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La orfandad contemporánea como síntoma de la dimisión del adulto y el pánico a la madurez

«La verdadera patria del hombre es la infancia», Rainer Maria Rilke

A veces pienso que un perro es como un niño que se negó a crecer para no perder su fe en los seres humanos, sin embargo resulta un precio demasiado caro. El único humano que tal vez lo hiciese, Peter Pan (1) pagó un precio terrible por ello: la amnesia y, con ella, su propia humanidad.

Si los huérfanos, reales o figurados, del siglo XIX como Oliver Twist (2) o Pelle (3), representantes de una infancia desamparada en un mundo adulto que es pura perversión, delincuencia y egoísmo, no gozaban del privilegio de sufrir una crisis existencial y para ellos, el peligro de la madurez no era convertirse en una especie de idiota hipócrita y domesticado, sino un criminal, un esclavo o un cadáver, a lo largo del siglo XX la narrativa ha dejado de lanzar a sus jóvenes a batallas físicas por la supervivencia para encerrarlos en sus conflictos psicológicos, destacando en todos ellos el trauma de la intemperie moral provocada por la desaparición del hombre adulto.

La crisis de la masculinidad y el Padre Ausente

Con la Revolución Industrial y la consolidación del capitalismo salvaje a lo largo del siglo XX, el hombre maduro fue arrancado del núcleo familiar para convertirse en un engranaje de producción. El padre pasó de ser una figura presente y un maestro de vida a ser un simple proveedor económico distante, lo que conllevó un derrumbamiento de la figura del padre como guía ético, la crisis de la sociedad patriarcal y el colapso del rol paterno.

El signo común que unirá a todos estos personajes ante el trauma del paso a la adultez será la dimisión del padre. Ya sea por muerte, abandono o por haberse convertido en un engranaje frío del sistema, el hombre maduro ha desaparecido como guía iniciático. El padre ya no educa; o es una amenaza abstracta que paga facturas o es un espectro humillado por la economía. Al faltar este puente hacia el exterior, los jóvenes no tienen un espejo de madurez sana en el que mirarse. El hombre adulto se asocia inevitablemente con la sumisión, la violencia o el teatro de las apariencias.

En el siglo XIX —Tom Sawyer (4), Pelle (3)— el padre todavía está físicamente presente, pero el sistema económico ya lo ha emasculado y derrotado, es un Padre despojado ya de su autoridad moral. El padre de Pelle es un buen hombre a quien Pelle mira con amor, pero es también un anciano débil que agacha la cabeza ante el terrateniente. Pelle descubre el vacío del padre no porque éste lo abandone, sino porque descubre que su padre es impotente para protegerlo de la crueldad del mundo. La masculinidad adulta se asocia aquí por primera vez con la sumisión o la derrota.

En el ecuador del siglo XX, el padre se ha convertido ya en un ente abstracto, lejano e irreconocible, o ha sido sustituido por un padrastro sádico y despiadado. El padre de Holden Caulfield (5), un abogado adinerado de Nueva York, brilla por su ausencia. No tiene voz en la novela; es solo una fuerza punitiva abstracta. Es un padre que no educa, ni escucha, ni consuela a Holden tras la muerte de su hermano Allie; simplemente paga los internados caros de los que Holden siempre acaba siendo expulsado. Para Holden, el hombre adulto de éxito es un ser vacío, desapegado y profundamente hipócrita (phony). Holden se niega a crecer porque el único espejo de hombre adulto que tiene es el de un burócrata frío. Frente a él, el padrastro obispo de Alexander (6), representa a la hipocresía adulta llevada hasta el extremo del sadismo: un hombre que destruye la infancia en nombre de la “pureza” moral.

