Pedro Pérez era el mayor de ocho hermanos de una familia muy humilde que vivía en una aldea remota en la cordillera de los Andes y había pasado toda su infancia pastoreando a las ovejas en el monte y ayudando a su madre a cuidar de sus hermanos. A pesar de haber estado trabajando duro desde su niñez, Pedro sufría de una afección cardíaca desde su nacimiento y, a menudo, cuando se veía obligado a realizar un sobresfuerzo, sentía como su corazón dejaba de latir unos segundos y se le nublaba la visión, cayendo al suelo y recobrando de nuevo la conciencia al cabo de unos minutos gracias a su fiel perro Pancho, que como si fuese un experto en reanimación cardiorrespiratoria, empezaba a saltar sobre su pecho y no dejaba de lamerlo en la cara y los brazos hasta que Pedro volvía a abrir los ojos.
Desafortunadamente, esta última vez Pedro había caído de espaldas sobre la hierba mojada junto a una enorme roca y Pancho no pudo voltearlo, por lo que empezó a saltar sobre su espalda y lamerle la nuca y el cuello esperando que recobrase de nuevo la conciencia, pero Pedro no despertó. Angustiado por su amigo, Pancho corrió hasta la ladera del monte, un poco más abajo, donde se encontraba otro pastor con su rebaño y mordió a una oveja en el cuello, empezando a arrastrarla hacia donde yacía Pedro para que el pastor los siguiera, pero éste, confundiéndolo con un lobo, cogió su escopeta y le disparó. Pancho, sangrando y sintiéndose desfallecer, no cedió en su empeño y arrastrando a la oveja como pudo, consiguió llegar hasta donde seguía Pedro, soltando a la oveja y cayendo desplomado junto a él.
El pastor, al advertir que Pedro yacía inconsciente en el suelo, lo cargo sobre su espalda y lo llevó velozmente hasta la casa del médico, el único que había en toda la región, que tras examinarlo dictaminó que su corazón se había parado y sólo su traslado inmediato en helicóptero hasta la capital para recibir un nuevo órgano, podía salvarlo. Desgraciadamente, aquella no era una opción viable ya que su familia era muy pobre y carecía del dinero requerido, así que cuando el médico insistió de nuevo en que sólo un trasplante cardíaco de alguien recién fallecido podía salvarlo, el dolor por la muerte de su hijo los hizo enloquecer y suplicaron al médico que realizase él mismo el trasplante allí mismo con el único órgano viable del que disponían para salvarlo. El médico, a regañadientes, accedió después de muchas súplicas a hacerlo, y declinando cualquier responsabilidad sobre los resultados de la intervención, improvisó un pequeño quirófano en la sala de espera de su consulta y empezó a operar con la ayuda del pastor bajo la atenta mirada de los padres de Pedro rezando mientras sostenían un crucifijo entre sus manos, esperando un milagro.
Para alegría de todos, el milagro se obró, y desde aquel día Pedro gozó de un nuevo corazón fuerte y sano sin tener que preocuparse más por sufrir de nuevo algún colapso cuando subía apresuradamente alguna ladera persiguiendo a una oveja descarriada o saltaba por el monte jugando con sus hermanos. Y no sólo eso, sino que también empezó a notar que algunos de sus sentidos se habían agudizado de una forma sorprendente. Por las noches, tras haberse acostado, era capaz de dormir y al mismo tiempo seguir atento a cualquier suceso que aconteciese en la casa o el corral de las ovejas, podía oír sus balidos de terror cuando se sentían amenazadas por algún lobo y también el ruido de sus patas al levantarse por la mañana, pero lo que más se había agudizado, de una forma extraordinaria, era su olfato. Ahora, cuando estaba pastoreando en lo alto de un monte, sólo tenía que agacharse y olisquear la hierba para saber si alguna manada de lobos se encontraba cerca, aunque estuviesen a horas de distancia, y cuando caía la tarde y era hora de regresar a casa, aspiraba profundamente en dirección a la aldea y podía saber qué estaba cocinando su madre aquella noche para la cena.
Fue su extraordinario sentido del olfato, lo que una tarde, bajando del monte poco antes de oscurecer, lo hizo desviarse de su casa y olvidarse del rebaño, dirigiéndose irremediablemente como si hubiese sido víctima de un hechizo, hacia la única cantina que había en la aldea, tras el rastro de un asombroso aroma que procedía de su interior. Cuando entró en la cantina, observó sentada en la barra a una hermosa campesina junto al hijo del cacique, al que todos respetaban por sus bravuconerías, bebiendo aguardiente. Ensimismado aún por aquella sublime fragancia, fue directamente hasta ella y empezó a husmear extasiado bajo su falda, lleno de felicidad. De repente, oyó como el hombre que estaba junto a ella empezaba a gritarle llamándole “cochino huele bragas” y sintió el estallido del cristal de una botella rompiéndose en su cráneo, desmayándose sobre el suelo de la taberna.
