Tras largo tiempo palideciendo, la verdad acabó por revelarse como aquello que siempre fue, una fábula, y se inauguró la era del cinismo contemporáneo, la era de los desengañados de la Verdad, de los que saben que todo no es más que apariencia de verdad —la era del simulacro de Baudrillard—, del Otro de la verdad que no existe —Lacan—, que es sólo un semblante con el que cínicamente se ironiza.
La caída del Padre de la Verdad —del Amo— dejó al descubierto la tragedia del ser humano con su falta —un vacío estructural imposible de colmar— que la sociedad de consumo capitalista se ha apresurado a recubrir mediante el desarrollo acelerado de multitud de pequeños gadgets tecnológicos —nuevos semblantes destinados a velar el vacío estructural— que no conseguirán sino renovar de una forma incesante y compulsiva la insatisfacción constitutiva del ser.
En palabras de Jacques Lacan, la caída de los nombres del Padre desplazó al goce de su encrucijada con el deseo y la castración y lo extravió en la senda del objeto como semblante de un plus de goce, deviniendo la insatisfacción del deseo —pues el deseo es siempre deseo de otra cosa— como el eje rector de la economía actual postrada ante una única nueva deidad, el consumo.
La caída del discurso del amo —del “superyó” freudiano que imponía al sujeto una renuncia al goce, un sacrificio en aras de un deseo aplazado de plenitud— ha convertido al sujeto moderno en un enfermo bulímico sometido a un imperativo superyoico de gozar de un modo compulsivo de los objetos de consumo —el simulacro de una falta, de un vacío imposible de llenar— frente al que nunca nada será suficiente y que absorberá todo aquello arrojado a su abismo utilizándolo como combustible en su empeño por seguir renovándose de una forma frenética e incesante, esclavizando al sujeto en un servilismo asfixiante.
Los cautivos del goce
Los cautivos del nuevo goce bulímico, esclavos de un imperativo superyoico de goce que no buscará ya la satisfacción y el cese de la ansiedad como objetivo —el orgasmo o la saciedad— sino que ha encontrado su propio goce en la conducta compulsiva de repetición, serán legión y su presencia en el nuevo mundo virtual, masiva. En la frustración continuamente renovada tras cada nueva tentativa por obturar una falta constitutiva que remite a un estado mítico de plenitud imposible —una demanda que ha dejado ya de servir al “principio de placer” freudiano en su búsqueda homeostática de equilibrio para convertirse en rehén de la “pulsión de muerte”, de un goce insaciable—, estos nuevos Sísifos modernos encontrarán su pasión y su tragedia.
El fenómeno de las descargas masivas de miles de gigabytes a través de los llamados protocolos de intercambio P2P (Peer-to-Peer o Red entre Pares), en los que millones de sujetos descargan compulsivamente películas, discografías, software y documentos que nunca van a ver ni escuchar o leer, ejemplifica esta tentativa desesperada por obturar una falta estructural en la que la acumulación se ha convertido en el motor de la pulsión y la posesión del objeto en una defensa obsesiva frente al vacío que ha sustituido a su capacidad para disfrutarlo.
También la adicción a la pornografía online y las miles de horas pasadas en soledad por millones de individuos frente a una sucesión infinita de videos cada vez más perversos y violentos —abyectos y cosificadores— ejemplifica los estragos causados por esta conducta bulímica a una generación que ha crecido con este aumento desorbitado de la pornografía, contribuyendo a un incremento de parafilias y perversiones anteriormente felizmente durmientes y una degradación de la vida y la conducta sexual generalizada.
El síntoma, la propia sexualidad convertida en un objeto de consumo bajo el imperativo del goce, que daría lugar al llamado “efecto Coolidge”* —caracterizado por un aumento de la disposición a mantener relaciones sexuales ante la presencia de nuevos compañeros receptivos— se reproducirá en la pornografía online en un contexto deslocalizado y desvinculado de la realidad corporal, en la soledad frente a una pantalla poblada por una sucesión infinita e inmediata de nuevos estímulos sexuales —miles de videos, subrogados de nuevos compañeros sexuales, disponibles al instante que pueden ser reproducidos de forma incesante— en un contexto no mediado por ningún otro. Un contexto no mediado, en consecuencia, por los sentimientos de vergüenza o pudor derivados de nuestra exposición y nuestro sometimiento a un goce fetichista, en el que el síntoma se transformará inevitablemente en un goce puramente onanista, una adicción.
