“Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero, hijo de padre borracho y hermano de un suicida, perseguido por los pájaros y los recuerdos que me acechan cada mañana escondidos en matorrales, gritando por que termine la memoria y el recuerdo se vuelva azul, y gima rezándole a la nada porque muera.”
Poema de Leopoldo María Panero
Aunque no sea estrictamente una película, sino un documental, “El desencanto” (1976), es en mi opinión, junto al “Espíritu de la colmena”, uno de los grandes documentos cinematográficos para comprender la España del tardo-franquismo, que por su naturaleza intrínseca van mucho más allá.
El desencanto, en apariencia no es más que el diálogo que se establece entre la viuda y los tres hijos del poeta del franquismo, Leopoldo Panero, alrededor del vacío omnipresente del poeta muerto, una estatua de piedra velada, que en ningún momento se ve, que van a erigir en la plaza de su pueblo natal, Astorga.
De alguna forma, la película no es más que el diálogo de una familia muy peculiar, una familia literaria, alrededor de la metáfora del padre muerto, el padre autoritario y omnipresente, cuya muerte desean —sabiéndolo o no— sus hijos, pero cuya sombra seguirá dictando su destino a lo largo de sus vidas. Asimismo, el estreno de la película al año siguiente de la muerte de Franco, provocó que trascendiese del estricto ámbito familiar al ámbito social, convirtiéndola en una metáfora de la sociedad española tras la muerte del dictador y el desencanto de la transición, aquello que de alguna forma, lejos de ser una liberación, se reveló tras aquello que la figura del dictador velaba. Por algo se ha dicho que si “El Desencanto” fue la metáfora del franquismo, “Después de tantos años”, un nuevo documental sobre la misma familia realizado en 1994 por Ricardo Franco, casi veinte años después, fue la metáfora de la transición (Túa Blesa, catedrático de Teoría de la literatura y Literatura comparada de la Universidad de Zaragoza).
El director, Jaime Chávarri, dijo que la intención que lo impulsó a llevar a cabo este proyecto fue de alguna forma contar que “El poder de la familia es igual al poder del Estado o cualquier otro. Hay un momento en que tienes que rebelarte contra esa tiranía.”, algo a lo que Leopoldo María, el hijo mediano y sin duda el más interesante de los tres, inmediatamente replicará: “No creo en la épica familiar, porque nadie va a contar la verdad”.
La madre —Felicidad Blanc—, escritora, amiga de los poetas Luis Rosales y Luis Cernuda, fue una niña bien de Madrid, hija de un médico que era primo-hermano de la madre de Josemaría Escrivá de Balaguer —fundador del Opus Dei—, que dirá que se enamoró del poeta al leer un poema de amor en el que la llamaba hermosa y a la que el hijo menor —Michi—, describirá como a una mujer que ha vivido subyugada a las veleidades y gritos familiares, como un mueble victoriano, callado, discreto y servicial o, en palabras del poeta Arthur Rimbaud, “Par délicatesse, j’ai perdu ma vie” (Por delicadeza, he perdido mi vida).
El hermano mayor —Juan Luis Panero—, también poeta y alcohólico, se mostrará esencialmente como una imitación de un personaje novelesco, con una relación distante y ambivalente frente al padre y conflictiva —de amor-odio— frente al hermano mediano, Leopoldo María.
José Moisés Panero —Michi—, el hermano menor, futuro noctámbulo juerguista, mujeriego, alcohólico como el padre y sus dos hermanos, escritor sin obra y autor de relatos no publicados, entre otras cosas, es aquí tan joven que aún parece deambular entre los demás con cierta amargura por no ser aún nadie importante en una familia tan ilustre. Alguien a quien el escritor Vila-Matas describiría como alguien que sueña con “dejar de ser un niño pobre salido de un cuento de Dickens y casarse con una millonaria como Bárbara Hutton para divorciarse pronto de ella, y desde luego no tener que escribir”.
Leopoldo María Panero —el hermano mediano—, el poeta de la oscuridad y la desolación, pero también el bohemio, el radical de izquierdas que pasaría por la cárcel, el alcohólico, el heroinómano y el paciente diagnosticado de esquizofrenia con varios intentos de suicidio que moriría en un psiquiátrico, es el que enuncia la palabra cruda, dolorosa, lo real tras la pantomima, la verdad tras la leyenda épica —Lacan—, el fracaso de la palabra para sortear la locura, una locura que en sus poemas será una forma de lucidez frente a la muerte y al dolor (“En la infancia se vive, después se sobrevive”).
De alguna forma, al mismo tiempo que tras la muerte del padre, Juan Luis se ha convertido en el sustituto del padre vivo para la madre, Leopoldo María se ha convertido en el sustituto del padre muerto — la expresión de la queja constante de la madre frente al vacío que queda tras la muerte de su esposo—, y Michi en el que trata de comprenderla, explicarla y redimirla.
Dieciocho años después, en 1994, el director Ricardo Franco filmó «Después de tantos años«, una secuela de «El desencanto» en la que vuelve a reunir a los tres hermanos — la madre ya había fallecido— y cuentan cómo les ha ido desde que apareció la primera película.
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