Al despertar, se encontraba de nuevo en la consulta del médico, al que no había vuelto a ver desde su exitoso trasplante dos años antes, y observó con júbilo que frente a él estaba la bella campesina mirándolo con cara de preocupación. Desde aquel día, empezaron los dos a pasear juntos cada tarde por el monte regocijándose por haberse conocido y amándose como criaturas libres e inocentes en cualquier lugar. Ella le confiaba todos sus sueños para el futuro y él la seguía a todas partes lleno de emoción, dejándose llevar. Pasaron así unos meses, pero poco a poco, aunque para él, ella seguía siendo toda su vida, Pedro empezó a notar que ella parecía estar cada vez más hastiada de su compañía durante sus paseos con él, ya ni tan sólo lo acariciaba y a menudo lo regañaba por cualquier cosa sin ningún motivo y sin que Pedro pudiera entender por qué. Un aciago día de invierno, Pedro la estuvo esperando durante horas, pero ella no apareció. Cuando finalmente, afligido y lleno de preocupación, regresó a la aldea, la encontró besándose con el hijo del alcalde frente a la puerta de la taberna y empezó a correr hacia ella, lleno de emoción. De pronto, de forma parecida a lo que había ocurrido la vez anterior, aquel bravucón pendenciero le propinó una enérgica patada, esta vez en los testículos, dejándolo de nuevo tumbado en el suelo con un intenso dolor, pero ella, en lugar de apiadarse de él como la otra vez, lo miró con indiferencia y subió a la flamante carreta tirada por dos burros del bravucón y oyó que él le gritaba furioso “si no te deshaces de él, no vas a volver a verme” mientras ella llorosa le suplicaba que no podría soportar que tal cosa ocurriese.
A la mañana siguiente, la bella campesina se presentó conduciendo la flamante carreta del día anterior frente a la casa de Pedro y recorrieron juntos un largo trayecto entre las montañas durante el cual Pedro se sintió muy feliz. Poco después, tras haber llegado cerca de un riachuelo, ella lo abandonó. Pedro, sin comprender porque tardaba tanto en regresar, la estuvo esperando durante días bajo el frío y la llovizna hasta que, por fin, desolado por su ausencia y sintiendo un hambre canina, retomó andando el camino hacia la aldea sirviéndose de su extraordinario olfato, encontrándola de nuevo en el jardín del caserón del cacique, donde ahora vivía junto con su hijo, el bravucón.
Al verlo allí mirándola, ella pareció alegrarse por un instante de que hubiese regresado, pero al cabo de unos momentos, el bravucón, que también se había percatado de su presencia, salió de la casa con una escopeta y tras abofetearla por estar en el jardín con Pedro sin su consentimiento, empezó a dispararle diciendo que estaba invadiendo una propiedad privada, por lo que Pedro empezó a correr y no se detuvo hasta llegar cansado y asustado hasta la linde de la propiedad. Pedro permaneció allí inmóvil durante semanas, esperando que ella saliese de la casa, pero aquel bravucón parecía tenerla encerrada allí dentro como si fuese una posesión suya sin dejarla salir.
Finalmente, una apacible mañana, de aquellas que auguran el inicio de la primavera, Pedro observó cómo se abrían las puertas del establo que había junto al edificio principal del caserón y salía de nuevo la flamante carreta tirada por dos burros y conducida por la bella campesina, que se detuvo a su lado, y lo invitó a subir. Ambos iniciaron de nuevo aquel largo trayecto entre montañas que habían ya recorrido la vez anterior y ella le contó que se había reunido en el interior de la casa con un grupo de mujeres del ejército de salvación, todas ellas amigas de la madre del bravucón que habían venido desde la capital para auxiliarla, y por fin había comprendido que su actitud, permaneciendo inmóvil delante de la casa durante semanas y obligándola a permanecer allí encerrada para no disgustar a su novio, el bravucón, sólo merecía un nombre, acoso, y que, por fin, había comprendido porque se comportaba de aquella forma tan cruel y monstruosa, porque era un narcisista, y que lamentablemente, la única solución posible para poder seguir con su vida era el “contacto cero”. A su lado, Pedro que no dejo de mirarla todo el tiempo mientras la escuchaba sin entender nada de lo que decía, se sentía feliz. Cuando llegaron al mismo riachuelo que la vez anterior, bajaron los dos de la carreta y ella, tras atarlo esta vez con una cadena que llevaba a un árbol, de nuevo lo abandonó. Pedro, sin comprender porque tardaba tanto en regresar como le había ocurrido ya la vez anterior, la estuvo esperando durante días bajo el frío y la llovizna hasta que, por fin, desolado por su ausencia y sintiendo un hambre canina, murió.

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