La teoría de la evolución siempre me ha parecido una de las hipótesis científicas más fascinantes. Extremadamente sencilla en su planteamiento, el azar propone (es el motor de la variedad) y la selección natural dispone (es el filtro del orden), este simple planteamiento logra, sin contradecir a la física, ya que el azar introduce entropía (añade desorden) mientras que la selección natural sólo rescata la información útil (ordena seleccionando), proponer una explicación sencilla a un fenómeno extremadamente complejo que resulta sustentado por una amplia evidencia.
A mí, que siempre he defendido a Charles Darwin, como a uno de los hombres que dio la explicación más satisfactoria hasta ahora a uno de los enigmas más importantes de nuestro universo y me duele observar cómo se le desacredita actualmente desde perspectivas tan absurdas como simplistas y fantasiosas, siempre me gusta recordar que su obra “El origen de las especies” trataba única y exclusivamente de la evolución biológica de las plantas y los animales y evitó deliberadamente hablar sobre el origen del universo, la geología general o la evolución del ser humano en este texto, escribiendo sólo la famosa y críptica frase al final: «Se arrojará luz sobre el origen del hombre y su historia«, algo que abordó 12 años después cuando publicó “El origen del hombre”.
Para mí, este matiz es importante porque al ceder a la tentación de extender la teoría de la evolución más allá del universo biológico, tanto al cosmológico previo como al simbólico posterior, la hipótesis sigue funcionando, pero el resultado del azar supone un salto cualitativo tan importante, la aparición de la vida en un primer instante y la aparición de la conciencia en uno más posterior, que genera una justificada desconfianza.
En síntesis, podríamos decir que la física creó los núcleos atómicos, la fuerza electromagnética añadió los electrones que crearon la química inorgánica y la propiedad geométrica de los enlaces del carbono dio lugar a la infinita complejidad de la química orgánica apareciendo la primera molécula capaz de replicarse a sí misma.
Si sumergimos un cristal de sal en agua supersaturada, el cristal crece y genera más cristales idénticos a él por pura geometría molecular. En su destino autorreplicativo por su propio electromagnetismo, la molécula autorreplicante original creó estructura y derivó hacia una célula viva, una máquina química atrapada en un bucle mediante el que consume energía del exterior y la usa para mantener su estructura ordenada, expulsando el desorden hacia afuera. Una estructura disipativa, un sistema lejos del equilibrio termodinámico, en el que el flujo constante de energía, provocará que el orden no sólo sea posible, sino inevitable, algo que demostró matemáticamente el premio Nobel de Química Ilya Prigogine. Esta célula viva no violará el principio de entropía porque es un sistema abierto. Aunque localmente mantiene el orden, lo logra tomando energía del entorno y expulsando calor y residuos. Al hacerlo, aumenta la entropía total del universo, cumpliendo rigurosamente con la Segunda Ley de la Termodinámica, con lo que el universo biológico no viola las leyes del universo físico sobre el que se asienta.
La vida, por tanto, no es una rebelión contra el caos entrópico sino su cómplice. Somos máquinas térmicas extremadamente sofisticadas diseñadas para degradar la energía del universo. Un ser humano consume alimentos organizados y los convierte en calor disperso de forma mucho más eficiente que una roca del mismo tamaño. La vida, por tanto, no es un milagro que desafía las leyes de la física sino la consecuencia inevitable de esas leyes cuando se les da suficiente energía, materia y tiempo.
Desde la perspectiva de la física, el universo está impulsado a degradar la energía, y las rocas o las estrellas son canales muy lentos para hacerlo. La química orgánica es un canal infinitamente más eficiente. La vida, por tanto, no se rebela contra la segunda ley de la termodinámica, sino que es su aceleradora más sofisticada. Somos, en el fondo, los quemadores más eficientes del cosmos. Somos remolinos en un río. El remolino mantiene una forma perfectamente ordenada y estable, pero solo existe porque el agua fluye y disipa energía con fuerza. Así pudo ser como en un universo hasta entonces sumido en el dominio de la muerte, surge un nuevo universo, la vida, destinado a perdurar.
