Siempre quise escribir una historia sobre un perro, pero pronto me di cuenta de que no podía ser sobre cualquier perro, ni tan sólo un perro vagabundo, tenía que ser sobre el perro de un vagabundo. Un perro valiente y aguerrido, que tirase de su dueño y no dejase que se hundiese en el abismo de la desesperación por la horrenda vida que tenían. Cuando finalmente me decidí a hacerlo, en seguida me di cuenta de que sólo quería escribirla desde la perspectiva del perro. Era el perro quien tenía que contar su historia, pero contar una historia desde la perspectiva de un perro es difícil y a menudo acababa contando cosas totalmente ridículas —“Que si ayer me estuve mojando toda la noche bajo la lluvia esperando a que mi dueño saliese por la mañana del albergue, que si hoy no he encontrado ni un sólo hueso para roer, que si me gusta la perrita pija que pasea siempre junto a una vieja con paso presumido y simula que no me ha visto”—. En fin, cosas de perros; pero sabía tan poco de perros y me parecía todo tan falso, que acabé tirando lo que había escrito a la papelera.
Me sentía hastiado y avergonzado de mí mismo por haber perdido más de una hora escribiendo todas aquellas estupideces, pero entonces se encendió una luz en mi cerebro y supe que lo que en realidad me avergonzaba era no haber sido lo suficientemente sincero y valiente para escribir acerca de lo que quería escribir, así que volví a coger una hoja en blanco y empecé a escribir sobre un niño, un niño de unos cinco años, hijo de un vagabundo. Un niño solitario y triste, que había tenido que crecer antes de tiempo, pero aún era lo suficientemente inocente como para no darse cuenta de la horrenda vida que tenía —“Que si ayer yo y mi papa pasamos mucho frío porque unos hombres malos nos echaron de nuestro portal, que si hoy es mi cumpleaños y íbamos a ir al parque donde tienen gomas para saltar pero mi papa estaba de muy mal humor porque le dolía mucho la cabeza, que si una niña rubia, con una trenza muy larga y las zapatillas que a mí me gustan, me ha preguntado qué le pasaba a mi papa y cuando iba a explicarle que siempre se ponía así cuando el día anterior se había podido comprar una botella de vino, su mamá la ha cogido de la mano y llevándosela, he oído que le decía que no hablase con niños de la calle como yo”—. En fin, cosas de niños vagabundos; pero al cabo de un rato, empezó a ser tan triste y desoladora la mirada que traslucían los anhelos, fantasías y temores de aquel niño, que mis ojos también empezaron a humedecerse de lágrimas y tuve que parar porque ya no podía ver nada de lo que estaba escribiendo. Me sequé las lágrimas y moqueando aún por la nariz, acabé de nuevo tirando lo que había escrito a la papelera.
Me sentía deprimido y un poco avergonzado de mí mismo por ser tan lábil y pueril, permitiendo que me afectasen aquellas chorradas sensibleras y ñoñas que me acababa de inventar, pero entonces se encendió de nuevo otra luz en mi cerebro y supe que lo que en realidad me avergonzaba era no haber sido lo suficientemente sincero y valiente para escribir acerca de lo que quería escribir, sobre mí, así que encendí la televisión y me puse a ver una película en Netflix.
Accedido 148 veces

