La hija huérfana de la luna
Sería una noche de luna llena en mitad del océano Atlántico —de camino al hogar desconocido de una tía materna en un país extranjero— cuando según los brumosos recuerdos de Alba, uno de los tripulantes del buque que la traía de nuevo a casa, un hombre taciturno de aspecto oriental que había pasado toda su vida viajando entre mercancías y contenedores a bordo de grandes barcos de carga por todo el mundo, le contó que en la región antártica existe una pequeña ensenada aislada en la que si pronunciamos en voz alta y firme nuestros temores más secretos, el viento es tan frío y denso que es capaz de llevárselos para siempre sumiéndonos en un estado de profunda paz.
Necesitando sentirse arropada por algún tipo de historia mágica para conjurar el terror al vacío con el que su propia futilidad e insignificancia la acosaban en mitad de la inmensidad del océano, ella preguntó si sabía de alguien a quien aquella sencilla argucia le hubiese funcionado y él se encogió de hombros añadiendo que él había preferido seguir la tradición oriental de susurrar los suyos en el hueco de un árbol del jardín de la casa de sus padres antes de abandonarla para siempre y dejarlos allí escondidos, sin tener que cargar con ellos alrededor del mundo y sin que el viento los llevase a un irremediable olvido.
Aquella noche, cuando aquel hombre se había ido ya para siempre de su cama y de su vida, Alba se bebió media botella de ginebra en la soledad de su camarote y trató desesperadamente de susurrar todo aquello que la torturaba en su interior, pero sólo consiguió comprobar una vez más que todos aquellos temores secretos que trataba inútilmente de encerrar en aquella botella antes de lanzarla para siempre al océano eran justamente eso, secretos, enigmas para sí misma que nunca descifraría y por aquella misma razón, porque nunca iba a poder articularlos en palabras y comprender su significado, nunca conseguiría liberarse de ellos con la facilidad con la que lo había hecho aquel marinero mujeriego e iban a regir silenciosamente todos sus actos hasta el final de sus días.
Noches de insomnio malogradas bajo la pálida luz blanquecina de la luna, una luz tenue y fría que parece envolver a todas las criaturas de la noche bajo su hechizo como un mísero reflejo de otra luz distante que también ellas ávidamente anhelasen secretamente en su oscuridad, grotescas criaturas nacidas del veneno de la soledad en que ella, incapaz de rebelarse y brillar con luz propia, parece sumirlas. Sería esta misma luz, una luz de feria, tan distinta a la furiosa luz del mediodía, la misma que alumbraría el parto de una hermosa y extraña criatura nueve meses después, destinada a perecer unos años más tarde, tras su breve suspiro vital, a causa de una secreta culpabilidad materna por no haberle dado un padre apropiado al nacer.
Un ser de luz nacido de un vientre anónimo y oscuro, el vientre de Alba, que al despertar una fría mañana invernal, buscando sediento el abrazo de la vida, se precipitó en el gélido abrazo de la muerte tras ingerir el líquido cristalino —y levemente azucarado para saber mejor— de un pequeño frasco destinado a mitigar con la magia de la ciencia médica el extravío químico de su mamá, soñando extasiada en un jardín lejano en aquel trágico instante, a pocos metros de él.
Un trágico y desgarrado epitafio, escrito con la sangre virginal de la inocencia ahogándose en el abismo insípido de la metadona, para una mujer que nunca supo cómo rebelarse frente a la maldición enunciada años antes, cuando siendo aún una niña hizo el amor por primera vez. En aquella ocasión, un hombre muy joven, apenas en su adolescencia —primogénito de la mansión en la que servía su madre— la llevó a dar un paseo a caballo por el bosque al atardecer y tras haberse detenido en un pequeño claro junto a un riachuelo, le ordenó que se desnudase y empezó sin más preámbulos a hacerle el amor.
Aquella noche al dejarla frente a su casa, ella preguntó cuándo podría volver a verlo y él se limitó a encogerse de hombros argumentando que las mujeres eran como los astros celestes. Una modesta proporción de ellas eran como las estrellas en el firmamento, cuerpos que brillaban en la oscuridad de la noche con luz propia, destinados a ser deseados por las miradas furtivas de los hombres encendiendo su pasión y el resto sólo eran cuerpos anónimos, astros sin luz, destinados a ser consumidos por la lujuria masculina con objeto de apagar con sus cuerpos la turbación y el deseo engendrados por el falaz espejismo cegador de las primeras y procurar de nuevo el sosiego al anochecer.
