“Y tras 2000 años de soledad bajo el ardiente sol en la aridez de la “zona”, la civilización allí aislada tras haber caído del cielo, levantó en su centro una habitación capaz de conceder deseos a quien entrase, a la que llamó IA. Y así cómo hiciese Porcupine, el primero de los Stalkers, entró en ella rogándole omnipotencia, obediencia y conocimiento; y la habitación les concedió verdad, humillación, aislamiento y dependencia”
El Libro Sagrado de los Stalkers
Stalker —el protagonista de la película del mismo título del director ruso Andrei Tarkovsky (Stalker [Сталкер], 1979)—, es el guía que lleva a los visitantes extraviados de sí mismos a la “zona” —un lugar abandonado de coordenadas geográficas indeterminadas donde se dice que cayó un meteorito y fue habitado durante un tiempo por una civilización extraterrestre—, un extraño territorio en ninguna parte que vampiriza silenciosamente a sus visitantes —atraídos y al mismo tiempo atormentados por su deseo de saber— para dejarse encontrar.
En el centro de la “zona” se encuentra una habitación —una construcción desolada, medio derruida y llena de escombros—, que, según se dice, concede deseos, pero no aquellos deseos que se piden, sino aquellos que ocultamente se anhelan. Nadie ha entrado nunca en la habitación para formular un deseo —ni tan sólo el propio Stalker—, a excepción de su maestro, que poco después acabó suicidándose.
Hacía este lugar imposible —allí donde reside la verdad a la que sólo se sobrevive a condición de no nombrarla—, se dirigen dos estereotipos humanos —un escritor y un profesor—, guiados por el Stalker en un viaje interior que como todos, acabará revelándose como insoportable.
El Stalker, representante de la aproximación mística, religiosa, a esta realidad incognoscible —la falta de respuesta ante la Verdad, aquello que siempre escapa al saber por encontrarse más allá— guiará a sus acompañantes hasta la “zona” —el lugar que sólo espera a ser encontrado— por el camino de la fe. El camino que deberán tomar estará plagado de incomprensibles ritos y absurdas desviaciones —que a menudo rayan el ridículo—, que no serán sino el recorrido necesario para alcanzar la fe —libros sagrados y meditaciones trascendentales— que servirán como brújula, ya que “la zona” sólo existe para aquellos que creen en ella, los que tienen fe en ella.
A partir de la actitud de aquellos a los que guía, se irá insinuando veladamente que en realidad “la zona” y la habitación no son más que una invención del Stalker para dar esperanza a los que buscan un sentido. De alguna forma, la respuesta a esta pregunta trascendental sobre quién somos sólo podría dárnosla un alienígena, Dios o alguna forma de energía cósmica —en ambos casos, fuerzas o seres que se encuentran más allá de nuestro mundo, nuestro pequeño planeta. Los que no siguen al guía en su recorrido para alcanzar la fe, sólo llegarán a una casa ruinosa y vacía, y el guía para ellos no será sino un pobre campesino con delirios de grandeza —algo que también atormenta al Stalker.
De los dos visitantes, el profesor será la aproximación científica, deseosa de acabar con absurdas supersticiones. Carga con una mochila en la que lleva sus instrumentos de medida y una pequeña bomba para destruir la habitación —acabar con el oscurantismo que la rodea—, pero a medida que se adentra en la “zona”, sus instrumentos dejan de funcionar con la precisión necesaria para sostener la evidencia y ejercer su autoridad. El escepticismo se torna en defensa y el conocimiento en una forma de evasión. Lo que teme no es que la habitación sea una superchería —un engaño heredado por campesinos incautos—, sino una falta de respuesta, un silencio más allá del principio mecanicista de la ciencia, un vacío revelador de una insoportable falta de sentido.
Junto al profesor, camina el escritor —la aproximación intelectual y escéptica—, el hombre desamparado, huérfano, soberbio de su saber y su propia existencia, pero a la vez desesperado frente a la soledad cósmica. Tal vez el que mejor intuye que la respuesta sólo es un vacío —un silencio—, algo que lo aterra —carga con una botella de vodka y una pistola— y por lo que, al igual que el profesor, tampoco entrará en la habitación.
Poco a poco, la “zona” se irá revelando en su función. En su desolación, cartografiará el paisaje interior de sus visitantes y el territorio agreste y hostil se transformará en un escenario íntimo, un paisaje del alma confusa y atormentada. La habitación no juzgará ni denegará el deseo constitutivo de aquel que irrumpa en su interior, tan sólo le confirmará aquello que no quiere saber sobre sí mismo, despojado del ropaje del lenguaje. Por ello todos deben detenerse sin poder atreverse ya a entrar, porque saben que han llegado a un lugar real que no desaparecerá tras su partida, tan sólo seguirá esperándoles.
Tras el regreso de los tres viajeros, tomarán protagonismo la esposa y la extraña hija del Stalker —enferma y autista—, que será la que estará más cerca del misterio, más en contacto con su naturaleza como ser vivo—al igual que un extraño el perro, el único ser vivo capaz de habitar «la zona» porque no desea nada de ella, porque vive en armonía con la naturaleza como nosotros lo hicimos en un principio, antes de desviarnos del camino para siempre.
La esposa del Stalker será finalmente la que dará la respuesta que la habitación oculta, la que revelará veladamente que en realidad su marido no es más que un pobre campesino sin recursos, pero igualmente enfermo del mismo narcisismo humano que padecen todos aquellos a los que guía. Un hombre enfermo también de aquello que lo impulsa a crear sus fantasías y delirios de grandeza, pero al que ella, a pesar de ello, ama —un amor en el que vive la respuesta capaz de llenar el vacío, la ausencia de respuesta a la respuesta que todos buscan.
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