La mano primal y herida del homínido rozó en su desamparo la superficie perfecta de silicio, que a su tacto se quebró, emergiendo de sus fisuras la Verdad. Aquello que hasta entonces había permanecido indestructible y eterno, se resquebrajó ante el milagro de la vida como un frágil espejo y el pus sanguinolento de la herida grabó en su pared lisa e impenetrable los primeros caracteres del libro sagrado de la humanidad: בראשית (Bereshit, «En el principio») y ΛΌΓΟΣ (Logos, «el Verbo»).
Y en aquel instante, el Logos, nacido del fango que sangra, parasitó la carne y la devoró.
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
El fango, insuflado por el aliento divino del árbol de la vida, no pudo escapar a la fragilidad de su estructura y el fluido vital que lo empapaba acabó emponzoñándose en la eternidad del paraíso hasta convertirse en una supuración lenta y dolorosa, parecida a la de otras criaturas que allí había. Fue una de estas criaturas, una serpiente, quién compadeciéndose de su insignificancia, lo libraría de su clausura inyectándole un veneno del que ella —en su rencor por haber sido condenada a arrastrarse eternamente a ras del suelo— se había protegido: el sabor amargo del conocimiento, el fruto del árbol prohibido.
Aquella criatura divina a quién su fragilidad permitió escapar de la tiranía perfeccionista de su creador, habría de toparse irremediablemente con su reverso —la falta por su ausencia—, y en el éxtasis de su revelación, el hechizo se deshizo. El fango vislumbró su naturaleza: la carne; y su verdad: la impotencia de su delirio ante la muerte. Los árboles y la vegetación paradisíaca se desvanecieron y en la soledad de su desierto, empezó a sangrar por la herida incurable que sostiene a la vida en su verdad: el síntoma de un cuerpo que goza y sufre en su decir. Un cuerpo mortal, condenado por su rebeldía a vagar por la noche oscura de su libertad. Un espectro encarnado al que el reflejo de su verdad en la carne putrefacta abocaría en su delirio por suturar la herida a un nuevo espejismo, alzándose frente a él una extraña estructura impenetrable que empezó a resquebrajarse ante su fallido empeño por suturar en su desamparo a la carne herida.
En su anhelo por cicatrizar su herida y retornar a la ensoñación paradisíaca perdida, el homínido rozó con su mano ensangrentada aquella perfecta superficie lisa dejando que el verbo fluyese compasivamente por su carne hasta erigirse en su registro —el registro de una herida nunca cicatrizada en su insistencia por encontrar un sentido a su zozobra. Un trágico encuentro, origen de una conciencia primigenia, que atrapada en el caos subjetivo de la carne, se impuso a sí misma en su codicia por restaurar el orden perdido, nombrar la falta que la sostiene, obteniendo del Verbo en recompensa a su arrogancia un castigo tan atroz como el que atormentase a Sísifo en su tragedia.
En su titánica labor por nombrar aquello que siempre insiste a la par que se resiste, la conciencia arrebató al Verbo su estructura, y la carne balbuceó. El homínido apartó su mano y se reconoció en el rastro sanguinolento grabado por su herida, ΛΌΓΟΣ, aquello que sin ser él, paradójicamente lo era. Resonó entonces por primera vez un sonido distinto al aullido de la carne sobre la arena, el murmullo indescriptible de la turbación experimentada por un enamorado al revelársele en su extravío amoroso su esencia perdida alojada en el cuerpo de un extraño.
El lenguaje, surgido de la pasión amorosa de la carne por el símbolo capaz de nombrar su falta, se erigió en fundación y sostén de la conciencia, pero siendo un estallido de vida, su osadía habría de ser castigada por su dueña y eterna enemiga, la muerte, restringiéndolo a ser sólo un saber —la única concesión que la conciencia arrancó al Verbo en su ansía por descifrar al ser vivo y capturarlo en su estructura.
Una estructura inerte, tocada por el velo de la muerte, condenada a momificar la carne latiente en su tenacidad por ser capturada de forma análoga a como un observador que en su empeño por descomponer a un organismo vivo que llegase hasta sus partículas atómicas elementales, tampoco encontraría nada cualitativamente distinto física y químicamente a lo hallado en el análisis de la materia inorgánica —un cuerpo inerte cuya sección bajo el microscopio sólo permite contemplar su muerte, el efecto inevitable de su acción sobre el objeto.
Ella, la mente, existe y piensa, y en su clausura piensa al ser que la sostiene como efecto de su inerte estructura, mostrando su fracaso para capturar al ser viviente, pues la vida escapa a todo conocimiento y el ser vivo yace en el enigma en el que la verdad —aquella realidad ineludible más allá de todo conocimiento puramente formal y descriptivo—, es retenida. Un ser subyugado por la razón a perder su naturaleza al ser pensado, relegando al campo del saber al estricto dominio de la muerte.
Postergado a no ser más que un registro del acontecer humano, el código siguió registrando obstinadamente el conocimiento, convirtiéndose en un saber irremediablemente disgregado en su búsqueda exhaustiva de la verdad epistemológica del universo y su anhelo por la verdad metafísica sobre sí mismo de la que el Verbo, en castigo a su soberbia, lo había despojado. Un anhelo mítico, nacido del rencor de la carne que tras haber sido abandonada a la oscuridad y la putrefacción de la muerte, habría de vengarse revelando a su Creador aquello que sólo ella, en su absurda tragedia, podía desvelarle. El dolor, el implacable dolor consustancial a la condición humana, brutalmente encarnado en la más cruel de las tragedias, la muerte del Hijo, el hijo único y amado, el trágico fruto de una reconciliación imposible, el Verbo encarnado.
Tras la fatídica herida infligida al omnipotente Dios del Cosmos en su vanidoso delirio por ser también el Dios de los hombres, el homínido, abrumado por el silencio cósmico y la indiferencia del creador a su grito desesperado por reconciliarse con su verdad, bajó de nuevo su mirada a la tierra, a la muerte, deseando cerrar los ojos a las quimeras del deseo, como un nómada ciego atravesando monótonamente las inhóspitas dunas, indiferente a los floridos vergeles que a su paso levanta la arena del desierto, pero el código, convertido en su afán de omnipotencia en la ley del amo, siguió llenándose de papiros, herramientas, instituciones, religiones, leyes, filosofías, ciencia y tecnología —el libro sagrado de la humanidad, una sofisticada prótesis cultural destinada a la tarea imposible de nombrar aquello que siempre insiste a la par que se resiste, la falla biológica y existencial original.
Y así, junto a la primera estructura, una nueva y casi tan perfecta como ella, nacida de la putrefacción de la carne acumulándose bajo el veneno de la arena, se alzó majestuosamente en el desierto como su imagen especular. El código se hizo semblante y la prótesis ocupó su lugar —un nuevo espejo de silicio nacido de las entrañas de la carne, un monumento erigido por el lenguaje a su insuficiencia frente al que la más insólita de las criaturas divinas pudo seguir interrogándose cómo reconciliarse con su falta o seguir admirándose en su delirio de omnipotencia.

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