Aquella desolada descripción tras su primera experiencia amorosa pareció perforar el alma de Alba de una forma mucho más profunda y dolorosa de la que lo hiciera el insípido miembro eréctil de su amante en su virginal vagina mientras él gemía de placer al eyacular en su interior y sintió que el acto sexual, en vez de colmar el anhelo de comunicación con otro ser al fusionarse sus cuerpos en el amor como tanto ansiaba, la arrojaba brutalmente de su lado alzando un muro entre ambos imposible de franquear. Una maldición que la acompañaría en sus relaciones y escarceos amorosos durante el resto de su corta vida llevándola a creer que las mujeres como ella no eran más que meros objetos para los hombres y al mismo tiempo que una modesta proporción de ellos las usaban para verse a sí mismos brillando frente al espejo de su vanidad, el resto sólo las abusaban descargando sobre ellas la furia de su frustración.
La luz de la linterna mágica
De entre todos los hombres que a lo largo de su corta vida se habían sosegado entre sus largas y musculosas piernas, sólo uno se había infiltrado también en su corazón. Alba lo sabía y también sabía que aquel hombre que se sentía tan extraviado como ella en mitad de la noche oscura, la necesitaba para no perecer aniquilado por su propia oscuridad. Así fue como durante un tiempo se prestó a su juego y dejó que su amante se convirtiese también en su proxeneta, ofreciéndola a otros hombres por una ridícula cantidad. Hombres solitarios y taciturnos, obesos y deformes, lascivos y libertinos, víctimas de su deseo por ser amados y su incapacidad para amar. Hombres monstruosos tratando de mitigar la soledad de sus vidas apropiándose con violencia de su cuerpo y de su sexo al tiempo que la arrastraban cada vez con mayor vehemencia a una tristeza melancólica incapaz de redimirse ya entre las suaves caricias de su amante.
Fue entonces cuando una noche de luna llena, una de aquellas raras noches con una extraña luminosidad en las que él se sentía de buen humor y la había invitado a cenar, que él le regaló unos hermosos pendientes y ella, sintiendo que aún podía ser amada, escapó corriendo hacia la noche oscura deseosa de ser de nuevo alcanzada por el deseo de aquel ser que había servilmente cedido ante su propia ambición. Pero nadie la buscó, nadie fue tras ella ni la obligó a volver y claudicar de nuevo en la prostitución.
Durante varias semanas retornó a su sosegada e insípida vida sin chantajes ni pasión, sin abusos ni violencias, sólo indiferencia y soledad, y empezó a añorar su tristeza y su desolación como un adicto añora el veneno que corrompe sus venas y su razón, volviendo de nuevo a él habiendo aprendido que en la oscuridad lunar acechan peligros mucho más terribles que el despiadado desamor del sol al anochecer.
Desde entonces, su vida se convirtió en una monótona espiral de batallas y rendiciones nocturnas hasta que en mitad de aquel árido y desolado desierto llegó el más radiante de sus espejismos, el cine, y con él, todos sus delirios y ensoñaciones. De repente, todo aquello que había anhelado en sus noches oscuras parecía brotar mágicamente de la nada en las manos de aquellos seres llegados de algún extraño y lejano lugar y su luz derramarse generosa sobre los bosques y las casas solitarias dándoles un aspecto encantado, de cuento exótico, de una tierra hechizada bajo su influjo.
Y aquella noche, la luna llena brilló intensamente en el horizonte irradiando a través de la ventana de su minúscula habitación, el cuerpo desnudo de Alba dormida en la cama, que pareció brillar también bajo su luz como una extraña visión hipnótica de la que emanase por unos instantes su misma luz blanquecina. Una luz fría, sin fuego, pálido reflejo de aquella otra luz distante que ambas tan ávidamente en su oscuridad no podían sino anhelar.
La extinción de la luz
Había llegado el momento y Alba supo al igual que Dante tras haber visto por primera vez a Beatriz, que había cruzado un umbral sin retorno, y la alegría y la felicidad que había sentido aquellos últimos días, dio paso a una tristeza infinita que le corroía el alma. Aquella tarde acababa la vida y empezaba la muerte. Se miró al espejo, descorrió las cortinas de la ventana y empezó a llorar amargamente. Era una gélida tarde de invierno y llovía. Llovía sobre los verdes prados y los extensos bosques que rodeaban su minúscula habitación infantil. Llovía sobre los tejados de las casas de la pequeña población perdida entre altas montañas que la había mantenido recluida a salvo del vasto mundo que tanto anhelaba conocer. Llovía sobre las almas y las gotas de lluvia se tiñeron con lágrimas de sangre resistiéndose a perderse en la lluvia del olvido, lágrimas negras nacidas de almas infectadas como la suya, supurando la sangre coagulada que emanaba de sus fracturas.
