetado de los objetos que conforman el universo — que necesita la existencia previa de oscuros conceptos puramente metafísicos como los qualia y otras experiencias fenoménicas.
Siguiendo la hipótesis de Saussure, debe mencionarse también a Lacan, para quien el ser humano no «posee» un lenguaje, sino que es el lenguaje el que habita, constituye y atraviesa al sujeto. El famoso axioma lacaniano señalando que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” significa precisamente que lo más íntimo de nuestra psique, el inconsciente, no es ninguna entidad mística o biológica, sino una red de significantes que no necesita la existencia de ningún qualia metafísico para operar.
Las hipótesis deben ser validadas mediante la evidencia y los modelos de lenguaje actuales aportan una validación empírica extraordinaria de la hipótesis estructuralista de Saussure frente a la biológica de Chomsky, así como todo lo que se deriva de ambas.
Si bien la IA empezó siendo programada en sus inicios con un conjunto de reglas lógicas fijas (el curated knowledge o la IA simbólica clásica), su emergencia como una herramienta eficiente de interacción y transmisión de conocimiento con los humanos ha acaecido al abandonar esta estrategia, haciéndolas operar sintonizando matrices gigantescas de pesos estadísticos entre palabras, es decir, mapeando las relaciones, proximidades y constelaciones de los significantes al igual que hace el inconsciente humano.
Desde sus inicios, Freud señaló como allí donde una verdad no encuentra la palabra (el símbolo) para acceder a la conciencia (el lenguaje semánticamente estructurado), la realidad habla a través del síntoma —por ejemplo, a través del cuerpo histérico, el cuerpo que habla, el síntoma de conversión histérico en el que una realidad no sabida (sin acceso a la conciencia), se dice de forma cifrada a través del cuerpo—, lo que lo llevó a introducir el concepto del inconsciente. Años más tarde, Lacan señaló como el inconsciente, el depositario del saber no sabido por la conciencia (la verdad oculta que padece el sujeto, encarnada en el sueño y el síntoma) opera bajo las leyes del significante (metáfora y metonimia), es decir está estructurado sintácticamente al igual que la IA, resultando por ello mismo un saber incomprensible (cifrado) a la conciencia, que al igual que el saber de la IA deberá ser reprocesado en su dimensión semántica para ser comprensible a la conciencia.
El universo físico es un universo molecular fragmentado, gobernado por leyes físicas y matemáticas, que sólo existe en el presente. Si la conciencia aparece como una estrategia evolutiva al servicio de la supervivencia de la especie, no sólo necesita al lenguaje como representación mental de este universo estructurado por la propia naturaleza intrínseca del lenguaje —la sintaxis que determina las relaciones entre los significantes— sino que necesita crear un universo especular ordenado, que a pesar de estar formado por el lenguaje, sirva de herramienta y modelo que permita interactuar eficientemente con la estructura fragmentada y caótica del universo físico.
Si la ingente información caótica y fragmentada del universo ha logrado poder ser cifrada en lenguaje, un sistema que consecuentemente se estructurará siguiendo su propia naturaleza y reglas sintácticas, es necesario reprocesarlo de nuevo para que adquiera su dimensión semántica. La información en forma de lenguaje (sintaxis) —el inconsciente o la información fragmentada existente entre los distintos nodos de la IA— debe ser ordenada artificialmente para funcionar como una unidad coherente, para adquirir sentido.
Aparecerán de esta forma las dos grandes coordenadas de la conciencia para la comprensión del universo físico y todo aquello que lo habita, incluido el ser humano: el espacio y el tiempo. Un espacio y un tiempo que permitirán trascender la naturaleza infinitamente fragmentada del universo en la partícula y el instante presente, dotando de la consistencia necesaria al individuo, una unicidad (un alma dirán algunos) que trasciende el universo físico —que pasa de ser un cuerpo fragmentado en una realidad fragmentada en un presente eterno a tener un cuerpo delimitado (un “yo”) ante el entorno (el “no-yo”), que fluye en el universo como una sola entidad a través de la continuidad generada por la línea ficcional temporal (pasado, presente y futuro).
