Palau i Fabre

La soledad del alquimista

Josep Palau i Fabre en un descanso durante el rodaje de la película Le Salaire de la peur , Henri-Georges Clouzot, 1953

La encontramos en la mirada abatida de dos cuerpos que se sentarán a cenar en silencio por inercia como cada noche desde hace años, en el deslizarse frenético de unos dedos sobre una colección de fotografías anónimas deslizándose por la frialdad de una pantalla iluminada en la oscuridad, en la mirada perdida bajo la piel envejecida de unos párpados de quien ya sólo espera y sueña o en el anonimato de quién se sabe invisible a los ojos del mundo. Son todas máscaras de una misma clausura involuntaria que envenena el cuerpo.

Es la angustia que responde recogiéndose en​ el silencio de la incertidumbre en la pregunta: ¿Qué hacer cuando sientes que podrías desaparecer ahora mismo y a nadie le importaría lo más mínimo? ¿Qué hacer cuando sientes que no significas ya nada para nadie? ¿Qué hacer cuando lo que se encuentra en juego no es ya tu bienestar o tu bonanza sino tu identidad y tu existencia?

Por suerte o desgracia , lo que nos sostiene y estructura, aquella débil identidad a la que se aferra nuestra mente y algunos han llamado “yo”, es el mayor y​ valioso de los regalos del otro. Ya que es el reflejo que nos devuelve su mirada, aquello que unifica y delimita nuestra presencia, dándonos una certeza identitaria.

Una mirada que no será un derecho ni una conquista, sino una gracia. Un regalo sobre el que poca autoridad o competencia tendremos la mayoría de las veces y que, tal y como una vez se nos otorgó, también quizá se nos quitará. Una mirada que en su nitidez nos traerá la unidad, coherencia y continuidad que nuestra identidad reclama y en su calidez, la valía que nuestra propia mirada pide .

Una ofrenda que algunos , como en Josep Palau, supieron captar en su sabiduría en uno de sus poemas:

Yo me daría a quien me quisiera / como si ni cuenta me diera / de esta entrega: como lo haría / un yo de mí que me ignorase.
Yo me daría a quien se diera / a cambio de mí para siempre: / que nada mío me quedara / en el no yo que yo recibiera.
Yo me daría por un beso, / por uno solo, que besara / y que del besado me desbesara.
Yo me daría a quien me quisiera / como si ni cuenta me diera: / cual caridad que se me hiciera.

Jo em donaria a qui em volgués, Josep Palau i Fabre, Poemas del Alquimista , 1972

Una mirada que nos ha convertido en su rehén, pero seguirá perteneciendo a su propietario, aquel que gratuitamente nos la otorgó y frente a la que tratar de retener o exigir seguirnos mirando desde el rencor que envenena la memoria, resultará siendo una actividad tan baladí como intentar coger agua con las manos cerradas.

Pero no todos serán tan humildes como el poeta, a veces la soledad más cruda y estremecedora no provendrá de la ausencia de la mirada del otro sino del vacío de la propia mirada. Cuando es la propia mirada quien ya no encuentra ninguna mirada en la que reflejarse, todos los espejos se volverán opacos y su brillo un amortiguado vacío.

Y el que mira se dará cuenta como en una revelación de que la mirada que busca en su angustia y desesperación no es otra cosa que el espejismo de la reciprocidad de su mirar. Sentirá que en aquel a quien mira con una intensidad devastadora —con el ardor del deseo desesperado por ser confirmado, cualquier débil destello retorna con el brillo de un faro y, al revés, el estallido de vida y devoción que le ilumina de quien se ha vuelto a su mirar invisible, se extinguirá en la ceguera de su propio mirar.

Sabio como es, sabiendo que el espejo que busca no es más que un espejismo, una proyección de su propio mirar, se apropiará de nuevo de lo que siempre ha sido suyo: su propia capacidad, personal e intransferible, de mirarse a sí mismo, con objeto de deshacerse de una vez por todas de la dependencia y el capricho del otro. Pleno de orgullo por su sabiduría, feliz de haberse librado de la tiranía del otro y haber conquistado su nueva y luminosa soledad, sinónimo ahora de independencia y libertad, se volcará en el interior del nuevo espejo originario y no deformando, y descubrirá aterrorizado un espejo desmenuzado, fragmentado en una maraña de deseos, miedos, anhelos y contradicciones, que sólo proyectarán sombras difusas desapareciendo —y desvaciéndolo— en la oscuridad.​

Frente a la nostalgia y el deseo mítico infantil —imposible— por reencontrar este espejo único en la mirada del Otro absoluto que nos reconozca como una unidad perfecta, unívoca y sin fisuras, y la tragedia de sentirlo fragmentado al querer ser al mismo tiempo la mirada y su espejismo deslumbrante, sólo quedará la renuncia, una renuncia en la que la mirada se encontrará con el mosaico.

Un mosaico de pequeños espejos que no reflejarán la totalidad del ser que allí se refleja, sino fragmentos de una identidad que aprende a vivir recomponiéndose constantemente a través de las miradas​ discontinuas, imperfectas y breves, en las que en cada momento se refleja.

Pero si reconocerse en​ esta multitud de pequeños espejos, que casi siempre están ahí, será lo que sacará al ser del vacío oscuro y abismal de la soledad, será necesario también aprender a dejar de buscar la cegadora luminosidad del añorado espejo, ahora roto, y aceptar, agradecido, el débil brillo de cada instante.

Dicho de otra forma, deberá haberse hecho el duelo por el espejo roto, un duelo —que como todo aquello imposible de curar— , sólo lo curará la acción erosionadora del tiempo, y no siempre, como sabía el poeta, que también en otro​ de sus poemas más cruentos y desoladores, consciente de cómo se fragmenta la identidad y la propia existencia al haberse roto​ el espejo donde se reflejaba, nos lo va a advertir:

Voy como las aves, cuando han perdido a su cría / que revolotean sin encontrar consuelo / con gritos de angustia alertan a su bandada / como si el mundo estuviera en grave peligro.
Y revolotean en círculos sin darse tregua alguna, / acechando el lugar donde dejaron a su cría. / Y no dan crédito a la verdad / porque ello les causaría un mayor tormento.
Desde el amanecer hasta la puesta del sol / con su rodar inquietan el espacio, / dicen que el dolor nunca los abandonará / ya que nunca más tendrán a su cría a su lado.
Solos por la noche, vencidos por el cansancio, / retornan al nido, su castillo desierto, / sienten el corazón de repente oscuro y viejo / y caen dormidos de agotamiento.
Al llegar la mañana, con su penoso vuelo / abandonan el nido, el árbol y el río / buscando un lugar más hermoso: / pero en ningún lugar vive ya su hijo.
Así voy yo, perdido de mí mismo, / a mí mismo buscándome eternamente. / Pero yo soy mudo y mudo es mi lamento, / pues mi dolor me oprime mi garganta

Vaig com les aus, Josep Palau i Fabre, Poemas del Alquimista , 1972

Cántico al duelo imposible, al dolor que el tiempo no cura sino que eterniza en un presente oscuro y sombrío, al dolor de un alma en pena para quien retener el dolor del espejo perdido —el hijo, el amor, el cuerpo joven e impetuoso— se ha convertido en la última forma de permanecer vivo —o muerto en vida .

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