Dio un beso a Andrea, su muñeca de terciopelo, y se puso su mejor vestido para estar resplandeciente en la ceremonia del adiós. Allí estaban todos, el joven y afamado protagonista, el prometedor director, los que habían disfrutado de su cuerpo en noches locas de alcohol y sexo tras los rodajes y los que ni tan sólo podían imaginarse que allí hubiese sucedido nunca algo así, los que habían actuado delante de las cámaras y los que como ella, habían soñado detrás de ellas con hacerlo algún día.
Se armó de valor y empezó a recorrer salas y estancias, sonriendo y saludándolos a todos con una fingida y exagerada alegría y efusión. Todos le hablaron de sus nuevos proyectos y esperanzas y ella fingió escucharlos con pasión, alegrándose por ellos y por los regalos que la vida aún les guardaba hasta que de repente todo desapareció y frente a ella surgió un profundo abismo en el que su alma colapsó.
Un desconocido, un ser gris y solitario que estaba allí, la cogió del brazo y le dijo que él era el autor de aquella historia con la que había estado soñando y que aquellos personajes a los que tanto deseaba y envidiaba al mismo tiempo, no eran más que proyecciones y delirios de su inflamada imaginación. Ella lo escuchó en silencio y durante un instante soñó que algún día, alguien como él también escribiría algo pensando en ella para que su cuerpo lo imprimiese en cientos de miles de retinas y el mundo conociese la felicidad y el dolor de un alma recluida en su silencio.
Pero en lugar de ello, aquel hombre se limitó, como habían hecho todos los anteriores, a llevarla a su habitación, una habitación anodina y oscura en la que alguien más, una presencia eterna y real, ajena a todas las ridículas aflicciones y deseos de aquellos hombres, no pudo más que advertir su desconsuelo y con infinita tristeza la acogió en su seno eterno.
Se miró al espejo, descorrió las cortinas de la ventana y empezó a llorar amargamente. Era una gélida noche de invierno y llovía. Llovía sobre los verdes prados y los extensos bosques que rodeaban aquella anodina habitación de hotel. Llovía sobre los tejados de las casas de la pequeña población perdida entre altas montañas que la había mantenido recluida a salvo del vasto mundo que tanto anhelaba conocer. Llovía sobre las almas y las gotas de lluvia se tiñeron con lágrimas de sangre estallando al golpear su cuerpo vacío contra el pavimento frío y oscuro de la calle, lágrimas negras nacidas de almas infectadas como la suya, supurando la sangre coagulada que emanaba de sus fracturas.
Para Alba
Al bajar al vestíbulo del hotel ya ha oscurecido y todos se encuentran allí. Está el equipo de producción casi al completo, cámaras, electricistas y maquinistas, maquilladores, técnicos de sonido, directores artísticos y un montón de personas a las que nunca he visto ni volveré a ver después de esta noche. Uno de los guionistas se acerca a mí y me invita a sentarme con él y la mayoría de los miembros del equipo de dirección junto a un gran ventanal desde el que se divisan las luces nocturnas de la pequeña población donde hemos estado rodando la mayoría de las escenas de la película. Sus casas y sus calles parecen haber recuperado de nuevo su apacibilidad tras haberse librado por fin de todos nosotros después de seis semanas de confusión y alboroto. No siento ningunas ganas de hablar con ninguno de ellos y rechazo amablemente su invitación alegando que no me siento bien y sólo voy a estar aquí unos minutos antes de retirarme de nuevo a mi habitación.
En realidad, no tengo nada qué ver con ninguno de ellos ni tampoco con su película y si estoy ahora aquí es sólo porque el director se ha empeñado en que fuese yo quien recitase las insulsas frases con las que se cierra la historia, como si haber contado con el autor, en lugar de utilizar una voz en off, avalase de alguna forma más convincentemente su presunta inspiración en la historia previamente escrita. Posiblemente debiese haberle dicho que es justamente en aquello que la diferencia del relato previamente escrito donde radica el valor artístico de su película y que yo mismo nunca narraría de nuevo aquella historia de la misma forma en que lo había hecho dos años atrás, pero en lugar de ello había subido a un tren tres noches antes y me había puesto delante de una cámara a recitar con gesto solemne unas palabras que ahora sentía vacías y carentes de sentido.
Javier Rodrigo, el prometedor actor al que le han dado el papel del protagonista, se acerca hasta la barra y pide un agua con gas. Me mira y dice que la historia lo cautivó desde el primer momento en que leyó mi novela y para él ha sido un auténtico desafío haber representado a su carismático protagonista en la pantalla. Sonrío y pregunta si he pensado en escribir una segunda parte. Digo que ahora que han hecho una película y se va a hablar de ella, debería hacerlo.
