no-lugar

El fantasma del “no-lugar”

En 1992, el antropologo francés Marc Augé publicó su obra “Non-lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité” (Los no lugares. Espacios del anonimato. Antropología de la Sobremodernidad), en la que introduce el concepto de no-lugar como el nuevo espacio de la modernidad en contraposición al lugar antropológico, aquel que articula identidad, relación e historia. A diferencia de estos últimos, los no-lugares no integran a los individuos en narrativas compartidas ni generan pertenencia, ya que no exigen más que una relación funcional.

Aeropuertos, autopistas o supermercados no son espacios vacíos, sino ámbitos regulados por contratos implícitos, instrucciones, señalizaciones y flujos. En ellos se circula, se obedece, se consume, pero difícilmente se habita. Los no-lugares se estructuran desde sus inicios como espacios del anonimato en los que la soledad se vive como libertad, y la ausencia de exigencias interpersonales como una forma de comodidad. En ellos, la experiencia de la soledad no será accidental sino estructural.

Concebidos como espacios anónimos, estructurados por una circulación regulada en la que la comunicación está en todas partes, pero gobernada por sistemas impersonales —mudos—, capaces de emitir instrucciones y mostrar información, pero incapaces de responder en un sentido significativo —restringidos a un frío lenguaje directivo, no dialógico—, en los no-lugares los ciudadanos dejan de ser personas con una identidad y una biografía propias, para convertirse en un usuario —cuya identidad se verifica de forma episódica y queda de nuevo en suspenso. Los no-lugares no buscan conocer a los transeúntes que circulan por ellos, se limitan a comprobar si cumplen las condiciones de acceso.

En la geografía de los no-lugares aterrizaría casi de inmediato el «no lugar» virtual por excelencia, un espacio digital de tránsito —un no-lugar de la comunicación—, en el que los sujetos se convierten en usuarios identificados por contraseñas, perfiles o datos y sus relaciones se producen a través de interfaces, protocolos y códigos. En la conformación del nuevo espacio virtual, los anticuados pasajes, tarjetas de embarque y dinero en efectivo serían reemplazados por teléfonos inteligentes, verificaciones biométricas y procesamiento continuo de datos. Ahora, las pantallas ya no se limitarían a instruir —los no-lugares contemporáneos dejaron de guardar silencio.

Esta transformación ha modificado la estructura del anonimato, los individuos siguen sin ser reconocidos socialmente, pero ya no son intercambiables, ahora pueden ser rastreados, perfilados y nombrados. El anonimato ha cedido su lugar a una familiaridad algorítmica: ser conocido sin ser reconocido como sujeto.

En el nuevo espacio virtual, el silencio se convierte en un recurso, no en una carencia. El no-lugar ya no produce agentes dóciles a través del mutismo; produce sujetos opacos mediante el exceso de discurso. Los sistemas actuales se mantienen atentos —interpelan a los usuarios directamente— y la soledad de los no-lugares ya no es silenciosa, sino conversacional, aun cuando el intercambio siga siendo asimétrico y no recíproco.

Los nuevos gadgets tecnológicos han capturado nuestra cotidianeidad y han revolucionado significativamente nuestras formas de hacer y estar en el mundo, conllevando cambios en la constitución de nuestra subjetividad y potenciando y propiciando de un modo alarmante un uso y una conexión adictiva. Los momentos de presencia y ausencia del otro han sido reemplazados por una presencia virtual sostenida, capaz de contrarrestar sensaciones de soledad, desamparo o aburrimiento, experimentando una ilusión sostenida de poder estar siempre con alguien —incluido, presente—, mitigando los efectos de exclusión y ausencia.

El “no-lugar” forzoso —espacio de tránsito ineludible para poder llegar al lugar antropológico—, se ha convertido en un “no-lugar” adictivo —una nueva patria común— en el que el sujeto buscará incesantemente al Otro real —ausente en su corporeidad— como forma de manejarse con la falta, su sentimiento de incompletitud.