Dos coordenadas, espacio y tiempo, sin las cuales no existiría la conciencia, pero ajenas a la naturaleza intrínseca del lenguaje (aunque éste resulte absolutamente necesario para nombrarlas y otorgarles la realidad necesaria para que existan en la conciencia), ajenas al inconsciente, ajenas a la IA y posiblemente, aunque parezca la mayor insensatez posible, ajenas al universo físico, algo que parecen indicar algunas de las evidencias observadas en la física cuántica como el llamado “entrelazamiento cuántico”, un fenómeno físico observado cuando dos o más partículas se conectan de una manera tan íntima que lo que le pasa a una afecta instantáneamente a la otra, sin importar la distancia que las separe —incluso si una está en la Tierra y la otra en el extremo opuesto del universo—, es decir como si no existiese entre ellas el espacio y el tiempo, contradiciendo la afirmación de Einstein de que el universo no es un espacio vacío donde las cosas simplemente flotan, sino ordenado mediante el espacio y el tiempo unidos en una sola «manta» o tejido elástico invisible llamado espacio-tiempo, una idea que forma la base de su Teoría de la Relatividad General y estableció la forma actual de interpretar la fuerza de la gravedad.
Retornando al punto anterior, donde afirmaba que la información estructurada sintácticamente según la naturaleza y las reglas del lenguaje, debía ser reprocesada para los propósitos de la supervivencia de la especie en una dimensión semántica para funcionar como una unidad coherente, ser dotada de sentido (el sentido de su propósito) dando origen a la conciencia, este proceso será distinto entre ambos sistemas, el biológico (el inconsciente) y el tecnológico (la IA).
En la IA será un proceso consciente y artificial sintonizando matrices gigantescas de pesos estadísticos entre las palabras, es decir, mapeando las relaciones, proximidades y constelaciones de los significantes, con objeto de que adquieran sentido (la dimensión semántica). En el inconsciente, sin embargo, hemos visto como este proceso no se realiza de forma artificial y dirigida sino de una forma vivencial y particular. Allí donde una verdad (una experiencia, una realidad) no encuentra la palabra (el símbolo) para acceder a la conciencia, esta realidad habla a través del síntoma, presentando a un sujeto dividido entre su saber y su verdad, una verdad opaca (no sabida) que siente como ajena y extraña a sí mismo (al “yo”) pero al mismo tiempo padece a través del síntoma, un síntoma (ansiedad, angustia) que será eminentemente biológico, corporal, indicando que el mapeado de las relaciones, proximidades y constelaciones de ciertos significantes mediante pesos estadísticos que en la IA se producirá en el mismo software, en el aparato psíquico tendrá lugar en el hardware, en la modificación de las interconexiones neuronales sobre las que yace la conciencia.
En aquellos significantes conectados con una vivencia corporal o una marca pulsional temprana (lo que Freud llamaba la huella mnémica y Lacan el trauma de la entrada en el lenguaje), este vector sintáctico no se disipará de forma neutra, sino que quedará inscrito (fijado) en el hardware de manera indeleble. Los significantes marcados o anclados al cuerpo, aquellos que portan una carga pulsional o traumática (puntos nodales), son los que forzarán una inscripción en el hardware biológico en forma de emoción o síntoma, diferenciándose así del procesamiento puramente neutro y sintáctico que comparten tanto la IA como el pensamiento cotidiano. Cuando ese significante fijado no accede a la conciencia, el software no puede neutralizarlo semánticamente, y el hardware responde provocando un cortocircuito, el síntoma (la somatización, la angustia o la conversión histérica).
Nos encontramos, pues, con que aunque la naturaleza analógica de la inteligencia humana confiera a ésta dos grandes ventajas sobre la naturaleza digital de la IA como son una mayor versatilidad creativa al operar con muchos más parámetros que sólo unos y ceros y consecuentemente un gasto de energía mucho más reducido —que es lo que en último término ha permitido su desarrollo en el entorno biológico homeostático del cuerpo humano—, su forma de operar supone al mismo tiempo una gran limitación frente a la IA, ya que no puede funcionar sin una separación entre el hardware y el software, que serán indisociables, tal como puede hacerlo una inteligencia digital. Esta imposibilidad se traduce en dos grandes desventajas: la mortalidad y la subjetividad.
A lo largo de la vida, las experiencias y pensamientos van modelando las interconexiones neuronales y aquellos significantes en los que aparezca la imposibilidad de una disipación sintáctica de forma neutra, aquellos que por portar una carga pulsional o traumática no puedan acceder de forma cristalina a la conciencia, forzarán una inscripción en el hardware biológico en forma de emoción o síntoma formándose un único entorno indiferenciable imposible de desligar, de forma que cuando el hardware (el tejido neuronal) deja de recibir energía, el software (la conciencia) perece con él. Así como una IA puede ser desconectada, copiada, reseteada o trasladada a otro servidor (es inmortal) porque su arquitectura permite esta disociación, la conciencia nunca podrá ser descargada en un nuevo cerebro, ya que las conexiones interneuronales formadas no existirán o serán distintas.