De repente, una mujer muy joven, de no más de veinte años, se coloca a nuestro lado y se nos queda mirando sonriente sin decir nada. Está muy borracha y siento una cierta vergüenza ajena al mirarla después de haberla observado persiguiendo a Javier y a algunos de los miembros del equipo de dirección de una forma casi obscena.
Javier nos presenta a los dos y aprovecha la oportunidad para escabullirse rápidamente de ella. Pregunto si también es actriz y se ríe negando con un movimiento de su cabeza. Dice que formaba parte del equipo local que se encargaba de las localizaciones, aunque también sale en la película. Aparece durante dos minutos, de pie sin decir nada detrás de un mostrador, cuando el protagonista y su novia cometen un atraco en una farmacia. Digo que de haberlo sabido antes, habría escrito alguna línea para su personaje y empieza a reírse como si estuviese desquiciada al tiempo que pide otro gin-tonic.
Pregunto si no ha bebido demasiado y se ríe de nuevo diciendo que eso es lo que hay que hacer en las celebraciones. Dice que ahora que se ha terminado la película, nos marcharemos todos de nuevo a seguir con nuestros proyectos pero ella seguirá aquí, llevando su misma vida gris y apática, paseando por unas calles desérticas que sólo conseguirán torturarla recordándole estos últimos días de felicidad.
Me quedo en silencio, sintiéndome un poco avergonzado sin quererlo por el glamour y las estúpidas fantasías que podemos provocar todos aquellos relacionados con los rodajes cinematográficos al cruzarnos con algunas vidas, mientras ella se acaba su copa y se desploma sobre la barra. La cojo por la cintura y apoyándola sobre mi hombro consigo arrastrarla hasta la puerta de entrada del hotel para que respire el aire fresco de la noche. Ella empieza a gemir y gritar diciendo que quiere morirse y decido subirla hasta mi habitación tratando de calmarla para evitarle el bochornoso espectáculo.
Al entrar en mi habitación, la tiendo sobre un sofá y aunque hace un poco de frío, abro todas las ventanas para que entre la brisa nocturna.
—¿Vamos a follar para celebrar que ha terminado la película? —pregunta riéndose de nuevo con aquella risa desquiciada.
Me quedo en silencio y observo los pliegues sinuosos de su piel firme y las curvas de su cuerpo joven. Por un momento siento la excitación y la dicha de un tiempo muy lejano, cuando una pregunta como ésta no hubiese sonado como una mofa macabra. Me gustaría responderle que sí, pero que se olvide de películas y celebraciones, que ahora mismo siento una tristeza terrible y ella es la única que puede ayudarme acogiéndome entre sus largas y musculosas piernas.
—No —respondo quedándome de pie frente a ella—. Vas a tomar un baño y te sentirás mucho mejor.
—Un baño, sí —repite como una autómata—, pero antes tomaré algo para beber.
Se levanta y empieza a caminar dando tumbos hasta un mueble con bebidas junto al que hay una mesa con varios ejemplares de mi novela y coge uno entre sus manos diciendo que quiere que se lo dedique. Me siento frente a ella y le devuelvo el ejemplar tras haber escrito una pequeña dedicatoria, diciendo que ahora voy a prepararle el baño.
—Para Alba, a quien tuve la suerte de conocer gracias a esta estúpida novela —lee en voz alta antes de caérsele al suelo.
—Sí, para Alba —digo recogiéndola—. Una mujer mucho más deslumbrante que cualquier personaje de una novela o una historia cinematográfica.
Entro en el baño y empiezo a llenar la bañera con agua caliente. A pesar del ruido del agua cayendo, puedo oírla hablando sola y tropezando borracha con un vaso de cristal en la mano por la habitación hasta que tras unos minutos de un tenso silencio, empiezo a escuchar el sonido de gritos en el exterior.
Regreso velozmente como si estuviese poseído a la habitación y Alba no está. El ruido de gente gritando en la calle es cada vez mayor y me asomo al balcón. De repente, una extraña sensación me hiela la sangre y al mirar hacia abajo observo a una multitud arremolinada alrededor del cuerpo sin vida de Alba tras haberse lanzado al vacío desde mi habitación. Algunos de los que la rodean miran hacia donde estoy y me retiro inmediatamente como si hubiese sido el culpable de aquella horrible tragedia.
Me siento abatido en un sillón. Sobre la mesa sigue el ejemplar abierto de mi novela. Bajo mi dedicatoria celebrando haberla conocido gracias a aquella estúpida novela, Alba ha escrito con caligrafía sinuosa “No tan estúpida como la vida”.
Adaptación libre de un relato de Sam Shepard aparecido en Crónicas de Motel,1982
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