Leon

León y su amiga

La encontramos a menudo en las pantallas de las películas más taquilleras, ya sea en forma de una IA que da lecciones a Einstein acerca de la teoría de la relatividad, en forma de una extraterrestre con poderes extraordinarios, una sirena milenaria o una guerrera indígena perdida en la selva con una destreza incomparable en el combate. Es ella, la seductora inocente, enfundada en un cuerpo de mujer adulta rebosante de sensualidad, vestida con un ropaje exótico y sugerente, que por haber sido creada en un laboratorio secreto, proceder del espacio exterior o haber crecido sola en la selva rodeada de animales, no sabe nada de los hombres, el sexo ni las relaciones amorosas. Una heroína encantadora, muy superior al resto de sus compañeros en destreza o inteligencia, que en esta dimensión emocional de las relaciones humanas sigue siendo completamente inocente y, por tanto, pura y no prevenida o corrompida por anteriores relaciones y experiencias.

Hay cientos de películas de ciencia-ficción y aventuras que explotarán este tipo de relación afectiva no sexual entre una mente femenina infantil —una niña— convenientemente disfrazada con un cuerpo de mujer adulta, y un hombre adulto totalmente anodino, que por ser su primera y única experiencia, se convertirá en el depositario de sus sentimientos y admiración. Tal vez aquellos hombres que se sientan especialmente atraídos por este tipo de fantasía y su deseo de convertirse gratuitamente en una especie de superhéroe gracias a la ingenuidad del partenaire en una relación esencialmente asimétrica, antes  que por la experiencia y la simetría en una relación que aporta una mujer adulta normal, deberían reflexionar.

Tal vez cansado ya de repetir siempre el mismo estereotipo, el cineasta francés Luc Besson, creador de uno de los prototipos más exitosos de este tipo de fantasía masculina —Leeloo, la protagonista de “El quinto elemento”— decidió prescindir por una vez del disfraz y en su magnífica película “León, el profesional” retrató la insólita y profunda vinculación emocional establecida entre un asesino a sueldo y Mathilda, una niña de doce años que para sobrevivir y vengar la muerte de su hermano pequeño, cruelmente asesinado junto al resto de su familia por agentes de policía corrompidos, lo convence para que la adopte y le enseñe el «oficio» de matar.

León, un hombre solitario y analfabeto —manifestaciones de su intensa represión emocional y sus escasos recursos intelectuales— procedente de la Italia rural, que sobrevive totalmente aislado, a base de leche y comidas frugales, en el centro de Nueva York, no es sólo un adulto sino también —y esencialmente— un niño. Es paradójicamente la versión masculina de la seductora inocente, aunque en esta historia su amiga no será una mujer adulta —como ocurría en “Big”, la película protagonizada por Tom Hanks— sino una adolescente, produciéndose entre ambos la confusión entre amistad, amor e impulsos sexuales propia de la adolescencia.

Sabiamente, Luc Besson reforzará a lo largo de toda la trama el rol paternal y responsable de León en su vínculo afectivo con Mathilda —aunque ello no haya impedido que desde ciertos sectores se haya acusado a la película de flirtear con la pedofilia— relegando al conflicto libidinoso pulsional a insinuarse de forma muy velada como un efecto colateral.   

Entre niños y adolescentes, el conflicto existente para manejar sus impulsos agresivos —la pulsión de muerte—, ocupará un rol preponderante frente al conflicto libidinoso y, a diferencia de lo que ocurre con este último, la película no mostrará ningún pudor en su exhibición, convirtiéndose ambos en una pareja mucho más letal que la formada por los fugitivos de la justicia Bonnie & Clyde, algo que no provocará ninguna acusación, sino que sencillamente se disfrutará como lo que es, una película de entretenimiento —al igual que los cientos de películas de aventuras y ciencia-ficción en las que no podrá faltar nunca la seductora sexy e inocente.

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