el deseo y el desodorante

Del deseo y el desodorante

Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles.

Umberto Eco (2015)

La cita anterior, pronunciada por el semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco durante una conferencia de prensa tras recibir el título de doctor honoris causa en Comunicación y Cultura por la Universidad de Turín, podría inducir a pensar si el mismo autor que denunció el secuestro de la cultura en su obra más famosa —encerrada en bibliotecas laberínticas en monasterios inaccesibles—, se opuso años más tarde como representante de una élite que ha dejado de serlo, a la democratización masiva de la cultura gracias a la tecnología, o si de alguna forma siguió conservando el talante de su protagonista, Guillermo de Baskerville, en su batalla contra el dogmatismo y el oscurantismo.

Probablemente el villano de la citada obra, el bibliotecario ciego Jorge de Burgos, consciente de la imposibilidad de prohibir el acceso a la información en la actualidad, no optase por ocultarla en bibliotecas o algoritmos criptográficos laberínticos ni malograr su soporte con venenos o virus informáticos, sino más bien por todo lo contrario, alterarla y replicarla masivamente con el uso de la inteligencia artificial, sepultándola bajo miles de versiones falseadas difundidas voluntariamente por esas “legiones de idiotas” hasta convertirla en invisible o tan insignificante y poco digna de crédito como las miles de clonaciones falseadas.

Si bien Umberto Eco parece incidir en cómo la democratización de la difusión de la palabra que ha significado la aparición de Internet, ha favorecido una explosión del narcisismo del ciudadano común impulsado por su deseo de notoriedad —que actualmente puede replicar (y desautorizar) sin ningún tipo de filtro la opinión de un experto con la arrogancia y superficialidad de quien se está haciendo un selfie intelectual—, algo que parecería corroborar en esta otra famosa cita:

Cuando yo era joven, había una diferencia importante entre ser famosos y estar en boca de todos. La mayoría querían ser famosos por ser el mejor deportista o la mejor bailarina, pero a nadie le gustaba estar en boca de todos por ser el cornudo del pueblo o una puta de poca monta. En el futuro esta diferencia ya no existirá: con tal de que alguien nos mire y hable de nosotros, estaremos dispuestos a todo.

Umberto Eco, Pape Satàn aleppe. Cronache di una società liquida (2016).

…también es cierto que esta democratización ha servido para liberar a la cultura de su servidumbre a una élite restringida, por ser hasta hace poco la única poseedora de los medios necesarios para su difusión.

Cabe preguntarse si en la época actual, en la que casi todos escriben y casi nadie lee, en la que el negocio editorial cada vez obtiene menos dividendos de la venta de libros a potenciales lectores —a no ser que estén revestidos como un objeto de regalo cool o sofisticado— y, en cambio, cosecha más ganancias directas de los aspirantes a la fama literaria —convertidos en patrocinadores entusiastas de selfies presuntamente literarios que acabarán yaciendo en su mayoría olvidados en almacenes solitarios esperando a ser destruidos y reciclados —, subyace puramente el narcisismo latente del individuo como reflejo de una sociedad hiperindividualista y escéptica ante todo, o algo más.

El deseo es como el desodorante, “sólo actúa en las distancias cortas” —se sueña con la casa con jardín y piscina del vecino, no con el palacio del jeque árabe y se fantasea con la vecina o el vecino del segundo, no con la supermodelo o el actor millonarios. A los humanos nos interesa sólo aquello que sentimos cercano, ya sea algo infame, mediocre o excelente —criterios siempre irremediablemente subjetivos. Todo aquello que se encuentra alejado de nuestros pensamientos, de aquello que nos ocupa a diario, no nos interesa. Por muy brillante que pueda ser, quedará exiliado en la remota lejanía de la indiferencia —si no nos interpela a nosotros, si no concuerda con nuestra forma de sentir o nuestras creencias, es algo que nos resulta invisible (o falso y erróneo si lo hace desde una perspectiva muy lejana a la nuestra).

Lo que Umberto Eco denuncia sarcásticamente como sumamente mediocre, “propio de idiotas narcisistas (cuñados)”, objetivamente no es más que el reflejo de una verdad incómoda: aquello que probablemente a él —dada su inmensa y soberbia trayectoria intelectual— le resulta muy lejano, a una mayoría les resulta mucho más cercano que todas sus obras.

Que aquello que más vende suele ser lo presuntamente mediocre, comercial o banal —la historia sensiblera y mal narrada que aparece en uno de los grandes foros de la red y al día siguiente se encuentra copiada y pegada en todos los demás con más votos de los que nunca obtendrá alguien que se esmere en sus publicaciones— es algo que desde hace mucho han sabido las editoriales y productoras cinematográficas —a las que nunca les ha costado sacrificar la calidad frente a las potenciales ganancias— y en lo que han basado su éxito los grandes foros de la red y los aspirantes a convertirse en “influencers” de éxito.

¿Y qué puede resultarle más cercano a cualquier individuo que aquello que él mismo escribe en el preciso momento en que lo escribe? —aunque sea algo que acaba de ocurrírsele cinco minutos antes y al día siguiente —si es que se molesta en volver a leerlo—, sienta que no es más que una soberana estupidez.

Cualquier individuo, por muy cretino o petulante que parezca —criterios siempre subjetivos— goza del ejercicio de su derecho a la libertad de expresión —a ejercer de cuñado— y esto es algo que forma parte de la democratización cultural. Más controvertido resulta afirmar si este mismo individuo, tras toparse, con la discreta ayuda del algoritmo, con algo cercano —«¿cómo va a ser una información falsa o una opinión tendenciosa y manipuladora si dice exactamente lo que yo pienso?»— goce asimismo del derecho a propagarla irresponsablemente sin molestarse en verificarla, convirtiéndose en el engranaje emocional necesario para que funcione una maquinaria algorítmica que propugna la desinformación en su propio beneficio.

Afortunadamente o no, a este escenario han llegado las IAs —las máquinas que también escriben y lo hacen con una mayor rapidez, precisión y conocimiento que cualquier “cuñado” y sin ningún tipo de sesgo narcisista.

Me pregunto qué pensaría Umberto Eco sobre su llegada, ¿sentiría que habían sido enviadas por los dioses para acabar de una vez por todas con la “tiranía de los idiotas”, o tal vez que Jorge de Burgos por fin había consumado magistralmente su objetivo, ofreciéndonos un oráculo digital, omnipresente y personalizado, que nos diga de una forma aparentemente objetiva y rebosante de sabiduría, aquello que exactamente deseamos oír, perpetuando así irreversiblemente nuestra idiotez?

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