Algunos personajes literarios parecen llegar a convertirse en una expresión sintomática de una fantasía masculina desde una de sus perspectivas y de otra femenina desde la otra, este podría haber sido el caso de Lisbeth Salander.
Tras una infancia marcada por la violencia doméstica extrema y una negligencia institucional sistémica, Lisbeth, que creció presenciando cómo su padre golpeaba brutalmente a su madre de forma constante, acumuló un resentimiento profundo y un fuerte sentido de la justicia contra los maltratadores. Todo este infierno familiar desembocó en un suceso traumático a los doce años —cuando tras presenciar una paliza que dejó a su madre con daño cerebral permanente—, Lisbeth lanzó una bomba molotov casera contra el coche de su padre mientras él se encontraba en su interior, causándole graves quemaduras y cicatrices permanentes. A partir de este suceso violento, fue declarada como peligrosa para sí misma y para los demás y recluida en una clínica psiquiátrica para adolescentes donde se encontró con un psiquiatra que no era más que una reedición de su padre, infringiéndole todo tipo de castigos y humillaciones con objeto de quebrarla.
Al principio de la vida psíquica no existen diferencias entre niños y niñas, ambos comparten el mismo interés por la madre. El llamado complejo de castración permitirá a la niña salir de esa relación, empujándola a buscar en el padre el objeto que a ella —como a la madre—, le ha sido vetado, el objeto que se envidia poseer —el falo—, algo que hará su hermana gemela —Camilla—, tratando de congraciarse con su padre o ignorar el abuso, pero no podrá hacer Lisbeth, que se consagrará a sí misma en ser ella el falo.
La verdadera vocación de Lisbeth será entonces hacerse desear, en su esfuerzo por captar la mirada del deseo del Otro, convertirá su cuerpo en la superficie de una inscripción —tatuajes, piercings—, atuendos cada vez más agresivos, un look cambiante, ofrecido a la mirada obscena del Otro, sintiendo su propio cuerpo como algo cada vez más extraño, como una cazadora que buscando cazar el deseo del Otro, se arriesgase a quedar también cazada.
Lisbeth se convierte, por tanto, en la brújula del deseo, la que hace circular al deseo atrapando al lector (y la lectora) en la trama de la historia, es la fantasía fálica de la Inteligencia Artificial, la increíble hacker académicamente huérfana en un mundo posmoderno donde el amo —el portador del falo—, ya ha sido destronado. Si Lisbeth, como buena histérica, muestra la verdad desnuda y obscena de aquellos que al igual que su padre se proponen a sí mismos como amos feudales —aquellos que no aman a las mujeres sino que sólo las desean como trofeos para mostrar sujetos a su dominio—, y acaba erigiéndose ella misma —la antigua víctima—, en una moderna justiciera, también como buena histérica posmoderna, le grita al amo académico que su saber no es la verdad que importa, que ella posee un saber más real y oscuro, el saber surgido de la fantasía del niño aspirante a gurú tecnológico que soñaba con tener superpoderes —el poder del saber tecnológico en un mundo cada vez más robotizado—, el saber que no dudará en utilizar para que aflore la verdad.
Para sentirse el falo —para hacerse desear—, Lisbeth debe suscitar la falta en el otro, hacer aparecer su falta —su castración—, su mentira ocultada que ayudará a destruir aflorando la verdad, la verdad del amo que no sabe que está castrado. Deberá proponerse ella misma como objeto para la falta del Otro, de tal manera que se pueda mantener el deseo vivo, es decir, insatisfecho. En la falta del Otro es donde encontrará su ser, de aquí surgirá su agresividad frente a quien no muestre su falta y también su ternura ante quien, como Mikael Blomkvist, busca la verdad que oculta el amo desde su honestidad y su humilde posición, quien no puede más que mostrar su castración.
Así, a pesar de su conducta antisocial, de su “belle indifference”, su insatisfacción vital, convertida en un odio activo frente a un mundo injusto, hipócrita y depredador, es alguien dispuesta a ayudarlo, es alguien con vocación de ayudante, de «secretaria» en un segundo plano, es la que estará siempre «allí donde hace falta», la prótesis fálica que el Otro no sabe que necesita.
En Mikael Blomkvist —el hombre que ha renunciado al falo—, que ya no lo busca frente a la verdad, que sabe (o no) que todos estamos castrados, Lisbeth encontrará al hombre soñado, al hombre que la ame como ella anhela, no como el falo simulado que finge ser, sino como lo que es, el dolor de la falta en el ser, como aquella que fue injustamente desprovista de aquello que le falta y aún espera recibir, como aquella capaz también de amar, de “dar lo que no se tiene a quien no es”.
Lisbeth Salander es uno de los personajes de la novela “Los hombres que no amaban a las mujeres” (2005), perteneciente a la saga Millennium, escrita por el periodista y escritor sueco Stieg Larsson.
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