Parece ser que los estragos de la adicción a la pornografía han sido confirmados incluso a nivel de su traducción neurobiológica, observándose mediante técnicas de neuroimagen, un patrón de activación cerebral similar en pornoadictos al descrito en adictos a sustancias químicas como la heroína o la cocaína o la ludopatía, en el que las vías cerebrales nerviosas del sistema de recompensa han sido secuestradas y el disparo dopaminérgico que antes estaba ligado al sexo ahora se encuentra ligado a la pornografía. Cuando el sistema de recompensa se activa principalmente frente a la imagen pornográfica —y no ya frente a la relación sexual y sus ritos preliminares como besos y abrazos—, sus efectos sobre la sexualidad serán patentes, registrándose una disminución generalizada de las relaciones sexuales, notablemente visible en países como Japón —uno de los países más innovador en el consumo de nuevos géneros pornográficos o muñecas sexuales robotizadas—, unos efectos igualmente patentes en el aumento de fantasías cuyo contenido procede del mundo pornográfico durante la relación sexual con objeto de mantener la erección o una tendencia progresiva al visionado de videos pornográficos mientras se está manteniendo la relación —llegando en algunos casos a solicitarse abiertamente a la pareja escenificar lo que aparece en la pantalla.
La bulimia pornográfica —causa de una mayor tolerancia dopaminérgica— y la propia frustración implícita en ser sólo un voyeur pasivo de un contenido que lo pone en contacto con su vacío estructural —una frustración continuada que acabará erigiéndose como el motor de un consumo insaciable—, impulsarán al pornoadicto hacia nuevos contenidos que el algoritmo existente —siempre al servicio del goce del consumidor—, manejará con destreza, presentando rápidamente nuevos videos cada vez más conflictivos, violentos y degradantes en los que la excitación estará ya mucho más ligada a la humillación, la violación o la fantasía incestuosa, que al aburrido acto sexual. Escenas y fantasías violando tabúes que en un principio eran observadas con cierta repugnancia —como la fantasía incestuosa—, se van tornando cada vez más normalizadas y excitantes en la mente del pornoadicto, proliferando las demandas cada vez más obscenas y aberrantes en los servicios de pornografía de pago online.
Sin embargo, posiblemente la pornografía explícita online no sea sino la manifestación más cruda de una bulimia mucho más extendida, de otra pornografía —una extimidad o exposición de nuestra propia intimidad personal al mundo, convertida en mercancía de consumo. Es la pornografía higiénica, promovida y aplaudida socialmente, exenta de la culpa, la vergüenza o el tabú —del vómito provocado con objeto de mitigar el sufrimiento y la falta de control experimentado por el sujeto bulímico tras el atracón—, el voyeurismo y exhibicionismo mostrados y fomentados por el algoritmo en las redes sociales. El scroll infinito de otras vidas, de una intimidad ajena consumida y empaquetada en textos e imágenes de consumo inmediato —heredero de la prensa rosa y las obsoletas revistas del corazón— responde también a la misma pulsión bulímica y voyeurista de la pornografía tradicional y persigue asimismo su mismo objetivo, obturar el vacío estructural y evitar el encuentro real.
La demanda a la carta y la extinción del deseo
Toda esta nueva proliferación de gadgets tecnológicos —nuevos instrumentos del goce— destinados a recubrir y renovar incesantemente al mismo tiempo nuestra falta constitutiva —velar nuestro vacío— y servirnos de consuelo para retrasar indefinidamente afrontar la verdad, tenía que desembocar inevitablemente en la aparición del objeto definitivo, la inteligencia artificial (IA).
La IA se presenta como el servicio de demanda a la carta definitivo, el espejo perfecto frente al que cualquier deseo, por muy exótico o extraño que resulte, será inmediata y obedientemente cumplido. El deseo, por naturaleza siempre insatisfecho —siempre deseo de algo más—, es inmediatamente colmado y extinguido. Encubriéndose la falta, se imposibilita al mismo tiempo el surgimiento del deseo —donde no falta nada, nada puede desearse— y cualquier deseo nuevo, al ser mágicamente cumplido con sólo haberlo pedido, se torna inmediatamente insignificante, extinguiéndose bajo el semblante de la omnipotencia del nuevo dios tecnológico. Tal vez, algún día no muy lejano, descubramos que, como dice el refrán, se llora más por aquellos deseos concedidos que por aquellos que no lo fueron.
El efecto Coolidge (nota)*
Dicen que a finales de los años veinte, encontrándose el presidente norteamericano Calvin Coolidge y la primera dama visitando por separado una granja, está última —al visitar uno de los corrales y advertir la extraordinaria actividad sexual que mostraba un gallo—, preguntó cuántas veces copulaba al día, a lo que uno de los guías respondió que, como mínimo, una docena de veces. La primera dama —que parece ser que no debía estar muy satisfecha de su vida conyugal— dijo al guía que era impresionante y le pidió que le contase aquello al presidente cuando visitase el corral. Más tarde —cuando el presidente se encontraba visitando el mismo corral y el guía le dijo que la primera dama había pedido que le contasen las veces que aquel gallo copulaba diariamente—, él preguntó si cada vez copulaba con la misma gallina —a lo que el mismo guía respondió que no, que copulaba con un gallina distinta cada vez—, replicando el presidente que aquello se lo contasen también a la primera dama.
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