amantes

¿Es el amor innecesariamente necesario?

Mas la luna, ella, no tiene fuego, atrae, en su avidez incontenible de ser amada, a costa del ser que la mira y que de ella se queda prendido… Y se siente que de esta luz pastosa, en la que la flor de la cicuta encuentra su éxtasis, al veneno no hay más que un paso. Un veneno que la flor envía al tallo que la sostiene, concentración del rencor hacia lo que no cede aunque se doblegue, y que sigue sosteniendo al ser que adora a la luna sumergido en su luz refleja.  

Claros del bosque, María Zambrano

Arrojado al mundo a través del canal del parto, el nuevo ser ansiará regresar toda su vida a un estado mítico de completitud al que nunca podrá ya tornar. Un sueño robado a la muerte que sólo acariciará ilusoriamente en efímeros instantes de plenitud a lo largo de toda su vida, si así ella se lo concede, en un día primaveral bajo la apacible luminosidad del sol del mediodía o arrullado por la calma del ronroneo de las olas del mar en su eterno vaivén, ajeno, como  ella misma, a las desdichas del mundo y los seres que lo habitan.

Tal imposibilidad, sin embargo, no lo desalentará de intentarlo de todas las formas posibles y a través de todos los medios a su alcance, conformándose su ansiedad en un anhelo vital por encontrar y reapropiarse de otro ser que lo complete.  Un deseo de amar, o más bien de ser amado, que lo sorprenderá como una invocación —y para quien siempre está atento, las sendas serán múltiples— suscitada por la energía procedente del cuerpo, que buscando sosiego convoca a los sentidos.

Y así, ante una mirada, un rostro, una sonrisa revoltosa o el caprichoso trazo de una silueta en el horizonte, el futuro amante, ajeno a la llamada, es sorprendido y se detiene un instante turbado por su inesperada revelación.

Y con los días las invocaciones se multiplican, pues siendo energía, el deseo es ávido e inquieto, y por su intervención, la sorpresa placentera se torna en curiosidad, una búsqueda activa y atenta, y el amante deviene una especie de Sherlock Holmes detectivesco, empujado a escudriñar atentamente en su pasión de conocimiento por saber más y más de quien invocó su deseo amoroso.

Una pasión que en su forma extrema conformará aquello que algunos llaman la pasión amorosa, pasión de conocimiento que una mirada atenta descubriría errónea, ciega, absurdamente humana, pues a pesar de estar condenados a caminar entrelazados, amor y deseo son paradójicamente enemigos eternos.

Una rivalidad antagónica que se manifestará en todos los amantes, en los que el amor convoca a la reunión con otras almas regocijándose en las semejanzas y afinidades que las enlazan, al mismo tiempo que el deseo que lo aviva aspira con la avidez de la carne a una fusión inmediata mediante la apremiante intercesión del cuerpo. Extraña paradoja nacida de un amor que vincula inquiriendo aquello que une a los amantes —acerca— y un deseo que fusiona ignorando aquello que los diferencia —separa.

Un doble movimiento de avance y retroceso que subyugará a los amantes, sometiéndolos al paso sosegado y persistente del amor, reflejo del caminar arcaico —firme y fatigoso— de las almas, como a un nómada ciego atravesando monótonamente las áridas dunas, proclive a los espejismos de un deseo discontinuo, floridos vergeles que a su paso levanta la arena del desierto en su delirio por anhelar con tanta vehemencia llegar a su destino.

Pero el deseo es listo, pues su sabiduría procede del cuerpo y a La Tierra sigue anclada, y sabe que nada nuevo se busca sino aquello que ya se ha conocido, obstinándose en transformar al sujeto amado en un nuevo objeto que satisfaga su subjetividad y ansía de ser. Y así, en el nuevo universo del amado insiste en encontrar sólo indicios de aquello que ya conoció, dando lugar a esa extraña ingenuidad del enamorado, tan ávido de conocer al ser amado y tan sagaz en su forma de desconocerlo —algo que atestiguarán después algunos con sus “yo creía, yo pensaba”, “me dijo que”, “me engañó”, “me utilizó” —, ajenos a la sagacidad de su propio deseo.

Llevado por su ímpetu amoroso —su pasión de desconocimiento— a una insaciable disección del ser amado —que por la insistencia de su propio deseo, habrá de resultarle siempre necesariamente desconocido—, el deseo transmutará ferozmente la indagación febril del detective en la codicia posesiva del carcelero, convirtiendo al amante en un ávido cartógrafo que reclamará su soberanía sobre el territorio del amado.

Un amante, insatisfecho ya con el impacto causado por la belleza del nuevo horizonte vislumbrado —un espacio hasta entonces desconocido e indiferente a su llegada—, que se impondrá en su delirio posesivo la tarea imposible de colonizarlo, promulgando a partir de este momento las leyes que habrán de dictar el futuro del amado.

Un amante, cautivo de su deseo de soberanía, que sembrará con su pasión señorial la semilla venenosa de un violento conflicto entre los amantes en su ímpetu por convertir al amado en el objeto de su subjetividad.  

Mas la avidez por ser amado sólo se calma con la locura, la idolatría del ser al que se ama, y así, el carcelero encontrará en su mirada inquisitorial y obsesiva, su adicción y su propia cárcel. En su vano delirio por reescribir el alma del ser amado a imagen y semejanza de la necesidad de su quimera —condenado involuntariamente a existir en función de su prisionero—, sólo conseguirá alejarse de su verdad para acabar convirtiéndose en un despojo de sí mismo, un apéndice residual del ser al que custodia y contra su despiadada reclusión se rebela.

El ser amado, único depositario ahora del antiguo esplendor de un amor fértil convertido en un desierto, anhelará sólo ya su liberación, dando lugar en algunos casos al fracaso amoroso y el triunfo del deseo —listo para encarnase en un nuevo cuerpo— en su cruzada imposible por reencontrar la completitud soñada. Aunque, en otros, el amor se rebelará a seguir siendo un mero instrumento de la locura del deseo, tornándose la infructuosa búsqueda de un pasado soñado ya perdido en la promesa de un presente compartido de descubrimiento recíproco en su pasión de conocimiento —un amor, en su eterna fragilidad, innecesariamente necesario.

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