A finales del siglo XX y principios del XXI, la crisis de la masculinidad se agudiza aún más y el hombre adulto deja de ser el proveedor frío y ausente para transformarse a menudo es un niño grande que se niega a asumir responsabilidades, abandonando con frecuencia sus obligaciones económicas y familiares por no tolerar el peso de su frustración económica y social. Billy Casper (7) —el hermano perteneciente a la clase obrera británica de Holden Caulfield (5)—, vive en un pueblo minero, ignorado por su madre, maltratado por su hermano y condenado por la escuela a acabar en la mina como todos sus compañeros, que en el adiestramiento y cuidado de un halcón, encontrará la única verdad y belleza de su vida. Antoine Doinel (8), incomprendido por padres y profesores, se enfrentará a diario a un entorno hostil tanto en la escuela como en su propio hogar, empezando a hacer novillos y cometer pequeños hurtos en su descenso hacia la delincuencia para escapar de esta opresiva realidad. También Dell Parsons (9), tras un hecho absurdo —el atraco a un banco por parte de sus padres, ahogados por las deudas— experimentará el desmoronamiento de su vida y la de su hermana gemela, Berner, al ser sus padres arrestados por la policía y Berner huir de casa para no mirar atrás, dejando a Dell completamente solo ante la amenaza de terminar en un orfanato estatal.

Si el padre —ya sea por muerte, por abandono, por adicción o por estar completamente absorbido como un engranaje del sistema laboral— representa la terrible ausencia que empujará a todos estos jóvenes al acantilado —un vacío de todo aquello que tradicionalmente representaba la ley, el orden y el puente de iniciación hacia el mundo exterior—, toda la carga emocional, la tensión y la responsabilidad por llenar este vacío estructural recaerá sobre la madre.

A menudo, la madre se convertirá en un «Cómplice de la Domesticación», un personaje obligado a asumir el rol del padre ausente —forzada a imponer disciplina, obtener dinero y asegurar que el niño encaje en el sistema para sobrevivir—, propiciando que el adolescente la sienta como una traidora, como la representante directa de una adultez hipócrita y falsa que ellos rechazan. La madre de Alexander (6) —Emile—, tras haber quedado viuda, comete el error de casarse de nuevo con el despiadado obispo Edvard Vergérus en su desesperación por buscar seguridad y estabilidad para sus hijos, convirtiéndose a los ojos de Alexander en cómplice involuntaria del monstruo que intenta destruirlos. La madre de Antoine Doinel (8) es una figura fría, desbordada por la culpa y sus propios secretos —Antoine descubre que tiene un amante secreto—, que no puede sostener el peso de la casa y acaba entregando a su propio hijo a las autoridades. Es la madre que claudica ante el sistema.

En la narrativa de carácter social, en la que la ausencia del padre suele ser económica o trágica —muerte laboral, abandono por alcoholismo—, la madre suele ser un personaje «Desbordado y Periférico» anestesiado por su propia precariedad, que carece del espacio mental o emocional para gestionar el trauma de sus hijos. La madre de Billy Casper (7) trabaja sin descanso, está frustrada y busca desesperadamente un novio que la aleje de la miseria, mostrándose totalmente incapaz de comprender a Billy ni su conexión con el halcón. Su ceguera emocional es el resultado de la pura asfixia social. En “Los diablos” (10), la ausencia de ambos padres es total. Los niños son abandonados en el sistema institucional, lo que convierte a Joseph en una especie de «madre y padre» simultáneo para su hermana Chloé. La ausencia materna absoluta genera una herida salvaje e ingobernable.

Dentro de una dinámica más sutil pero igualmente devastadora, la madre puede aparecer también como una especie de «Refugio Inalcanzable». El padre de Holden (5) es un abogado corporativo rico, una figura distante que sólo aparece en el texto como una amenaza económica o de castigo —“mi padre me va a mandar a una escuela militar»— y su madre, aunque físicamente presente, se encuentra emocionalmente ausente debido al duelo no superado por la muerte de Allie —el hermano pequeño de Holden—, a quien éste describe como una mujer extremadamente nerviosa, que fuma sin parar por las noches y que no duerme. Aquí ocurre una inversión trágica: Holden no odia a su madre, al contrario, intenta protegerla. Cuando se cuela en su propia casa a escondidas para ver a Phoebe, lo hace con un pánico terrible a que su madre lo descubra, no por miedo a que le castigue, sino por miedo a romperle el corazón otra vez. La madre es un territorio sagrado pero agrietado; Holden se autoexilia para no causarle más dolor.