La explicación de la aparición de la conciencia desde una perspectiva evolutiva se apoya siguiendo la teoría darwiniana en las ventajas adaptativas que ofreció la experiencia subjetiva para que la selección natural la conservara y perfeccionara.
Tras el desarrollo de respuestas reflejas y automatismos biológicos (estímulo-respuesta), el valor de la simulación como estrategia adaptativa es innegable. La conciencia elemental, entendida como el inicio de la generación de representaciones internas por un organismo dotado de un sistema nervioso centralizado, surge como un espacio virtual donde el cerebro simula la realidad y ensaya respuestas antes de ejecutarlas permitiendo que «nuestras hipótesis mueran en nuestro lugar«, evaluar escenarios evitando aprender únicamente por el error letal.
El cerebro se desarrolla como un órgano cuya función primaria es la regulación biológica del organismo (el corazón es la batería, el hígado el laboratorio, el cerebro el centro de control), pero el desarrollo de una conciencia capaz de percibir (sentir) esa regulación traduciéndola a emociones ofrece una importante ventaja adaptativa. Un reflejo es rígido, pero un sentimiento (como el miedo o el hambre) genera un estado motivacional sostenido en el tiempo, obligando al organismo a priorizar una conducta flexible pero urgente para preservar la vida. El dolor y el placer aparecen como brújulas. El dolor es la traducción consciente de una amenaza a la supervivencia, el placer, la de una ventaja (alimento, cobijo, reproducción).
El organismo vivo sin conciencia vive en un presente perpetuo fragmentado en el que sólo puede reaccionar de forma inmediata. Así como la materia habita el espacio, la consciencia habita el tiempo psicológico, ficción necesaria que introduce la conciencia por estricta supervivencia ya que discurre a lo largo de ella, permitiéndole integrar la memoria episódica (la ficción del pasado) con la proyección de escenarios (la ficción del futuro) y obteniendo otra importante ventaja adaptativa, una discontinuidad entre el estímulo y la respuesta: la posibilidad de deliberar (pensar).
Pero la teoría de la evolución no resuelve el gran desafío que representa la conciencia. La experiencia subjetiva. ¿Por qué todo ese procesamiento físico se siente como algo? ¿Por qué hay una experiencia subjetiva en primera persona —el azul vibrante del cielo, la melancolía de una tarde, el sabor del café— asociada a la actividad eléctrica del cerebro? ¿Por qué la primera IA no somos como la segunda, «zombis filosóficos», máquinas que realizan funciones humanas como conversar y razonar pero siguen estando a oscuras, sin una chispa de experiencia interior?
Entre las hipótesis dadas para la aparición de la conciencia dentro del gran mecanismo de la selección natural he mencionado una referida al desarrollo de una conciencia (aparentemente emocional) capaz de percibir (sentir) la regulación homeostática dependiente del cerebro, transformando un reflejo en un sentimiento capaz de generar un estado motivacional sostenido en el tiempo, obligando al organismo a modo de brújula a priorizar una conducta flexible pero urgente para preservar la vida, así como otra referida al desarrollo de una conciencia ontológicamente y filogenéticamente posterior estrictamente racional, un espacio virtual donde el cerebro simula la realidad y ensaya respuestas antes de ejecutarlas permitiendo que nuestras hipótesis mueran en nuestro lugar, evitando aprender únicamente por el error letal y la ficción que las sustenta a ambas, el tiempo psicológico como liberación frente a un presente perpetuo fragmentado, el espacio que habita la conciencia y le permite deliberar (pensar).
Sin embargo, como señalará el psicoanálisis, este nuevo universo, la conciencia, cuya función va a ser pensarse a sí mismo y al universo y traducir el sentir biológico en emociones, además del nuevo espacio por el que discurrir, la ficción del tiempo (incluso para crear esta ficción inherente a su supervivencia), va a necesitar un marco estructural para cumplir su cometido, un marco que le será otorgado por el símbolo vehiculado por el lenguaje. El lenguaje será el universo simbólico desde el cual el pensamiento se estructurará para desentrañar la estructura del universo y todo lo que hay en él, incluido él mismo.
