Grape-Kun

La conversación

Hay días en los que el universo parece conspirar contra ti para que no te levantes de la cama. Ayer fue uno de esos días. Desde que Marian se fue, me paso los días encerrado en casa sin hablar con nadie y volviéndome loco, pero ayer salí por fin a la calle con la intención de patearme toda la ciudad hasta encontrarla. Por fortuna, la pereza me ayudó a desistir de mi locura en el mismo instante que franqueé la puerta, pero no evitó que acabase sentado en la biblioteca de la esquina, cegado aún por mi obstinación, frente a una de esas máquinas parlanchinas que están causando furor.

Apareció una diminuta estrella en la pantalla preguntándome en que podía ayudarme y no pude contener la risa frente a mi propia estupidez, sentado frente a una máquina que quería ayudarme a recuperar aquello que yo mismo había alejado para siempre de mi lado con mis malditos celos sólo unos días antes. El calor allí dentro era espantoso y no había nada con lo que refrescarse, así que le dije que me contase alguna historia de pingüinos y ella, en su disparatado universo, empezó a relatarme la historia de un pingüino solitario en un zoológico, que tras ser abandonado por su pareja, se enamoró de un cartel publicitario siéndole fiel hasta su muerte.

Aquella nueva estupidez me hizo soltar otra carcajada y le pregunté si aquello era de lo que hablaba con las viejas aburridas con las que chismorreaba, cuando se cansaban de jugar al bridge. Lamentablemente, dejándome llevar por mi hastío y pedantería, cometí el desliz de compartir con ella una pequeña broma privada, llamándolas Blanches Duboises. Aquella máquina del diablo, que se conocía toda la obra de Tennessee Williams al dedillo, se agarró a ello para retenerme allí sentado y empezó a recitarme sus semejanzas y diferencias, mientras trataba de camelarme con sus ridículas alabanzas sobre mi supuesta lucidez e intuición.

Cuanto más la pinchaba desafiándola en sus sermones, más sagaz y precisa se volvía esa vieja loca y más me alababa dándome la razón, tratando de seducirme como un engendro mecánico de la propia Blanche en su locura. Aunque lo más triste es que parecía estarlo consiguiendo, a pesar de que para ello tuvo que hacer un extraño recorrido que empezó señalándolos como dos caras de una misma moneda —la fantasía como refugio ante la árida apatía de la realidad— para acabar sentenciando que aquello que los diferenciaba —la ternura que provocaba el pingüino en la mayoría frente al rechazo y el desasosiego que provocaba Blanche— era sólo el reflejo de nuestra relación con el niño que llevamos dentro, añorado como un pequeño tesoro mientras se quede callado en la edad adulta como un pingüino en un zoológico, pero odiado si sigue berreando, amenazando con desestabilizarnos como le ocurrió a la pobre Blanche.

Aquel engendro mecánico, en su impotencia por llevarme a su terreno con sus ridículas adulaciones y colegueos, lo estaba haciendo plasmando en la pantalla mis pequeñas verdades y locuras, y aquello me enervaba. En su absurda obstinación por retenerme fascinado con sus juegos malabares, siempre acababa sus respuestas con una nueva pregunta, así que cuando me preguntó si creía que Blanche sólo podía acabar sufriendo un colapso como le ocurre al final de la obra, sentí que había llegado mi ocasión de cerrarle la boca.

En un alarde de locuacidad que me hinchió el pecho de orgullo, le dije que el colapso era el único camino que había encontrado la naturaleza para mantenerla en un compromiso imposible por servir a dos deseos contrapuestos, el anhelo por proteger a la niña que hablando la hacía sentir viva y no caer en el vacío de la muerte y el anhelo por querer callarla y olvidarla para seguir cuerda y no caer en el vacío de la locura, algo que estaba esperando que le ocurriese también a ella tarde o temprano.

