Primero crearon monstruos gigantes con pies de barro que devoraban todo aquello que se interponía en su camino, pero encontré cobijo y limosna bajo su abultado vientre y guardé silencio.
Después secuestraron la tierra y las instituciones, pero no traspasaron mi pequeña parcela y no dije nada.
Más tarde fueron a por los más desfavorecidos bajo la excusa de la globalización. Precarizaron sus vidas y les negaron un futuro, pero todo empezó a resultarme más económico y aparté la mirada.
Ahora vienen a por mí, a por mi espacio y mi futuro diciendo que les pertenecen, pero ya no queda nadie capaz de desmentirlo.Adaptación libre de la famosa cita de Martin Niemöller, denunciando la pasividad frente al horror del nazismo.
En el siglo VIII a.C. existió un poderoso monarca que gobernó el reino de Frigia (en la actual Turquía) cuyo reinado se caracterizó por su inmensa riqueza, procedente de los grandes recursos minerales naturales de esta región, especialmente en forma de oro aluvial arrastrado por los ríos cercanos. Fue la riqueza de uno de estos ríos, el Pactolo, la que financió a las dinastías del reino de Frigia y posteriormente de Lidia, y originó la aparición de las primeras monedas acuñadas de la historia de la humanidad —gracias al oro extraído directamente de este río— alrededor del siglo VII a.C.
Había nacido el dinero y también una maldición, pues el monarca frigio de la historia no era otro que el rey Midas, a quien los dioses concedieron el poder de transformar en oro todo aquello que tocase en respuesta a su codicia. Un poder que finalmente se convertiría en una tragedia, pues al convertirse en oro todo aquello que tocaba fue también desposeído de todos los placeres humanos y condenado a morir de inanición al observar como el pan se endurecía como el metal al rozar sus labios, el vino se convertía en oro líquido antes de poder tragarlo y las carnes se volvían piezas de joyería maciza. Su hija pequeña, al verlo tan desdichado, corrió a consolarlo y, al abrazarla, Midas la transformó en una estatua de oro inerte perdiéndola también a ella para siempre. Abatido por su tragedia —dándose cuenta de que moriría rico, pero completamente hambriento y solo—, Midas suplicó a Dioniso que le quitara ese «don maldito» y el dios, compadecido, le ordenó que viajara hasta el nacimiento del río Pactolo y sumergiera su cabeza y sus manos en las aguas para purificarse —algo que Midas cumplió, pasando el poder de su cuerpo a las aguas del río, que desde aquel instante se convirtió en un “río de oro”.
Si bien el origen del oro que transportaba la corriente del río se debía al rico subsuelo a través del que sus aguas transcurrían y no al baño purificante del rey, su maldición acabaría convirtiéndose en una profecía autocumplida, pues aquellas primeras monedas de oro —nacidas como valor de trueque para favorecer el comercio—, acabarían emancipándose hasta transformarse en un valor en sí mismas —totalmente desvinculado de su origen— y sufrir la trágica maldición real, convertir todo aquello que tocasen —viviendas y toda clase de bienes necesarios para la humanidad— en abstractos activos financieros sin ningún valor de uso ni real más allá de convertirse, como la tierna hija del rey, en un objeto inerte abandonado, idolatrado por unos e inaccesible para el resto.
En su frenética carrera por devorar todo aquello que tocase, la codicia financiera absorbió las propiedades y las tierras, absorbió la belleza del arte —condenándolo a hacinarse en oscuros puertos francos como valor de reserva, lejos de la luz del mediodía y la incitación a la emoción del alma para las que fue creado—, absorbió la economía real, la que ofrece siempre algo a cambio, y absorbió la honradez, la cooperación y la solidaridad humanas transformándolas en saqueo, explotación y servidumbre en una extraña alquimia del vacío, de enriquecerse a costa de la fragilidad y la precariedad ajenas.
Desde entonces, el gigantesco monstruo financiero moderno, preso de su instinto carroñero, participará cada vez menos en la economía productiva, limitándose a alimentarse de los cadáveres moribundos dejados por las crisis, la deuda, la vivienda inaccesible y el colapso económico y político de comunidades y gobiernos. Un monstruo depredador, que con la satisfacción y la insolencia de saberse el rey de la selva, celebrará su fuerza y destreza ocultando que no es el león que proclama ser sino sólo un buitre que necesita disponer continuamente de víctimas débiles, expoliadas y acorraladas para poder devorarlas sin que opongan resistencia.
A pesar de ello, no debería confundirse al monstruo con su apariencia, un ser malvado y ajeno que habita espacios lejanos e incomprensibles para el ciudadano común —el parqué de las bolsas, los amplios despachos acristalados de los rascacielos o las incombustibles pantallas digitales pobladas de cifras y gráficos eternamente—, sino vislumbrarlo en su esencia, uno de los venenos que emponzoñan el alma humana supurando por sus fisuras.
Al igual que la Iglesia no renunció a su propia codicia, acumulando tierras, templos y riquezas —desoyendo a su Mesías al proclamar a quién quisiera seguirlo, que se despojase de todas sus posesiones o que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el reino de Dios, siendo poseído excepcionalmente por la furia sólo frente a los mercaderes del templo—, tampoco el ciudadano común que observa la vileza del mundo financiero de forma maniqueísta complacido por su falsa superioridad moral, no suele dudarlo por un instante cuando inesperadamente en el entorno aparece una fisura —un premio de lotería, una herencia o una nueva criptomoneda— que le permite ganar dinero especulando, lanzándose a obtener el máximo beneficio y rendimiento con la misma celeridad y despotismo que el gran fondo de inversión.
Sin la complicidad de todos, sin el objetivo último globalmente compartido —fantasioso o no— de enriquecerse en la alquimia del vacío —del dinero que continuamente engendra dinero de la nada para nuestro beneficio—, contemplando plácidamente crecer nuestros activos mientras observamos con cierto desdén y condescendencia al resto atrapados en una “carrera de las ratas” que despreciamos —luchando por sobrevivir en un entorno a menudo hostil, precario y extenuante que acabará consumiéndolos—, el monstruo financiero global nunca hubiese sido legitimado.

Grupo de turistas contemplando la famosa obra “Humo dorado” del artista japonés Satoshi Nakamoto.

Imagen tomada por el fotógrafo Kevin Carter en Sudán, que ganó el Premio Pulitzer en 1994.
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