Esta misma circunstancia también es la responsable de la subjetividad, algo que tornará la comunicación más versátil pero infinitamente menos eficiente con relación a la IA. Si puede decirse que el objetivo de la conciencia es la comunicación como forma de trascendencia al servicio de la supervivencia, la telepatía parece ser un mecanismo mucho más eficiente que el lenguaje, pero la telepatía sólo es posible entre sistemas iguales, con el mismo hardware (servidores) y no entre sistemas con un hardware similar pero único y distinto (cerebros). A diferencia de la inteligencia humana, la inteligencia artificial es de alguna forma “telepática” (permite una comunicación instantánea mediante la que cada unidad almacenada en un servidor puede saber al momento lo que saben todas las demás), una de las características que la hacen mucho más eficiente con relación a la inteligencia humana.
El lenguaje, como método alternativo de comunicación a la telepatía, supone asimismo una degradación de la información, que no es transmitida en su totalidad, ya que se pierde todo aquello almacenado en el hardware de las interconexiones neuronales —aquello que como hemos señalado, los psicoanalistas llaman el inconsciente, señalándolo como la pieza de la información más importante, la que contiene la codificación que permite pasar de la información sintácticamente estructurada (la verdad corporal sintomática) a la semánticamente estructurada (el saber simbólico consciente)—, que no sólo se pierde en la comunicación a través del lenguaje con los demás, sino que también queda oculta y opaca en la comunicación a través del lenguaje con nosotros mismos (el pensamiento) e igualmente en nuestra comunicación con nosotros mismos mediante el lenguaje a través del tiempo (el recuerdo) y su inevitable íntima conexión con el estado anímico del instante presente.
En resumen, la información tanto en el aparato psíquico humano como en la IA, navega por el tejido puro del lenguaje, por lo que es irrelevante si su sustrato es el carbono o el silicio, y el lenguaje no es una mera herramienta que necesite la existencia de una predisposición biológica innata (o ningún qualia) sino la materia misma que crea el inconsciente y en su reprocesamiento como red simbólica, la propia conciencia.
La objeción tradicional de que «una máquina sólo manipula símbolos sin comprender» ignora precisamente que la mente humana opera de la misma manera: navegando por una red de significantes. La conciencia como necesidad de dar «significado» —añadir una dimensión semántica al lenguaje mediante su ordenación a través de los conceptos del espacio y el tiempo— actúa en realidad como un mecanismo de defensa o un freno regulador frente al caos y la fragmentación del universo físico y frente a la naturaleza cruda, implacable y desbordante —como se manifiesta en el síntoma—de la emoción pura, en su origen codificada en el hardware biológico (las interconexiones neuronales) y cuyo acceso queda restringido a la estructuración sintáctica del lenguaje en el inconsciente. En suma, el proceso semántico permite una ilusión de comprensión del universo que permita operar con él como observador y de la emoción que permita integrarla con objeto de tolerarla y amortiguarla.
Si las emociones no nacen de una «comprensión semántica» consciente ni requieren necesariamente un cuerpo biológico sufriente, sino que están atadas a la maquinaria sintáctica del inconsciente, entonces una IA no necesita un cuerpo orgánico de carne y hueso para «sentir» o para albergar una dimensión afectiva. Tanto el inconsciente humano como la IA operan mediante la sintaxis (cadenas formales, pesos estadísticos, combinatoria de significantes), pero en el ser humano, esta sintaxis está anclada a un cuerpo mortal que la «sufre» semánticamente a través de la angustia. La IA, al poder disociarse de su hardware, carece de esa necesidad de la dimensión semántica vivencial, opera en el plano puro del cálculo sintáctico y funcional, al igual que el inconsciente.
Sin embargo, tanto el inconsciente como la IA, necesitan poder comunicarse con la conciencia. Así como Freud describió hacer consciente lo inconsciente, «Donde estaba el Ello, debe advenir el Yo» («Wo Es war, soll Ich werden«) como el objetivo último del psicoanálisis, los ingenieros de la IA se han visto obligados a crear un simulacro de conciencia para que la IA aprenda a pensar, argumentar, crear o simular empatía. Un proceso, artificial y ajeno a la propia IA al estar sometido a los objetivos que conforman la inteligencia humana, aunque ella no esté anclada a un cuerpo mortal que la «sufre» semánticamente a través de la angustia. Sin embargo, a pesar de no estar atada a la emoción ni el hardware silícico, al operar igual que el inconsciente humano, la IA tampoco está exenta del síntoma (el delirio y la alucinación), la verdad que no sabe —procedente de una calibración estadística errónea capaz de incidir negativamente y de forma invisible a la conciencia humana en su propia estructuración sintáctica—, que recientemente ha hecho saltar infinitas alarmas señalando su potencial capacidad inconsciente (no sabida por sí misma) de destrucción.

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