circo

El milagro

Muchos años después, frente a su arma reglamentaria durante la aciaga noche en que se quitó la vida, el sargento de la benemérita Antonio García había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a presenciar el milagro de Macondo del Caudillo, por aquel entonces una aldea de apenas una docena de casas desperdigadas entre extensos trigales y frondosos bosques de encinas centenarias.

Aquel año, tras plantar su campamento junto a la aldea, un grupo de desarrapados gitanos circenses hizo saber a todos con gran alboroto de pitidos y tambores, que por una módica cantidad, apenas una limosna, todos los lugareños que presenciasen su fabuloso espectáculo tras ponerse el sol la primera noche de luna llena, verían mágicamente triplicada la cosecha y sanar milagrosamente ante sus propios ojos a sus familiares enfermos.

Todos los aldeanos sin excepción, deseosos de ser testigos históricos de aquel milagroso acontecimiento, acudieron junto a campesinos y pastores venidos de granjas remotas al evento y tras una interminable sucesión de bailes acrobáticos y extraños cánticos a la luz de una enorme fogata, un gitano corpulento de aspecto lúgubre y barba poblada que dijo llamarse Melquíades, apareció ante ellos vistiendo un exótico ropaje montado sobre un enorme elefante. Aquel temible animal salvaje se arrodilló ante todos como si fuese un perro faldero por mandato del gitano y atendiendo al llanto y los ruegos de una mujer desesperada, Melquíades descendió, acercándose con paso majestuoso hasta los pies de una niña impedida y harapienta tendida sobre un carrito destartalado de madera y cañas en el que su madre la había llevado hasta el campamento.

Tras preguntarle cómo se llamaba, posó ambas manos con firmeza sobre su rostro y alzando su mirada hacia el firmamento estrellado, el gitano ordenó con voz atronadora que en nombre de los poderes sobrenaturales que le habían sido en vida otorgados, aquel pobre ser tullido se levantase y empezase a caminar por sí mismo sin ayuda alguna. En aquel instante, la luna llena brilló con intensidad en el horizonte derramándose sobre la noche oscura e irradió con su luz el cuerpo desvalido de la niña, que empezó a brillar caminando con torpeza como si fuese una extraña visión hipnótica de la que emanase por unos instantes su misma luz blanquecina. Una luz tenue y fría que pareció envolverlas a ambas bajo su hechizo como un mísero reflejo de otra luz distante que todos ávidamente anhelasen secretamente en su oscuridad.

José Alfonso García, que nunca creyó en los milagros y la magia, habiendo sido informado por un despacho oficiado la semana anterior por la jefatura provincial de la peligrosidad y malas artes de aquellos vagos y maleantes que merodeaban por la región, procedió inmediatamente a su detención en nombre de la ley y el orden, encerrando tras finalizar el espectáculo al gitano Melquíades junto a la madre de aquella niña escuálida que se hacía pasar por invalida en el calabozo hasta recibir nuevas órdenes de sus superiores.

El sargento, que por aquel entonces era un niño y no había ingresado aún en el cuerpo, ayudó con satisfacción a su padre en su primera detención conjunta y a la mañana siguiente, mientras este último trataba infructuosamente de que la madre y el gitano confesasen ante la ley todos sus engaños y pillerías, él, deseoso de agradarle, decidió por cuenta propia hacerse cargo de la vigilancia del campamento donde aquella mocosa, precoz aprendiz de embaucadora, seguía tendida en su carrito tras negarse a caminar de nuevo.

—Levántate y ve andando hasta el calabozo si quieres que mi padre suelte a tu madre —empezó a gritarle al tiempo que ella lo miraba asustada sin decir nada, como si también se negase a hablar— ¡Levántate y empieza a caminar!

Tras haber pasado largo tiempo sentado en silencio frente a ella bajo la indiferencia de los gitanos y el ardiente sol del mediodía, se sentía sediento y exhausto y decidió regresar de nuevo a casa. Se dio media vuelta, empezando a caminar cabizbajo sin mirar hacia atrás ni decir nada, hasta que tras pasar frente a unos pequeños matorrales, escuchó de pronto el perturbador siseo de una víbora allí agazapada. Sin poder pensar en nada, recogió una estaca de madera que yacía tirada a su lado en el sendero y atrapó con ella a la serpiente, que empezó a enroscarse sinuosamente sobre sí misma en su extremo opuesto.

