los diablos

Los diablos y el presunto demonio

“Les Diables”, película dirigida en 2002 por el director francés Christophe Ruggia, es una maravillosa película sobre dos niños perdidos a la deriva —Joseph y Chloé—, que tras haber sido abandonados al nacer, huyen del resto del mundo. Chloé —con evidentes signos de autismo—, está fuera del mundo, no habla, no soporta que la toquen y sólo sigue las órdenes de Joseph. Para Joseph, Chloé se ha convertido en aquello únicamente valioso de su desolada existencia y la protege frente al resto del mundo. Incapaz de diferenciar la agresión de la asistencia y el auxilio, Joseph está convencido de que cuando encuentren la casa de sus padres —la casa que Chloé incesantemente construye con las piezas de un mosaico como parte de su conducta autista estereotipada—, todo el dolor y el sufrimiento, como en un reencuentro con el objeto mítico originario, desaparecerá y su supuesta hermana mágicamente se curará.

A su manera, son dos niños salvajes y libres que viven en un mundo propio fuera del lazo social. Dos seres solos y desamparados frente a un entorno al que no pertenecen y perciben como alguien que los observa como un excremento de una madre que no los vinculó al orden humano, convirtiéndolos en un desecho abocado a una institucionalización puramente burocrática y desafectivizada. Este destino institucional, será experimentado como una barrera entre ellos —enfrentados a las normas y leyes del género humano— y su felicidad, acabando por alzarse como un muro insalvable que impedirá su integración y el afianzamiento de una identidad que los salve de la marginación.

De forma parecida a como hubiesen hecho ya las magistrales “La Haine” (El odio, Mathieu Kassovitz, 1995) y antes “Le Thé au harem d’Archimède” (El té en el harén de Arquímedes, Mehdi Charef, 1985), “Les Diables” es una película que explora magistralmente el conflicto social entre los jóvenes marginados y la autoridad en los suburbios Parisinos o Marselleses de la Francia actual, pero al mismo tiempo se centra menos en los factores psicosociales que llevan a los personajes a su conducta delictiva y marginación, para focalizarse en aquellos factores que llevan a un conflicto psicológico estructural.

El director —Christophe Ruggia—, se encuentra actualmente cancelado y en prisión domiciliaria —con una pulsera de localización electrónica—, tras haber sido acusado por la actriz Adèle Haenel de seducirla y abusar sexualmente de ella cuando tenía doce años, justamente cuando rodó “Los Diablos” (Adèle Haenel es Chloe).

Tal vez, al igual que le ocurría a sus diablos, el director también se encontró atrapado en su búsqueda del objeto mítico, pero a diferencia de ellos —que se resisten a someterse a la Ley y el “Nombre del Padre” —, él optó por burlarla, simulando sólo un sometimiento característico de la conducta perversa que lo llevó a convertirse en aquel que no renuncia al goce, sino que se siente como triunfador allí donde todos los demás —psicóticos y neuróticos— han fracasado. El director de escena que sabe cómo transgredir la Ley y que no vacilará en adjudicarse el rol del Otro omnipotente en su afán de poder —convirtiéndose en legislador y legalista, en juez y prevaricador, en sacerdote y pedófilo, en político y corrupto—, alguien conocedor de que “hecha la ley, hecha la trampa”, que ejercerá un poder sin inhibiciones, seduciendo y sometiendo a otros, convirtiéndolos a ellos en deseantes y evitando la angustia provocada por un deseo constitutivo que lo confrontará con la Ley y su propia angustia de castración.

¿Tenían parte de razón los diablos en su deformada y atroz percepción del mundo de los otros?

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