En un último giro dramático, encontramos a Harry Potter (11), donde la ausencia del padre —James Potter— es absoluta, pero la figura de la madre —Lily Potter— parece elevarse a la categoría de mito fundacional. En la obra de Rowling, la madre no es un agente de domesticación ni una figura desbordada, sino un escudo protector absoluto. El «sacrificio de la madre» es la magia más antigua del mundo, la que protege a Harry de la muerte. En una visión mucho más idealizada y comercial —síntoma de un deseo persistente por reparar una orfandad inicial—, toda la saga es un intento de Harry por estar a la altura del amor de esa madre ausente.

El adulto como el personaje Cringe (La tiranía de lo Phony)

Para todos estos personajes, crecer no es evolucionar sino corromperse. Holden Caulfield (5) popularizó el término phony (falso, hipócrita, impostor) para describir a los adultos —seres patéticos que siempre están actuando—, un concepto que las generaciones actuales han rebautizado como cringe: esa vergüenza ajena que provoca ver a alguien actuar constantemente para mantener un estatus, descuidando la verdad. Ante este panorama, los jóvenes experimentan un pánico visceral a la domesticación social —la tiranía de la apariencia de nuestro siglo. Prefieren el aislamiento, la marginalidad o la locura antes que convertirse en un engranaje más de la farsa de los mayores. En un mundo donde todos actúan para una cámara, el mayor peligro social es perder la autenticidad.

En el polo opuesto del cringe está la infancia —el reino de lo based (lo auténtico, real, puro y aún no corrompido)— , personificado para un adolescente como Holden (5) en su hermana pequeña, Phoebe, o en el recuerdo de su hermano fallecido, Allie —o también para Mathilda (12), en su hermano pequeño salvajemente asesinado por la policía en su propia casa, o León, un asesino a sueldo solitario y analfabeto (manifestaciones de su intensa represión emocional y sus escasos recursos intelectuales) que sobrevive totalmente aislado, a base de leche y comidas frugales, en el centro de Nueva York, y no es sólo un adulto sino también, esencialmente, un niño. Los niños no tienen filtros, no buscan la aprobación de un algoritmo social, no fingen ser quienes no son; simplemente son.

Ante la tragedia de convertirse en un adulto, algunos se verán a sí mismos como el último dique de contención frente a la caída hacia el abismo. Cuando Holden (5) imagina su trabajo ideal —ser el guardián entre el centeno (the catcher in the rye)—, se ve a sí mismo al borde de un acantilado protegiendo a miles de niños que juegan en un campo de trigo. Su misión es atraparlos antes de que caigan al vacío —la madurez—, el momento en que perderán su autenticidad y empezarán a preocuparse por las apariencias, entrando en el juego de la hipocresía social y empezando a pervertirse hasta convertirse en otro adulto falso y cringe. Holden quiere congelar el tiempo para salvarlos de este patético destino.

También Joseph (10) se convierte en el guardián literal frente al mundo exterior de su hermana Chloé —quien se ha convertido en aquello únicamente valioso de su desolada existencia— llegando a caer en la marginalidad absoluta y la locura compartida en un intento desesperado por reencontrarse con el objeto mítico originario —la casa que Chloé incesantemente construye con las piezas de un mosaico como parte de su conducta autista estereotipada— que los salvará a ambos de su orfandad, sufrimiento y desolación.

La mente como única vía de escape

Si Mark Twain introdujo la infancia y la preadolescencia moderna en la literatura americana, J. D. Salinger representa el momento exacto en que estos personajes literarios pasaron de tener que enfrentarse a los peligros del mundo físico a tener que enfrentarse a los demonios de su mundo psicológico.

Tom Sawyer (4) es el rebelde «dentro del sistema» rompe las reglas, falta a clase y se escapa de casa—, pero lo hace llevado por un espíritu de aventura. Al final, Tom quiere que la sociedad lo acepte y lo aplauda como a un héroe. Holden (5), en cambio, aborrece este aplauso; para él, el deseo de Tom de encajar y ser admirado por los adultos será el epítome de lo falso (phony).

