Crónica de los hijos que parió, salvó y devoró la Madre Trasnochada
«Bienvenidos al crisol de la voracidad y la indulgencia. Allí donde el vacío se convierte en arte, la vanidad perece en las aguas turbias del río y madres y amantes bailan en su delirio por las noches con el brillo de la seda en la piel y el veneno de su hechizo en los labios.»
— Eslogan de un cartel publicitario rescatado de las gélidas aguas del río Misisipi.
Mosaico de un mestizaje cultural profundo, cuna del jazz y la música americana, reducto de oscuros rituales africanos y el desenfreno frente al puritanismo circundante, New Orleans es un homenaje vivo a sus raíces que tampoco olvida a sus hijos literarios.
El hijo adoptivo
A mediados de los años 20, recibirá al primero de ellos, William Faulkner, que entrará en sus burdeles caribeños y disfrutará del olor a jazmín y la melaza, pero no se dejará embaucar por ella. Consciente del territorio que pisa, adoptará su semblante bohemio al mismo tiempo que en su obra Mosquitos (1927) se burlará de su esnobismo y vacuidad. Faulkner pertenece a una generación que aún conserva la lucidez de saber quién es, que se nutre de la experiencia para crecer e imponer su voz en la edad adulta.
Los hijos de la ausencia
Décadas después llegarán sus dos hijos más carismáticos. El fruto de una generación rota tras la posguerra en la que el padre ha desaparecido por voluntad propia o ha sido aplastado bajo el peso de una matriarca monstruosa. Sin embargo, mientras uno de ellos —Tennessee Williams— encontrará en New Orleans a la madrastra indulgente que le permite huir del terror de una madre tóxica y asfixiante —Edwina— que acabará devorando a su hermana Rose, para el otro —John Kennedy Toole—, New Orleans será la extensión de esta madre voraz y monstruosa —Thelma— que lo aniquila.
Así como Williams puede convertirse en Tom Wingfield (El Zoo de Cristal, 1944) huyendo del abrazo mortífero de Amanda (Edwina) y abandonando a Laura (Rose) a su merced, como a un unicornio roto encerrado en la soledad de su zoo de cristal —cargando con una culpabilidad que acabará destruyéndolo a él también—, Toole —hijo único— deberá ser al mismo tiempo Laura y Tom —el delirio de Thelma y su aniquilación— en una contradicción imposible de la que su genio literario no logrará salvarlo.
Mientras New Orleans le permite a Williams establecer la distancia necesaria para coquetear con una endiablada ambivalencia con su madre —Blanche Dubois— iluminando la oscuridad y la crueldad de unas calles reales pobladas por hombres como Stanley Kowalski (Un tranvía llamado deseo, 1947), Toole —el hijo que Blanche no tuvo en la ficción—, será devorado por la grotesca arrogancia del delirio narcisista materno de Thelma, una nueva Blanche autóctona, que irremisiblemente fusionado con su propia identidad, amenaza con aniquilarlo como a su personaje, Ignatius, si abandona el paisaje materno delirante y claustrofóbico de su ciudad.
Cuando Ignatius J. Reilly (La conjura de los necios, 1980 [escrita alrededor de 1963-1964]) intenta viajar a Baton Rouge —una ciudad vecina, más moderna y «normal»—, sufre un ataque de pánico en el autobús. Ignatius —alter ego de Toole—, sólo puede existir dentro del útero tóxico de New Orleans. Sin embargo, su salvación depende enteramente de que su extravagante amiga Myrna Minkoff —la hippie neoyorquina con la que mantiene interminables disputas— lo rescate y lo lleve con ella a New York huyendo de la ambulancia que por deseo de su madre —Irene Reilly— va a encerrarlo para siempre en un manicomio.
En un giro inesperado de la Rueda de la Fortuna que tanto obsesionaba a Ignatius, el padre ausente y sumiso se manifestará ante él con la autoridad de la que había sido despojado en forma del ejército de los Estados Unidos y reclamará para sí por un tiempo —un año de servicio en Puerto Rico— al hijo secuestrado por la madre, liberándolo de su opresiva prisión perfeccionista —y eximiéndolo del enfrentamiento con su todopoderosa madre al evitarle tener que manifestar su ingratitud y deseo de independencia.
El anonimato del recluta, sometido a una estructura jerárquica y funcional a la que le importa un rábano quién sea John Kennedy Toole y si cumple o no las ambiciones frustradas de su madre —una institución a la que sólo le importa que cumpla con el deber encomendado—, supondrá para Toole la liberación ansiada que le permitirá tomar la distancia necesaria y reescribir su novela de adolescencia (La Biblia de Neón, 1989 [escrita alrededor de 1954]) a la que él mismo había renunciado, en una nueva obra en la que su protagonista, David —un adolescente desamparado en riesgo de acabar convirtiéndose en la Laura del zoo de cristal— retorna en la piel de Ignatius, un hilarante personaje ególatra y esperpéntico en continua lucha contra un entorno igualmente estúpido y grotesco.
Ignatius, último escudo frente al delirio de una madre insaciable y devoradora al mismo tiempo que portadora de la luz de una sensibilidad y amor por la cultura que se convertirán para Toole en un faro identitario en la oscuridad —una dulce Blanche Dubois encarnada en el personaje de la tía Mae en la Biblia de Neón, que ahora también retornará convertida en el esperpento de Irene Reilly— ha germinado a partir de la misma semilla que Laura, el deseo de complacencia y gratitud que la llevarán a inmolarse frente a la voracidad del narcisismo materno, pero además ahora es asimismo la catarsis aniquiladora de este delirio materno exterminador, es la exhibición descarnada del monstruo grotesco que encarna este delirio en un intento desesperado de liberación.
