mommy

Cuando sólo el amor no es suficiente

La dicotomía entre la madre y la puta —entre la mujer a la que se ama y la mujer a la que se desea—, y la dificultad para reconciliarlas en una sola, fue una expresión de Freud que hizo fortuna para señalar una cierta ambivalencia esquizoide heredada del complejo edípico en algunos hombres —Freud se preguntaba si en todos— en sus relaciones con las mujeres. Esta dicotomía será reformulada por Lacan en el goce y la ley —entre la mujer idealizada del goce incestuoso, la madre, que entrará en conflicto con el narcisismo infantil instaurando la prohibición incestuosa (el superyo) como protección y la mujer sexualizada del goce fálico, la puta, la que aparece al estructurarse el deseo a través de la ley del Nombre del Padre, resultando en la castración simbólica y la falta en ser.

Pero no es esta acepción la que quiero señalar aquí, sino la interrelación destructiva que se establece entre el amor y el goce cuando no está mediada por la ley, a través de dos películas excelentes que describen magistralmente la difícil e imposible relación entre una madre fascinante y maravillosa al mismo tiempo que aniquiladora y terrorífica en su relación maternofilial en ausencia del padre desde dos perspectivas a la vez muy distintas, el “hijo de la puta”* como objeto que arrasa a la madre (Mommy, Xavier Dolan 2014) y la “puta”* como sujeto que arrasa a la hija (Fleurs de Sang, Myriam Mézières 2002).

Mommy

Mommy se inicia con Diane —la madre— recogiendo a su hijo Steve tras su expulsión de la institución psiquiátrica donde está ingresado por mala conducta, optando por llevárselo a casa y hacerse cargo de él antes de recluirlo en un desolador hospital público psiquiátrico con un régimen semipenitenciario.

A partir de este momento inicial, la turbadora conducta de Steve va dejando entrever una relación ambivalente, sumamente erotizada y violenta, entre ellos a consecuencia de la ausencia de una función paterna —Nombre del Padre— que medie como ley capaz de operar una separación —“mediar la distancia entre la identificación con el ideal del yo y la identificación con el deseo de la madre” (Lacan) —, quedando el hijo como objeto de causa del goce de la madre, colocado en la posición de fetiche ligado a la satisfacción fálica materna, —“objeto de la madre cuya función es revelar la verdad de este objeto” (Lacan).

Desde está posición, sin embargo, este hijo no responde en su patología desde una forma pasiva sino claramente perversa que oscila entre el amor y el odio, el erotismo y la violencia, la demanda y la pulsión, el deseo incestuoso y el deseo de muerte de Steve —el goce y el temor de Diane. Una relación dual, exclusiva, sellada al resto del mundo —al Padre y la Ley—, que también suscita en Steve una violencia extrema frente a todo hombre que se acerque a su madre, todo hombre que la sexualice.

Esta relación maternofilial aniquiladora tratará de ser reconducida incorporando a Kyla, una melancólica vecina que aceptará unirse al juego, permitiendo y aceptando el obsceno y destructivo baile entre ellos, formando una especie de trío como si se tratase de un intento de terapia mutua capaz de salvar la relación, que no funcionará —ya que Kyla no es la ley, la cura para Steve.

Finalmente, la madre, desbordada por la ausencia de la inscripción del Nombre del Padre en Steve, se acogerá a la ley judicial, el internamiento de Steve en un hospital psiquiátrico, aceptando que —a veces—, el amor no salva.

Fleurs de Sang

Fleurs de Sang describe la historia de Pam —una niña de catorce años—, que ha escapado de una residencia tutelar de menores, para reunirse con su madre —Lily—, que se encuentra en la indigencia, presa de su desamparo y sus tendencias autodestructivas.

Pam — que ignora quién es su padre y nunca ha pisado una escuela—, recuerda las desventuras de su vida junto a su madre — una bailarina erótica—, atravesada por el dolor de la soledad y el desamor, luchando por salir adelante en un mundo sórdido, egoísta y cruel, y como su gran curiosidad la llevó a ser autodidacta y con tan sólo nueve años convertirse en la protectora de su madre.

Aquí, una mujer desbordada, a pesar del amor que profesa a su hija, desatiende negligentemente su función materna, que quedará delegada en esta última a causa de la imperiosa necesidad económica y de ser amada de Lily y la ausencia de un partenaire emocional y sexual, aspectos que se mostrarán mediante la explotación sexual y económica a la que es sometida —su humillación y amargura— al colocarse en su rol de goce como un mero objeto erótico frente a un público que demanda su desnudez y exhibición pública y frente a amantes eventuales incapaces de trascender su propio goce idiota —fálico—, sin encontrar por el camino ninguna ayuda, amistad, amor o un trabajo estable.

A causa de la desatención que presta a su hija —por entonces de nueve años—, el Tribunal de Menores le retirará a Lily su custodia, condenándola a un descenso a los infiernos que la llevarán a la autodestrucción y la indigencia.

Después de cinco años en un centro de menores, Pam empieza a visitar y frecuentar de nuevo a su madre y conoce a un joven fotógrafo, en quien deposita el vacío insoportable producido por la dejación de la función materna, convirtiéndolo en el objeto obsesivo de su necesidad de amor y protección reprimida y rechazada. Sin embargo, cuando él presiente quién es y aquello que representa para esta niña despojada de todo —atrapada en un goce materno no mediado por ninguna ley—, siente pánico y propone la separación —algo que ella no podrá soportar—, acabando por matarlo accidentalmente presa del horror y la desesperación ante el terror a enfrentar y reconocer su deseo al iniciarse el proceso de individuación.

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