Fu-Manchú y sus secuaces ejecutando su perverso plan para convertirse en amos del mundo desde su guarida secreta en el Parc Güell de Barcelona mientras Chuck Norris, el primogénito del clan familiar de Villa Tortas, visita a su primo chino Bruce Lee en Pata Don Kong
Alguna vez, en mi soledad de boomer, he sentido cierta nostalgia de aquellos fascinantes bodrios setenteros y ochenteros de mi infancia y adolescencia, fascinantemente grotescos y fascinantemente atolondrados, que invadían los videoclubs a dónde acudía porque no había nada más que hacer. Aunque las historias contadas siempre eran muy similares —por no decir la misma—, con villanos y esbirros terroríficos como Fu-Manchú y sus siete novias o engendros abominables como Drácula, su prima la poseída o su mascota el hombre-lobo. Cuando empezaba a perder el interés y aburrirme —que solía ser a los tres minutos—, a menudo aparecían en escena —sin venir a cuento ni saber de dónde—, las tetas rollizas y abultadas de alguna guerrera o alguna esclava encerrada en una mazmorra de cartón-piedra, que volvían a elevar sensiblemente el interés por la historia.
Desafortunadamente, los efectos especiales galácticos y especialmente los hermanos del clan familiar que nació y creció en Villa Tortas —Chuck Norris, el gran Arnold y su amiga con derecho a roce Brigitte Nielsen, Stallone (no confundir con Stalin!), Steven Seagal y su cuñado retardado Vin Diesel o Van Damme y su primo chino, Bruce Lee—, acabaron con ellos y, aunque en realidad, sus historias seguían siendo tan absurdas y pueriles como las anteriores, carecían de aquel tono exótico que tanto nos hechizaba.
Actualmente, en la era de la sobreabundancia, posiblemente aún puedan encontrarse algunas de ellas en Youtube subidas por algún nostálgico, pero entre la abundancia de foros, porno e influencers gratuita existente, nadie está tan loco como para perder un solo minuto de su tiempo con ellas. Porque la paradoja de estas películas es que a pesar de ser fascinantes eran también francamente insoportables, por lo que sólo acababan viéndose —siempre con un potente jarabe antiemético a mano—, en aquellos tiempos en los que la miseria cultural y la podredumbre intelectual —especialmente en la España del tardo y post-franquismo—, era tanta, que las alternativas eran cerrar la mente, pegarse un tiro o ver la piltrafa que daban en la televisión de aquel día —inevitablemente de Paco Martínez Soria, Jaimito (Pierino) o los hermanos Calatrava.
Pero, a pesar de todo, toda aquella bazofia tuvo efectos positivos. Las historias eran tan soporíferas, que cuando no había tetas por allí en medio, el pensamiento llevaba a plantearse preguntas que iban más allá de la historia. Preguntas interesantes del tipo: “¿Qué ganan embruteciéndonos de esta forma? ¿Qué esperan de nosotros? ¿En qué clase de tarados aspiran a convertirnos?”
Otro efecto secundario beneficioso es que soñabas que existiese también algo distinto y ansiabas encontrarlo casi tanto como se ansía tener un amor de verano. Así, llegabas a esperar meses o incluso años para que por puro azar en la televisión proyectasen alguna película de algún director del que habías oído hablar —Dreyer, Bergman, Resnais, Tarkovsky, Fellini—, por supuesto adecuadamente cortada, doblada y traicionada —traduttore, traditore! — o acababas leyendo libros con un diccionario a mano porque no había sido traducido al español —y que habías tenido que comprar durante un viaje al extranjero.
En fin, actualmente el cine de serie B es ya una reliquia del pasado oscuro de la humanidad y probablemente es mejor que así sea. Ahora todo, desde la bazofia más repugnante a la sabiduría más exquisita suele encontrarse al alcance de un click, aunque al igual que como afirma el refrán “Lo que nada cuesta, nada vale” —los ricos y ostentosos derrochan a mares y los pobres protegen con ahínco sus precarias pertenencias—. También las nuevas generaciones de zetas, millenials y otras no parecen sentirse satisfechas y apreciar el valor de casi nada cultural, al mismo tiempo que el valor de casas e inmuebles sube vertiginosamente convirtiéndose en el bien más preciado de todos.
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