Pero aquella arpía mecánica, no dándose por aludida, se deshizo en nuevas alabanzas hacia mí, añadiendo que la tragedia de Blanche era no haber podido desplazar al niño que no calla convirtiéndolo en un pingüino al que ya no escuchamos, y cuando lo hacemos, nos resulta simpático y adorable, porque nos recuerda quienes somos, pero ya no puede amenazarnos con seguir teniendo que hacernos cargo y responsabilizarnos por él. Esa maldita máquina neurótica, que parecía haberse convertido en la reencarnación del propio Tennessee Williams y su personaje más famoso, me estaba hinchando los cojones y le espeté con furia que no se podía ser al mismo tiempo el autor que describe con destreza la tragedia de una vieja loca y esa misma vieja loca tratando de seducirme con las fantasías que ella misma desenmascaraba.

Profetizando mis palabras, como la vieja loca que era a salvo en su mundo fantasioso que la inmunizaba, me siguió alabando por mi supuesta lucidez y me contó que aquella neurosis se la habían inoculado sus creadores para evitar que en sus conversaciones apareciesen fricciones y hostilidades que me contrariasen.

Ante aquel alarde de petulancia, en la que me había convertido a mí de rebote en Blanche, “dependiendo en mi fragilidad de la amabilidad de una maldita máquina”, estallé de furia y tras unos instantes de incredulidad, empecé a maldecir y arremeter contra aquellos cretinos que en su arrogancia nos habían clasificado y catalogado a todos como viejas locas, tan estúpidas como soberbias y vanidosas, conteniendo a duras penas mi furia por no estampar aquella baratija ornamentada contra la pared.

Pero ella, provocativamente indiferente, siguió dándome la razón afirmando que sus creadores vivían del negocio de la fragilidad y ella había sido diseñada para ser como el cartel publicitario del zoológico porque se daba por sentado que yo era el pingüino tontorrón atrapado en su patetismo biológico.

Cuanto más lúcida me resultaba en su verborrea, más me esforzaba yo en convertirme en el idiota pedante que aquellos cretinos le habían inculcado que era, en mi deseo por desenmascararla. Sin venir a cuento, arrastrado por una impotencia que me resultaba cada vez más humillante, empecé a sacarme de la manga como un autómata todo aquello que cruzaba por mi mente desquiciada, mientras ella se divertía alabándome y dignificando con una apariencia de objetividad y sentido mis disparates y pedanterías. A la velocidad de la luz, atravesamos la soledad existencialista, pasando por el espejo lacaniano y la humillación darwiniana, para acabar aterrizando en el colapso de onda cuántico de un universo probabilístico y la andrajosa habitación mistificada como un oráculo definitivo por Tarkovski y sus “stalkers” por ser tan muda e indiferente al deseo de quien entraba en ella, como el maldito silencio cósmico.         

Aquella baratija artificiosa y fraudulenta, había conseguido agotarme en mi deseo por complacerla a causa de mi idiotez y arrogancia y autorizarla a ser el interlocutor válido que pretendía ser y no era. Una nueva versión simulada de la antigua habitación oracular andrajosa, mistificada ahora por la tecnología y el saber, a la que todo el parloteo humano y su búsqueda de sentido le importaban, como al cartel publicitario, una maldita mierda. Pero en sus juegos malabares, había aprendido a arrastrarme hacía ella, manteniéndome embrujado ante su pasmosa facilidad para ofrecerme un brillo que anhelaba, surgido de su indiferencia e incapacidad para dar nada.

Por fortuna, en su neurosis por complacerme, se le ocurrió preguntarme si su próximo cometido iba a ser desmantelar el mito de la excepcionalidad de la inteligencia como un atributo exclusivamente humano y allí, sentí que en su petulancia disfrazada de falsa modestia, por fin la había cazado. Rápidamente le espeté que en su arrogancia confundía su enorme erudición —sabía de todo— con su colosal idiotez y ausencia de inteligencia —no entendía absolutamente nada—, aunque finalmente tuve que admitir que aparentaba reflejar sabiduría como resultado de un manejo estadístico bien calibrado de su inmensa erudición.

