Después de toda una vida impartiendo conocimiento desde las aulas, desde que se había jubilado, el maestro no era feliz. Aunque a menudo se había entretenido soñando con aquel momento, especialmente durante los últimos años, en los que había advertido un descenso del nivel académico alarmante que lo llenaba de desolación, ahora que disponía de todo el tiempo del mundo para leer, reflexionar y seguir aprendiendo, se aburría. Afortunadamente, el azar había puesto en sus manos un pequeño portátil olvidado en un rincón por el apático de su sobrino, cuya ambición en la vida parecía no ser otra que ser el mejor frente a la pantalla de un videojuego, y de pronto un nuevo mundo resplandeciente en el que comprendió que podía ayudar a otros deseosos de aprender —compartiendo con ellos su experiencia y sabiduría— se había abierto ante él.
El maestro volvía de nuevo a ser feliz y desde hacía más de un mes había estado disfrutando todas las mañanas con entusiasmo frente a aquella pequeña pantalla, enfrascándose en sesudos debates sin que apenas lo hubiese importunado su fétida familia, que siempre andaba por casa haciendo de las suyas y amargándole la vida.
Días de una paz maravillosa, en las que al regresar de su paseo matutino, se exprimía un zumo de naranja en la cocina —ya que por si aún no lo he dicho, el maestro no fumaba ni bebía—, y después se sentaba en el salón y empezaba a navegar por el mundo desde aquella antigua casa vacía y solitaria, tan limpia y ordenada como la había dejado al salir, sin tener que preocuparse por las travesuras y destrozos que hubiesen causado en el vecindario ninguno de aquellos seres deformes a los que mantenía encerrados en un armario bajo llave en una habitación del piso superior.
Desafortunadamente, esta mañana, tras rebatir de forma entusiasta e impoluta las conclusiones erróneas a las que había llegado otro colega académico, este último no supo estar a la altura de su condición y se había limitado a ofrecer a su réplica una respuesta breve y concisa —incluso un poco socarrona—, que no ocultaba en su presunta corrección cierta animadversión sentida hacia su autor.
Tras leerla, sintiéndose un poco sorprendido y contrariado, el maestro se retiró de la discusión y aprovechó para ir al baño, algo que desde hace unos meses su próstata le obligaba a hacer con excesiva frecuencia, pero al salir del baño, a pesar de haber estado ausente sólo unos minutos, el estruendo de unas risas grotescas en el salón lo habían alarmado y avanzando ansiosamente por el corredor ya se temió lo peor.
Efectivamente, allí frente a la pantalla estaba el enano, bebiendo y fumando como siempre, tecleando a toda velocidad con sus dedos deformes llenos de restos de pizza y eructando mientras un reguero de kétchup y mayonesa chorreaba por una de las comisuras de sus labios, ensuciando todo el teclado. El maestro no se lo podía creer. Todos habían vuelto de repente, estaban allí también el pendenciero y el hediondo mirando lo que el enano escribía en la pantalla mientras se reían como dos dementes, y sobre la almohadilla del ratón, la buscona se hacía selfies insinuantes medio desnuda, que el empalmado subía emitiendo profundos jadeos a la red.
El maestro, al contemplar aquel espectáculo dantesco, no pudo más que empezar a gritar increpándolos para que regresasen al armario del que nunca debían haber salido, pero el enano, que siempre había sido el más sinvergüenza de todos desde que apareció una nefasta y lejana noche invernal poco después de la muerte de su padre —presentándose a sí mismo como un viejo amigo de borracheras y visitas a prostíbulos del difunto—, lo miró con esa expresión de idiota malicioso que siempre tenía y le dijo que si estaban allí, era porque él los había llamado para que le escupiesen cuatro verdades a la cara a aquel profesor palurdo y vanidoso que no había sabido comportarse como es debido en un debate entre académicos.
El maestro, que a pesar de su sabiduría y templanza, siempre se sentía impotente ante la petulancia del enano, se lo miró con una rabia contenida y dando un golpazo, cerró la puerta y se encerró en su habitación ansiando tener un poco de tranquilidad. Aquella noche, como tantas otras en su vida, no pudo dormir pensando en lo que iban a pensar de él aquellos acólitos que tanto lo admiraban cuando esparcía generosamente tanta sabiduría desde su púlpito virtual, si conociesen también a la hedionda familia que lo acompañaba desde hacía tantos años a todas partes.
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