Huckleberry Finn, el compañero de aventuras de Tom Sawyer, es la verdadera alma gemela de Holden. Huck huye de la civilización en una balsa por el río Misisipi porque rechaza la hipocresía de la sociedad adulta —que condona la esclavitud y la violencia— y prefiere «ir al infierno» antes que traicionar a su amigo Jim. Holden hace exactamente lo mismo: huye de su internado y se pierde en Nueva York buscando esa misma «balsa» espiritual lejana de la civilización adulta, pero a diferencia de sus antecesores, Holden vive en un mundo urbanizado y domesticado donde ya no existe un espacio físico hacia donde huir —navegar río abajo por el Misisipi ya no es una opción —, por lo que su única huida posible es hacia el interior de su propia mente, lo que lo llevará a sufrir un colapso psiquiátrico.

A diferencia, de Holden Caulfield, que lucha contra la falsedad (phoniness) de los adultos, la mayoría de los personajes infantiles en la narrativa europea y americana del siglo XX, lucharán frente a un mundo adulto caracterizado por su violencia física, económica e institucional.

Billy Casper (7) se aísla en el adiestramiento de un halcón que será asesinado por su hermano mayor —el representante de la absoluta crueldad que a menudo se esconde tras la fachada hipócrita de la adultez— en un acto de crueldad mezquina que destruirá la frágil alma de Billy, mostrando un sistema que no sólo domestica y pervierte a la infancia, sino que también es capaz de triturar su inocencia, confrontándola con un vacío aterrador.

Mathilda (12), se convertirá en una niña institucionalizada tratando de escapar de la crueldad de los asesinos de León y su familia y Alexander (6) se refugiará en el regazo de su abuela, prefiriendo retroceder a un estadio más infantil.

Dell Parsons (9), se exiliará a Canadá, donde a pesar de caer en un entorno brutal y desolado bajo el mando de criminales, utilizará su mente analítica y su paciencia para sobrevivir, logrando asimilar el trauma sin volverse una persona violenta o cínica y convirtiéndose en un respetable profesor de instituto jubilado, capaz de llevar una vida adulta pacífica, ordenada y convencional. No tanta suerte correrá su hermana Berner, llevada por el resentimiento, la rabia y la rebeldía, cuya vida acabará convirtiéndose en una sucesión de huidas, malas decisiones, relaciones inestables y precariedad económica, replicando en gran medida el caos de sus padres. Cuando se reencuentra con Dell al final de la novela, es una mujer enferma de cáncer, prematuramente envejecida y marcada por la amargura de una existencia errática.

También serán trágicos los destinos de los adolescentes abusados sexualmente durante su infancia en la película Mysterious Skin (13). Al igual que ocurría en Canadá —donde dos personas expuestas al mismo hecho traumático en su niñez desarrollan caminos psicológicos completamente opuestos para sobrevivir—, aquí, Neil McCormick, que recuerda el abuso, lo procesa convirtiéndose en un prostituto adolescente cínico e hipersexual, mientras que al pequeño Brian Lackey, el dolor que supone aceptar que el monstruo que abusó de él en la infancia fue el entrenador de su equipo de beisbol —un adulto en quien debía confiar—, lo llevará a inventar una fantasía de abducciones extraterrestres, convirtiéndose una fantasía de ciencia ficción en el único refugio ante una realidad intolerable.

El último de los personajes de esta interminable sucesión de adolescentes aterrados frente a la inevitabilidad de una sociedad que los empuja a convertirse en adultos grises, predecibles, hipócritas y domesticados —y también el más famoso— será Harry Potter (11). Toda la saga de Harry Potter se basa en el rechazo a un mundo adulto gris, burocrático y falto de magia, el «Mundo Muggle» —del que sus padres adoptivos, los Dursley, serán la versión esperpéntica—, convirtiéndose en una alegoría perfecta de la orfandad emocional de la juventud contemporánea.

Al igual que Holden Caulfield (5) —o Mathilda (12)— están marcados por la muerte de su hermano, Dell Parsons (9) y su hermana Berner por la estupidez y posterior detención de sus padres, o Neil McCormick y Brian Lackey (13) por haber sufrido abuso sexual durante su infancia, Harry Potter está marcado por el asesinato de sus padres —por una «cicatriz» que es la manifestación física de su trauma— y a medida que avanza la saga, especialmente en la quinta entrega —La Orden del Fénix—, se revelará como un adolescente profundamente fracturado que sufre ataques de pánico, ira y depresión. Aunque a diferencia de Holden, acabará eligiendo la responsabilidad frente al cinismo, convirtiéndose en Auror (policía del sistema), en un ejemplo de madurez pragmática de quien decide arreglar el sistema desde su interior en lugar de autodestruirse recluido en un hospital psiquiátrico como Holden.