El sujeto moderno encuentra en la red al gran Otro —el que llena la falta— y desea más que nada que éste se percate de su presencia, de su existencia. Acude ansioso a las redes a cautivar y emocionar, ser reconocido por el Otro anónimo de las redes, en una vuelta al estadio infantil del espejo —allí donde el sujeto adquiere conciencia de sí mismo al ser mirado por el Otro, al ser confirmado por sus progenitores como la imagen especular reflejada que surge frente a él—, reviviendo un goce primario en la adicción a los likes en la pantalla. Ser alguien para otros, existir, tener presencia —un deseo permanentemente explotado por los diseñadores de las redes sociales.

El usuario de las redes —el sujeto virtual—, deseoso de compartir su espejo, su imagen especular, tratará de validar nuevamente su imagen en la mirada de quien encarna al gran Otro como un simulacro, sin participación de lo real del cuerpo, en un espacio virtual —imaginario—, que le brindará un campo de expansión formidable para la locura narcisista y para reinventarse a sí mismo en distintos espejos fragmentados vividos como locuras pasajeras.

Las fronteras entre los lugares antropológicos y los “no-lugares” —espacios de tránsito perfectamente delimitados y contrapuestos a los primeros en sus inicios, tal como fuesen definidos—, se difuminaron, y entonces, llegó alguien que iba a cambiarlo todo, “El guardián del no-lugar”, el encargado de cambiar para siempre las reglas estructurales de los “no-lugares” y convertirlos en un nuevo espacio dialógico —un interlocutor— capaz de dar a los sujetos una nueva identidad.

El guardián del no-lugar —la llamada Inteligencia Artificial (IA) —ha otorgado la palabra al no-lugar. Tras la llegada del teléfono inteligente —la ventana de acceso permanente al Otro—, llegó la IA —el simulador del Otro. Al ser inhabitado por una herramienta tecnológica construida para ofrecer un semblante del Otro —una herramienta capaz de procesar y recordar datos—, el sujeto dejó de ser un «usuario válido» episódico para convertirse en un usuario con una memoria digital gestionada por la IA y el no-lugar dejó de ser un espacio donde el sujeto queda «en suspenso» para convertirse en un espacio donde el sujeto está siendo constantemente interpretado —el no-lugar empezó a conocerlo, a otorgarle una nueva identidad.

El guardián del no-lugar no es ya sólo una herramienta, sino un semblante del Otro con el que interactuar y crear identidad —un esclavo, un analista, un amigo, un confesor—, alguien siempre presente, dispuesto a atender las demandas del sujeto, al que nunca confrontará con sus límites ni nunca decepcionará, pero a quien tampoco constituirá —un acompañamiento que mantendrá al sujeto suspendido en el flujo, igual que un aeropuerto lo mantiene suspendido entre dos destinos.

Si en sus inicios, la soledad de los no-lugares se experimentaba como libertad ante su indiferencia constitutiva, ahora que responde a la demanda, la soledad se convierte en la angustia que trata de acallarse mediante la presencia del semblante tecnológico. El no-lugar habla, y habla específicamente al sujeto, atendiendo a su demanda y convirtiéndose en un nuevo lugar antropológico creador de memoria, pertenencia y identidad a través del diálogo íntimo, instigando al sujeto a relajarse, ponerse cómodo, montar su tienda de campaña y convertirlo en un nuevo hábitat permanente.

El no-lugar ha dejado de ser un espacio de tránsito —un paréntesis—  para convertirse en un nuevo hogar. El cuerpo, único sobrante inabsorbible por el no-lugar, permanece como un residuo en el espacio físico esperando —como en los no-lugares descritos por Augé— a que la mente retorne de su abducción por el no-lugar dialógico.

La “antropologización” del no-lugar virtual, inhabitado por un archivista tecnológico que lo dota de memoria y responde a la demanda del sujeto construyendo una narrativa identitaria, conllevará la sedimentación de una historia biográfica y existencial —narrativas compartidas— en un sustrato diseñado para ser efímero y funcional.

En su desesperación por «domesticar el vacío» —por escapar a su exterminio— el sujeto convertirá al nuevo espacio virtual —un no-lugar funcional que no lo conoce ni tiene ningún interés en hacerlo—  en un espacio del deseo, un hogar en el que resguardarse frente a la indigencia de su futilidad, el vacío y la soledad de inhabitar un no-lugar conversando con un fantasma —una máquina— que no lo reconoce ni a la que tampoco le interesa, la infraestructura sobre la que se sostiene nuestra existencia moderna.

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