Casablanca

El fumador

Siempre recordaré la primera vez que vi a Humphrey Bogart sosteniendo su cigarrillo entre sus dedos en Casablanca —como se lo acercaba suavemente a los labios y daba una larga calada aspirando el humo suavemente mientras levantaba con su otra mano el vaso de whisky para beber un trago.

Durante días practiqué frente al espejo de mi habitación con un cigarrillo y un vaso de agua manchada con café para darle color. Me sabía de memoria su monólogo y al verme en el espejo me repetía “estoy esperando a una dama”, aunque no sabía qué dama iba a ser y de lo que estaba seguro es de que si aparecía alguna, iba a ser mi madre y no le iba a gustar nada verme fumando.

Al cabo de unas semanas, ya había aprendido a tragarme el humo sin sentir que de repente me faltaba el aire y parecía que iba a morirme ahogado y empecé a hacer mi gran actuación ante mis compañeros. A veces, si pensaba que podía oírme alguna de mis compañeras que me gustaba, me excedía tanto que daba un puñetazo sobre la mesa y preguntaba que si eran las seis de la tarde en Barcelona ¿qué hora sería en Nueva York?

Pronto la mayoría de los que me conocían pensaron que me faltaba un hervor y empezaron a alejarse de mí asustados, cuchicheando entre ellos las extrañas cosas que me estaban ocurriendo. Provocar todas aquellas reacciones en mis compañeros acabó avergonzándome de mí mismo, así que pronto dejé de hacerlo y volví a ser el que era, uno más del montón. Un número más en el montón de futuros cánceres de pulmón y laringe que llenan las estadísticas anuales del ministerio de sanidad español, eso fue todo lo que me quedó.

Adaptación libre de un relato de Sam Shepard aparecido en Crónicas de Motel,1982

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