Desafortunadamente, la Rueda de la Fortuna girará de nuevo para Toole, y esta vez no lo hará a su favor. Thelma, a quien Toole escondió inicialmente la existencia del manuscrito por temor a destruirla, se convertirá en la fan más entusiasta de la obra y acabará proclamándose la madre de Ignatius, reclamando la maternidad del monstruo y devastando irremisiblemente a Toole.
El hijo que pasó toda su vida desgarrado por un conflicto insoluble, que sintió que para salvar a su madre debía ser un idiota obediente, reprimido, asexuado y culto a los ojos del mundo y para salvarse ante el mundo debía ser un traidor a los ojos de su madre, descubrió de repente que todo había sido una pantomima, una burla cruel de la Diosa Fortuna. Al abrazar a Ignatius, el engendro literario de Toole gestado en la apacibilidad de Puerto Rico, y su grotesca relación con su propia madre —Irene Reilly— sin mostrar ningún reparo, Thelma le muestra a Toole que a ella nunca le importó realmente su bondad, su esfuerzo académico e intelectual o su sufrimiento físico y mental. Para Thelma, la tiranía del «hijo perfecto» al que había sometido a Toole, no requería ninguna virtud real, sólo el requisito circunstancial de ser su hijo, una extensión de su ego. Ignatius, el monstruo salido de la pluma de Toole como venganza a la voracidad materna, es rápidamente devorado y encumbrado en el delirio de Thelma como una extensión del propio ego materno susceptible de devolverle el resplandor perdido, desplazando al propio Toole.
Por otro lado, el editor neoyorquino —Robert Gottlieb, de la editorial Simon & Schuster—, en quien Toole proyectará su deseo de encontrar a Myrna Minkoff, la neoyorquina con la que siempre discute pero acabará rescatando a Ignatius del manicomio de New Orleans, se convierte en una nueva Thelma neoyorquina que le exige convertirse a él y a su obra —su defensa contra la amenaza del colapso— en el hijo obediente, perfecto y brillante con el que sueña el mercado editorial neoyorquino.
Atrapado en una paradoja insoportable, en una «conjura de los necios» que se revela como una tiranía de los idiotas, Toole, que se ha sacrificado toda su vida para ser el hijo perfecto de una madre a la que nunca le importó su perfección real, que sólo deseaba exhibirlo como una extensión de sí misma, y que cuando intenta rebelarse a través de la denuncia grotesca e hilarante de su engendro literario se topa con un mundo que le exige la misma perfección y pulcritud de la que huye desesperadamente, sentirá que está atrapado en un laberinto del que no hay salida.
Si obedece al editor vuelve a someterse a la tiranía del «hijo perfecto». Si se queda con su madre, se somete a la tiranía de seguir siendo el objeto de su delirio. Incapaz de servir a dos señores enfrentados entre sí, cuando bajo distintas máscaras ambos le exigen lo mismo: la aniquilación de su propia identidad, Toole huirá finalmente en completa soledad a ninguna parte, colapsando.
La Conjura de los Necios termina con Ignatius en el asiento del copiloto, huyendo de Nueva Orleans hacia Nueva York y Toole cierra la obra con una frase bellísima y evocadora que rompe finalmente la sátira descarnada: Ignatius mira a Myrna de reojo y, al ver cómo el viento agita sus cabellos, presiona sus labios contra la palma de la mano de ella en un gesto de inesperada ternura y gratitud.
La Tiranía de los Idiotas, en cambio, terminará con Toole en una soledad absoluta, asfixiado tras inhalar los gases del tubo de escape de su automóvil, junto a una carta dirigida a sus padres, que Thelma destruirá sin revelar su contenido tras haberla leído, enmudeciéndolo para siempre.
Las hijas del simulacro
En la era de la televisión y las redes sociales, el turismo masivo y el envilecimiento del paisaje bajo el prisma del selfie fotográfico y literario, cuando el sufrimiento ya no es carnal ni neurótico, sino algo estético y decadente, Anne Rice (Crónicas Vampíricas, 1976-2018 [saga]) embalsamará la decadencia de sus decorados en un vacío aterciopelado que la convertirán en rica y famosa. Las calles de New Orleans se llenarán de depredadores nocturnos, increíblemente ricos, bellos, aristocráticos y sofisticados, que deambulan sin rumbo lamentándose de su inmortalidad y su vacío existencial. El sufrimiento ya no es más que el producto de una sublime idiotez estética.
Posiblemente imbuida por la misma idiotez de la época, llegará también a New Orleans una aspirante a escritora, Ylenia Carrisi, que huyendo al igual que Toole del delirio familiar —sus padres eran Al Bano Carrisi y Romina Power (Buscando a Ylenia, 2000), la pareja perfecta que cantaba a la «Felicidad» musicando el sueño burgués—, aterrada por el vacío del delirio perfeccionista exigido por el diseño paterno, encontraría su propio delirio en su reverso —la intelectual comprometida que desprecia el vacío del plástico televisivo y abraza sin reparos el vacío de la bohemia callejera— topándose en su ceguera con la realidad del vampiro romantizado por Rice —el Kowalski de Williams—, un músico y delincuente callejero que la ayudará a precipitarse por el oscuro abismo de su delirio intelectual.
Tal vez Ylenia, que al igual que Toole quiso escapar de la tiranía de la «hija perfecta» convirtiéndose en una aprendiz del esperpéntico Ignatius, encontró en Nueva Orleans —al igual que Rice— el decorado perfecto para poetizar el vacío de su época. Sin embargo, mientras Rice se enriqueció vendiendo el decorado a la estupidez ajena, Ylenia se ahogó —como Toole en Biloxi— en el vacío de una escenografía orquestada por la tiranía de los idiotas.

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