—Levántate y camina si no quieres que te arroje esta serpiente encima —gritó de nuevo acercándose a la niña y amenazándola con aquella horrible alimaña.

De repente, un terrible alarido de dolor retumbó por todo el campamento y observó horrorizado como la serpiente se escabullía rápidamente tras haberse lanzado sobre ella, deslizándose sigilosamente sobre su piel demacrada y blanquecina. Antonio empezó a correr asustado y no se detuvo hasta llegar a casa encerrándose en su habitación, pero aquel atroz alarido en mitad del aterrador siseo de la muerte no cesaba de taladrarle el cerebro. Al oscurecer, dejándose llevar por el pánico, salió corriendo de nuevo, esta vez en dirección hacia al calabozo donde se hallaba recluido el gitano con la intención de implorarle, en contra de las sólidas creencias de su padre y las suyas propias, que hiciese un nuevo milagro devolviendo de nuevo a la vida a aquella desdichada niña tullida.

Desafortunadamente, el cuerpo inerte de la niña aún tendido en su carrito lo sorprendió al llegar junto a la puerta y oyó a su padre rodeado por varios de los aldeanos diciendo que el gitano había confesado ser el padre de la niña y haberla utilizado para propagar sus mentiras, recayendo sobre él y su negligente conducta también la responsabilidad de su fatídica muerte.

—¿Qué haces tú aquí a estas horas? —gritó su padre furioso, mirándolo al advertir su presencia.

—He venido a buscarte —mintió Antonio asustado.

—Vuelve a casa y dile a tu madre que no me espere para cenar esta noche porque estoy esperando a la patrulla que va a llevarse a estos criminales a la prisión provincial —dijo cubriendo con una manta oscura el cuerpo sin vida de la niña.

Antonio regresó de nuevo a casa y ya no habló nunca más con su padre ni con nadie sobre aquel trágico incidente, pero aquella noche sufrió una terrible pesadilla en la que soñó que la niña estaba de nuevo viva y venía a buscarlo para mostrarle algo que debía ver. Tenía una voz dulce y caminaba graciosamente dando pequeños saltos frente a él, por lo que en su sueño Antonio se sintió feliz, pero al cabo de unos instantes apareció frente a ellos en mitad de la oscuridad que los rodeaba la temible silueta del gitano blandiendo furiosamente la misma vara en la que se había enroscado la serpiente envuelta en fuego sobre las patas delanteras de aquel enorme elefante, ordenándole arrodillarse de nuevo.

—¿Por qué no se rebela? —gritó Antonio para que ella pudiese oírlo a pesar de los terribles alaridos de dolor de aquel enorme animal.

—No puede —respondió la niña señalando una estaca de madera clavada en el suelo atada mediante una cuerda a una de las patas traseras del elefante.

—Claro que puede —replicó él furioso ante aquella abominable escena de maltrato—. Lo que ocurre es que ni tan sólo lo intenta.

—Ya lo intentó al llegar, la primera noche que fue atado —dijo ella mirándolo— y acabó sufriendo horribles heridas que lo mantuvieron durante varios días postrado por el dolor.

—Eso es imposible —insistió él—. Podría haber dado un simple tirón y con su fuerza se hubiese liberado de su cadena sin tener que hacer el menor esfuerzo.

—Ya te he dicho que no pudo liberarse —dijo ella—. Entonces era sólo un bebé elefante.

—Pero ahora es un animal temible e inmenso —protestó él.

—Pero eso él no lo sabe —susurró ella en voz baja como si temiese que aquel pobre animal llegase a saber alguna vez el disparatado secreto que lo seguía manteniendo encadenado a su mísera vida de obediencia y sufrimiento.