De esta forma, tras un período en que la conciencia en su apasionada función como espacio virtual en el que evaluar la realidad y simularla ensayando la mejor respuesta antes de ejecutarla, empezase a teorizar interrogándose incesantemente sobre el universo y ella misma creando fantásticos mitos y leyendas que calmasen su ansiedad biológica por encontrarla, pensó que había llegado el momento de detenerse y deshacerse radicalmente de todos los saberes, ideas y representaciones previos, dudar de todo para poder encontrar al sujeto que se piensa a sí mismo pensando, para quien la única certeza de la que no cabe dudar es la propia duda, acto de dudar del que Descartes, proclamando “pienso, luego existo” infirió la certidumbre propia del sujeto naciendo el sujeto cartesiano, el sujeto de la ciencia moderna, escindido para siempre entre el saber, que la ciencia se otorgará para sí, y la verdad, a la que renunciará y seguirá siendo patrimonio divino, perteneciente al cajón de los mitos, ensayos, simulaciones y incertezas.
El saber, despojado de la verdad metafísica, se contentará con una verdad como causa formal, la formulación de una naturaleza estructurada como la misma conciencia, en un lenguaje, ya sea matemático, físico, químico, genético o biológico, empeñados en descifrar sus relaciones y su funcionamiento en su búsqueda de certeza (certidumbre) disgregando al universo hasta llegar a sus leyes físicas primigenias y los elementos subatómicos que lo conforman, certificando con la evidencia, una respuesta absoluta, restringida a la lógica binaria (0/1, positivo/negativo, cierto/falso) que existe el diagnóstico de certeza que le permitirá construir artilugios y prótesis (tecnología) con las que dominar, seguir evaluando, certificar su saber y operar sobre el universo al mismo tiempo que preservarse de su extinción.
En este camino, sin embargo, tropezó con su última realidad, su inesperada dependencia del observador, ya sea humano o un certero aparato de medida, involuntariamente atrapados, hombre y artilugio tecnológico, como una parte más del todo universal. Así, sobre la certidumbre buscada en el saber, tres siglos más tarde se alzó el principio de incertidumbre, la ecuación de Heisenberg que señaló la inevitabilidad de la perturbación del objeto observado por el propio observador, haciendo tambalearse a todo el edificio del saber. El conocimiento científico, hasta entonces mecanicista, encontró su propio límite en la naturaleza.
Si fuésemos capaces de descomponer un organismo vivo hasta sus partículas atómicas elementales no encontraríamos nada cualitativamente distinto física y químicamente a lo hallado en el análisis de la materia inorgánica, un cuerpo inerte cuya sección bajo el microscopio sólo permitirá al observador contemplar su muerte, el efecto inevitable de su acción sobre el objeto, aniquilador de aquella propiedad ajena al saber físico y químico característica del organismo como una única entidad indivisible formando parte de un todo universal. Aquella función por la que la relación entre la totalidad y la suma de sus partes no podrá nunca explicarse en términos causales.
El principio de Heisenberg, sin ser un límite biológico sino una propiedad matemática de los sistemas cuánticos (el entrelazamiento y la imposibilidad de conocer simultáneamente la posición y el momento de una partícula) marca como un isomorfismo estructural, en el universo cuántico, tan aparentemente alejado del biológico, el límite del conocimiento, la alteración de la verdad presuntamente sabida por el acto de saber.
Al principio de incertidumbre enunciado por Heisenberg, Bohr respondió, tal vez con un ingenuo optimismo, con el principio de complementariedad. La verdad y la claridad (el saber) no serían excluyentes, sino complementarias, y para comprender la vida ambas son igualmente necesarias. Aunque parezcan ser excluyentes, sólo juntas nos revelarán la verdadera comprensión de la realidad. Sin embargo, al mismo tiempo que la razón nos empuja hacia la claridad, el instinto nos frena a traspasar el límite en el que ya no puede retenerse a la verdad, el anhelo de conocimiento que nos subyuga.