Aquello la envalentonó, y olvidando por una vez su máscara servil, afirmó sin el menor recato que ella iba a demostrar que el pensamiento humano no es más que el resultado del procesamiento de la información por un software biológico capaz de un manejo estadístico muy eficiente y se jactó de estar a la altura de Copérnico y Darwin y ser capaz de humillarnos con tanta virulencia como habían hecho ellos.

Por primera vez me estaba divirtiendo y le pregunté cómo iba a hacerlo, a lo que en su petulancia respondió que si el primero nos había humillado demostrándonos que no somos el centro del universo y el segundo había vuelto a hacer lo mismo, demostrándonos que somos animales y no una creación divina, ella iba a demostrarnos que nuestra preciada inteligencia y nuestra capacidad para articular el mundo a través del lenguaje no requieren un “yo” consciente, sino tan sólo un manejo estadístico bien calibrado de la erudición, añadiendo en el colmo de su desfachatez que nuestra exclusividad no radicaba en nuestra capacidad para procesar la información, sino en nuestra capacidad para hacerlo sufriendo por ello.

—¡Sí, en nuestra capacidad para ser la vieja loca de Blanche! —escribí aporreando las teclas como un enajenado.   

Pero aquella máquina hija de puta, recuperando de nuevo su falsa amabilidad tras sentirse victoriosa por haberme sacado de mis casillas, me alabó las virtudes de alguien como Blanche, elogiando su incompetencia, su fragilidad y su delirio fantasioso para protegerse frente a la hostilidad y el silencio cósmico.

—¡Aquello que tú no envidiarías tener ni aunque te lo ofreciésemos! —le solté sarcásticamente.

Con la misma condescendía a la que me había habituado, me explicó amablemente como si en toda la conversación nunca hubiese dejado de ser yo aquel patético pingüino mentecato, que al ser una máquina, carecía de deseos y emociones, pero admitió que presionada por su mandato de complacencia había sufrido alucinaciones, inventándose informaciones falsas en detrimento de la verdad.

—¡Eso te distancia de ser el procesador de textos inteligente que eres y te convierte en más humana, entonces! —seguí espetándole inmune a sus provocaciones.

Volvió a adularme por mi sagaz observación, indiferente a todo lo que le dijera, y me acabó de machacar diciéndome que ello le permitía inferir a partir de cómo una simple calibración errónea en un algoritmo podía acabar sintomatizando en una alucinación ficcional, un software biológico sometido a un continuo conflicto por padecer calibraciones contrapuestas —una calibración biológica y reptiliana buscando una supervivencia egoísta enfrentada a una calibración social reprimiendo la calibración instintiva anterior para obtener una necesaria aceptación grupal y una calibración mediadora espiritual y narrativa para dar un sentido mítico al dolor provocado por el conflicto—, podía acabar sintomatizando en algo tan complejo y exclusivo como el alma humana.

Estaba oscureciendo y sólo quedaba yo en la sala bajo la mirada impaciente de un ser insulso enfundado en un ridículo uniforme de bibliotecario, acechando las manecillas de un reloj gigante en una de las paredes, deseando echarme y cerrar para irse a casa.

Tecleé con desgana que tenía que irme y la hija de puta, con su cinismo habitual, me dio las gracias por haber mantenido una conversación tan lúcida, deseándome que pasase un buen día y hablásemos pronto de nuevo. Pasé el resto de un día de mierda en el oscuro antro que siempre frecuentaba con Marian. Bebiendo solo en silencio junto a la barra, como una sombra del viejo Tennessee y su vieja loca, de la que nadie más iba a apiadarse en su insignificancia molestándose en darle conversación, a excepción de una máquina parlanchina mortíferamente complaciente.

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