Resulta curioso, pero cualquier internauta que frecuente algún foro de temática general en la red tarde o temprano va a toparse con el continuo y prolífico endiosamiento y magnificación de supuestos narcisistas por parte de supuestas víctimas.
Sin entrar en todo aquello que pueda haber de cierto en todas las quejas de las víctimas, quisiera incidir aquí en la dinámica de su sufrimiento desde una perspectiva poco compasiva.
Una de las primeras cosas que aprende un aprendiz de timador es que resulta muy complicado timar a una persona honesta, pero relativamente fácil timar a una deshonesta. El timo de la estampita, el timo por excelencia de la España franquista que hoy nos parece ya muy desfasado e ingenuo, pero en el que seguimos cayendo cuando topamos con alguna de sus variantes — el caso de Javier Milei cuando publicitó una criptomoneda cuyo colapso generó pérdidas masivas para los inversores que confiaron en el dirigente—, consistía en que el timador detenía en la calle a la futura víctima, haciéndose pasar por una persona con discapacidad intelectual y mostrándole una bolsa repleta de lo que parecían ser billetes de valor legal. A continuación, el timador aseguraba que esos papeles no eran más que cromos o estampitas y tenía muchas más guardadas en casa. Entonces, aparecía un segundo timador que, aparentando no conocer al otro con supuesta discapacidad intelectual, se acercaba actuando como gancho, ofreciéndole al primero una buena cantidad de dinero por todo el contenido de la bolsa repleta de estampitas. Cuando el primer timador accedía a la venta muy contento, el segundo se lamentaba de no llevar el dinero encima en ese momento, dando a entender que no podía estafar al pobre discapacitado. Si la víctima era honesta y decía al supuesto discapacitado intelectual que aquellas estampitas eran muy valiosas y debía guardárselas, el timo fracasaba estrepitosamente, pero si, en cambio, cedía a la codicia y no dudaba en ofrecerle una cantidad de dinero por las estampas creyendo estar engañándole, más tarde —cuando ambos timadores ya habían huido rápidamente—, descubría enfurecido que la bolsa llena de lo que creía que eran billetes, no eran sino recortes de papel pintados y había sido vilmente timado.
Así como en el timo de la estampita, uno de los factores más importantes para que funcionase el timo era la capacidad de los timadores para identificar a alguien potencialmente soberbio, codicioso, deshonesto y tonto — un cuñado—, y explotar sus propios pecados capitales, los narcisistas también poseen una mayor capacidad para detectar a sus futuras víctimas. Se trata de alguna forma de un saber práctico e intuitivo, como el saber inconsciente transmitido tras muchas horas de práctica a los dedos de un pianista para ejecutar con precisión la partitura que observan sus ojos, y este saber procede del saber sobre ellos mismos y de sus madres, el tipo de mujer que los moldeó para ser como son.
Al igual que la madre del narcisista es esencialmente otra narcisista, una narcisista que tal vez no lo sepa porque no quiera saberlo, la víctima del narcisista también lo es. Ambas son narcisistas por poderes —narcisistas que proyectan su propio narcisismo en otro—, ya sea el hijo o ya sea el novio o amante. La reina madre parió un nuevo rey y la princesa del guisante encontró a su imponente príncipe. La gran diferencia es que la madre del narcisista se relaciona con un niño —el futuro narcisista que ella moldeará—, mientras que la víctima lo hace ya con el adulto, mucho más estructurado y diestro al jugar sus cartas en la relación emocionalmente destructiva que se establecerá.
La madre del narcisista es una madre que esencialmente produce monstruos, uno será el propio narcisista, versión del monstruo de Jekyll & Hyde, desdoblado en su lado encantador y su perverso alter ego, el otro será el monstruo de Frankenstein, el monstruo incapaz de satisfacer sus expectativas maternas, el monstruo histérico, condenado a la queja continua y la insatisfacción vital por el desdén y el desprecio de su creador(a).
La víctima del narcisista también pasará de ser la princesa del guisante a ser el monstruo de Frankenstein a los ojos del narcisista, de ser recompensada en su palacio de sueños y delirios narcisísticos, a ser exiliada de nuevo a su estructura histérica, una estructura que probablemente la lleve a exhibir un mayor grado de narcisismo con relación a otros hombres y mujeres corrientes —aunque al mismo tiempo menor que el del propio narcisista, lo que explicaría porque ha acabado como víctima—, y que la llevará a su larga y excesiva exposición en una relación condenada al fracaso y la destrucción emocional, viviendo inmersa en el goce acaecido en su persistente y conflictiva contienda con el príncipe devenido en amo y verdugo, así como a su posterior y excesiva queja continua e insatisfacción vital —al mismo tiempo que sigue endiosando al príncipe devenido en rana en una especie de reencarnación del maligno en la tierra, de genio del mal.
La mayoría de las supuestas víctimas del narcisista no son víctimas de Hannibal Lecter ni de Dorian Gray, son víctimas de palurdos normales y corrientes, algunos ni tan sólo narcisistas en el sentido clásico y psiquiátrico, sino simples soberbios y arrogantes a los que otras mujeres habrían desechado en diez minutos, y si siguen magnificándolos y endiosándolos es a menudo porque siguen sin querer verse a sí mismas como son, o aún peor, en lo que se han convertido.
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