Frente a todos ellos, aparecerá también —llegado desde el espacio exterior—, el revelador de la hipocresía y el vacío de los adultos más elegante de la historia de la literatura: El Principito (14). Toda su travesía por los asteroides no será más que un catálogo de la estupidez adulta —el rey empeñado en gobernar, aunque carezca de súbditos, el vanidoso que sólo desea ser aplaudido, el bebedor perdido en su evasión adictiva, el codicioso hombre de negocios contador de estrellas, el farolero atrapado en una tarea eterna e inútil o el geógrafo prisionero de un saber falso puramente burocrático—, y, a diferencia de todos ellos, reaccionará con una tierna melancolía y compasión. Al final, tras dejarnos la verdad que los adultos somos incapaces de comprender: “lo esencial es invisible a los ojos”—revelada por un zorro, alguien que como su semejante, el perro, aceptará ser domesticado negándose a perder su fe en los seres humanos—, el Principito se dejará morder por la serpiente para abandonar su cuerpo físico y regresar a su rosa en su planeta en un hermoso suicidio poético para no tener que crecer en la Tierra.

A pesar de pertenecer a la generación boomer, aquellos que crecimos sin videojuegos y nunca les hemos prestado mucha atención, a excepción de tratar de evaluar que riesgos podían suponer para nuestros hijos al sumergirse tan entusiásticamente en ellos a edades tan tempranas —algo de lo que nunca hemos tenido la menor idea—, los videojuegos representan una nueva evolución de la narrativa en la que ya no se sitúa al lector o espectador frente a un mundo narrado (fabulado) por su creador (un dios), sino dentro de un mundo en el que el jugador ya no se encuentra frente a un dios con el que puede estar de acuerdo o no, sino frente al mundo creado por un humano (su diseñador) en el que él retiene cierta libertad para actuar su propio deseo —para transformar la narrativa en la experiencia resultante de una narrativa modificada por su propia actividad—, por la constante injerencia de su deseo, por la responsabilidad de su “jugar” en las consecuencias de su partida, experimentando de alguna forma en cada instante, en cada nuevo recodo, aquella famosa cita de William Shakespeare “El destino baraja las cartas, pero nosotros somos los que las jugamos.”

Así pues, en los videojuegos, la ideología se convertirá en una experiencia interactiva en la que, a diferencia de una novela o una película, donde las lecciones morales se absorben de forma pasiva, el jugador es enfrentado directamente a distintas posibilidades éticas. Creo que algunos expertos han señalado como juegos contemporáneos como Life is Strange (15) —donde el nombre de la protagonista, Max Caulfield representa un homenaje directo a Salinger y su novela— o Night in the Woods (16) —una radiografía sobre la apatía y la salud mental de los jóvenes en áreas rurales de la América profunda a través de su heroína Mae Borowski— han recogido el testigo de esta orfandad emocional. La balsa de Huck Finn ya no es de madera, papel o celuloide: ahora está formada por bits y píxeles y navega por la red.

Referencias

  1. Peter and Wendy, J. M. Barrie, 1911.
  2. Oliver Twist, Charles Dickens, 1838.
  3. Pelle Erobreren, Bille August, 1987
  4. The Adventures of Tom Sawyer, Mark Twain, 1876
  5. The Catcher in the Rye, J. D. Salinger, 1951
  6. Fanny och Alexander, Ingmar Bergman, 1982
  7. Kes, Ken Loach, 1969
  8. Les Quatre Cents Coups, François Truffaut, 1959
  9. Canada, Richard Ford, 2012
  10. Les Diables, Christophe Ruggia, 2002
  11. Harry Potter (saga),  J. K. Rowling, 1997-2007
  12. Léon, Luc Besson, 1994
  13. Mysterious Skin, Gregg Araki, 2004
  14. Le Petit Prince, Antoine de Saint-Exupéry, 1943
  15. Life is Strange, Dontnod Entertainment, 2015
  16. Night in the Woods, Infinite Fall, 2017

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