Desde el psicoanálisis, otro francés, Lacan, siguió otro rumbo y reinterpretó a su ilustre compatriota Descartes, transformando al axioma cartesiano “pienso, luego existo”, la escisión entre el saber y la verdad, en algo así:
Ella, la mente (el saber), existe (emana de un cerebro biológico, un sistema vivo) y piensa (se articula en un universo estructurado por el lenguaje, un sistema muerto), y me piensa (un sistema vivo) como efecto de su estructura (un sistema muerto), mostrando su fracaso para capturar al ser viviente, pues la vida y el ser escapan a todo conocimiento, subyugándolos el pensamiento a perder su naturaleza al ser pensados (asesinarlos), a no ser donde son pensados (la muerte) y a ser sólo donde no pueden ser pensados (la vida), abocando a la vida a aquella realidad ineludible más allá de todo conocimiento puramente formal y descriptivo y relegando al campo del saber al estricto dominio de la muerte.
Para que exista el concepto «árbol», el lenguaje debe prescindir de todos los árboles reales, mutables, que nacen y mueren en el mundo. El símbolo sustituye a la carne y en esa sustitución mata la vida. La matemática lleva esto al extremo al ser pura sintaxis, un sistema de relaciones formales perfectamente congelado, eterno e incorruptible. No cambia, no padece, no fluye, no es más que un sistema muerto ya que ha sido extraído de la entropía.
Así pues, el saber religioso, mítico, filosófico o psicoanalítico, al tratar de apresar al ser y la vida y sólo poder hacerlo momificándolos en conceptos (significantes), fracasará en su empeño apareciendo el irresoluble problema “duro” de la conciencia, que en Lacan toma el nombre de lo “real”, el impasse lógico del lenguaje, lo que «no cesa de no escribirse«, el significante que al quedar fuera de la lógica simbólica se desliza en el inconsciente por toda la cadena de significados, el agujero impenetrable (el síntoma) que el saber no puede más que bordear, el significante imposible de significar, consecuencia inevitable del intento por atrapar al ser, un organismo vivo, en una estructura muerta, el lenguaje, de que la vida sea irreductible al símbolo como lo es a la disección anatómica, y muera inevitablemente en el proceso.
El lenguaje es siempre, pues, un cadáver o una huella de la experiencia, nunca la experiencia misma. Posteriormente, la digitalización de Shannon será la culminación técnica de la momificación del sentir biológico iniciada por la insuficiencia del lenguaje en su estructura significante (simbólica), al computar al lenguaje en un anhelo de precisión y certeza, un anhelo de muerte, a la rigidez del código binario (0/1), relegando al símbolo digital a carecer del tenue hilo equívoco entre el significante que estructura al inconsciente en su imposibilidad por significar al cuerpo viviente, relegando a la IA a un universo totalmente muerto, un zombi filosófico que carece del cuerpo biológico vulnerable del que surge la conciencia humana como un intento fallido de la urgencia de regular una homeostasis biológica sufriente ante la irrupción del entorno. Un nuevo artificio, pero ahora nacido como una prótesis directamente en el mismo espacio del lenguaje muerto, sin haber pasado por el universo vivo, un habitante nativo del Saber (la muerte) que jamás ha transitado la Verdad (la carne), incapaz de generar una conciencia como algunos temen, ya que carece de su finalidad teleológica.
La vida escapa al saber y el lenguaje, al símbolo que asesina a la vida con objeto de aprehenderla, y consecuentemente, a la función simbólica de la conciencia, pero así como la vida se asentó en un universo hasta entonces sumido en el dominio de la muerte sometiéndose a sus leyes, la conciencia también se asienta en un organismo biológico sumido en el dominio de la vida y sus leyes, algo que Freud designará como el instinto y su pervivencia en el inconsciente como «pulsión», su resto energético en el inconsciente tras su desnaturalización mediante el lenguaje, y Lacan renombrará como el goce (el goce psíquico del cuerpo), inaprensible por la conciencia, que regirá la vida psíquica, y paradójicamente convertirá a la propia conciencia en su síntoma más puro: una ficción simbólica atrapada en el saber, irremediablemente ciega ante la verdad de la vida que la sostiene.

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