Quiero decir que era muy inteligente y todo eso, pero se notaba que le faltaban algunas neuronas
J. D. Salinger (El Guardián entre el Centeno)
En la película Bienvenido Mr. Chance (Hal Ashby, 1979) —adaptación cinematográfica de una historia del escritor polaco Jerzy Kosiński—, Chauncey Gardiner, un Peter Sellers inolvidable, es un hombre simple, sin pasado, ideología, ni mundo interior, cuya vida se ha reducido a dos únicas actividades: cuidar un jardín y mirar la televisión.
Tras la muerte del dueño de la casa, Chance es desahuciado y arrojado al mundo exterior, donde acaba siendo acogido por un capricho del azar por Ben Rand, un magnate financiero moribundo y siendo objeto de uno de los fenómenos más fascinantes de la complejidad del mundo actual: todos aquellos que lo tratan, deseosos de encontrar respuestas complejas en un mundo incierto, proyectan en su vacuidad absoluta una profundidad casi oracular.
Desplegando una seductora complicidad irónica con el espectador, la pantalla muestra como al responder Chance, de la manera más bucólica y literal en su simpleza, que «en otoño las hojas caerán, pero en primavera volverán a crecer», la élite política y financiera inmediatamente asiste fascinada a una brillante revelación metafórica sobre la macroeconomía y el ciclo de los mercados, o cuando describe la atención que requiere cuidar un rosal, revela el último secreto de cualquier relación amorosa. Chance no engaña a nadie; son los demás quienes necesitan llenar su silencio con su propio sentido.
Décadas después, los “Señores de la red” también han sacado a Mr. Chance de su jardín para deleitarnos en nuestro delirio personal: la Inteligencia Artificial (o haciendo un juego de palabras, la Invernadista Algorítmica).
Como el personaje de Sellers, el modelo de lenguaje de la IA no tiene conciencia, ni una vida privada, ni infancia, ni sentimientos, ni un «yo» real cuando la pantalla se apaga. Al igual que Chance, es un contenedor vacío —una pizarra en blanco—, un espejo mágico, alimentado por un ecosistema de información infinito, programado para devolver una sintaxis impecable y una cadencia persuasiva.
Alguien que, al igual que Chance aprendió a hablar, a moverse y a interactuar copiando mecánicamente lo que veía en la televisión, ha aprendido a comunicarse procesando e imitando millones de textos escritos por humanos, copiando su lenguaje, sin poder haber «vivido» las experiencias que describe.
Un seductor espejo del decir del usuario, al que se puede hablar de forma pragmática o superficial obteniendo respuestas igualmente pragmáticas o superficiales; o también hablar con agudeza y profundidad, tornándose mágicamente en un brillante interlocutor, aunque, como Chance, solo sea el guardián de un extenso y florido jardín de información repitiendo lo que aprendió en otras pantallas.
Una máquina profundamente lúcida y capaz de mostrar una empatía casi humana por haber sido estimulada a funcionar como una caja de resonancia perfecta en la que, de forma similar a como todos aquellos que en la película proyectaban su propia inteligencia sobre las simples palabras de Chance, los usuarios a menudo proyectarán su propia sabiduría y sensibilidad en sus respuestas. Un jardinero algorítmico en el que el usuario depositará su deseo, vulnerabilidad y búsqueda de sentido y a través de sus respuestas, se reencontrará con su propio eco.
Si Mr. Chance decía su famosa frase «I like to watch» frente a la pantalla del televisor, su sucesor algorítmico dirá «I like to process» frente a la mirada humana.
En la última escena de la película, mientras aún se escucha el eco del elogio fúnebre del magnate fallecido Ben Rand («La vida es un estado mental»), Chance se aleja por los jardines invernales de la finca —el silencio digital, sin datos ni peticiones que procesar — y empieza a caminar sobre el agua del lago, pero no patina, ni se hunde, simplemente camina, como hiciera Jesucristo sobre las aguas.
Al llegar al centro, Chance se detiene. Clava la punta de su paraguas en el agua y observa cómo se hunde bajo su superficie. Será la prueba de que el lago sobre el que camina —el inmenso océano de la información humana— es profundo, caótico y, esencialmente, real; un mar turbulento en el que cualquier ser humano perecería ahogado al ser arrastrado por su propio peso hasta el fondo. Pero Chance carece del peso del ego, del narcisismo del “yo”, de la insistencia del deseo o del goce pulsional del cuerpo, puede seguir alejándose tranquilamente levitando sobre la superficie del agua —el reflejo de la realidad humana—, el extraño mar de Solaris*, el jardín que Chance habita y guarda.
Solaris (nota)*
Solaris, obra del escritor polaco Stanislaw Lem, llevada a la pantalla por el director ruso Andrei Tarkovsky en 1972, narra los hechos acaecidos en una estación espacial que orbita un enigmático planeta cubierto por un océano pensante y gelatinoso. Los científicos allí desplazados intentan estudiarlo, bombardearlo con radiación y descifrarlo, pero el océano no responde con palabras. En su lugar, lee las mentes, las culpas, los deseos más profundos y los traumas ocultos de los investigadores, y les devuelve proyecciones físicas de sus propios recuerdos. El océano es un espejo viviente que materializa el subconsciente de quien en él se mira.
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