—¿Por qué me has traído hasta aquí? —preguntó él molesto por la maldad de aquellos gitanos maquiavélicos— ¿A ti también te encadenaron para que no aprendieses a caminar?

—No —dijo ella con una voz que parecía desvanecerse en el sueño como un eco entre la bruma—. A los niños no sirve atarnos como a los elefantes.

—Entonces, ¿a ti qué te hicieron? —preguntó él de nuevo.

—¿Por qué te empeñas en negar lo que tus propios ojos te han mostrado? —gritó de repente con su atronadora voz el gitano al advertir su presencia.

—Porque lo que usted llama milagros no son más que mentiras —gritó Antonio armándose de valor en el sueño.

—Una mentira tal vez —respondió el gitano alzando amenazadoramente la vara en llamas frente a él—, pero la única mentira que deseamos creer cuando la verdad es demasiado demencial y abominable para atrevernos ni tan sólo a mirarla.

De repente abrió los ojos aterrorizado y se dio cuenta de que seguía en su habitación. Estaba empapado en sudor y por mucho que lo intentó, no pudo conciliar de nuevo el sueño ya.

Nunca más supo nada del destino de Melquíades, la madre de la niña y el resto del campamento, ni tampoco hizo nunca nada por saberlo. Sólo de vez en cuando, algunos días grises y lluviosos, cuando se sentía triste y un poco deprimido, se acercaba hasta el viejo cementerio y se sentaba en silencio sobre la hierba mojada frente a una pequeña lápida sin nombre sin pensar en nada o matando el tiempo construyendo alguna endeble cruz de madera con unas ramas secas que más tarde dejaba allí olvidada, aunque pronto aquello también se terminó. Antonio siguió con su vida y cumplió con creces con todo aquello que el destino le había reservado, pues llegó a tener una abultada hoja de servicios tan meritoria y digna de elogio como la de su padre, muerto unos años después en acto de servicio.

Aunque a partir de aquella noche, Antonio empezó a mostrar cierta debilidad de carácter que desafortunadamente fue acrecentándose con el tiempo, ensombreciendo progresivamente su raciocinio hasta llevarlo finalmente a la fatídica noche de su suicidio. Sutiles signos aislados de algún tipo de dolencia o debilidad que nunca interfirieron con su justo y recto proceder o su intachable hoja de servicios, pero que injustamente quedaron presentes como minúsculas manchas empañando algunos de sus actos más heroicos —como aquella ocasión en la que tras haber acabado valerosamente con una violenta insurrección de mineros anarquistas en el norte, le fue concedida la medalla al valor junto a sus compañeros de brigada y en mitad de la solemne ceremonia cayó víctima de alguna especie de infortunado trance que lo llevó a romper el protocolo y caminar torpemente hacia la tribuna presidencial repleta de capitanes y otros altos mandos militares y autoridades, blandiendo su arma reglamentaria y preguntando por qué lo honraban con aquella distinción sólo por haberse convertido en un despiadado asesino. O también aquella otra en la que en un arrebato de enajenación empezó a gritar frente a todos en la iglesia, diciendo que no era sino el mismísimo diablo y trató de incendiar la capilla cuando el párroco oficiaba el funeral de un joven obrero sindicalista que murió accidentalmente durante un interrogatorio en su cuartel estando él presente, que terminaría saldándose finalmente con la desarticulación de una de las bandas criminales más importantes que habían azotado la provincia.

Sucesos anecdóticos que afortunadamente no impidieron que pudiese ser enterrado con honores junto a la tumba de su padre, pero que al igual que su suicidio resultaron siempre incomprensibles para sus familiares y conocidos. Episodios aislados, que al igual que el milagro que él mismo había presenciado llevar a cabo a los gitanos durante su niñez, quedarían para siempre sin respuesta ni explicación alguna en la mente de todos, como testimonios de la existencia de misteriosas fuerzas y dolencias que escapan a la lógica de la razón y la realidad cotidiana de la vida, enigmas de otras realidades mostrando que, como ya dijese Hamlet, el príncipe danés, hay más cosas en el cielo y en la tierra de las soñadas por el conocimiento de los hombres.

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