Lo importante es amar

Lo importante es amar

La verdad os hará libres… y el amor también.

Tal vez porque era muy joven cuando la vi, tal vez por la hermosa y apasionada música de Georges Delerue —aunque este prolífico compositor tiene cientos de maravillosas partituras (y no exagero)— o tal vez porque de principio a fin la historia arrastra al espectador a una vorágine de sentimientos a flor de piel que no da tregua, “L’important c’est d’aimer”, película del director polaco Andrzej Zulawksi estrenada en 1975, es una de aquellas que siempre recuerdo con mayor emoción.

La trama, adaptada de la novela “La Noche Americana” de Cristopher Frank —que también escribió el guión de la película junto con su director—, sigue la historia de Servais (Fabio Testi), un fotógrafo que trabaja para un mafioso parisino (Claude Dauphin) fotografiando escenas pornográficas clandestinas y orgías con personajes influyentes con las que ejercer chantajes a posteriori, que tras haberse colado como freelance en un set de rodaje, hace unas fotos clandestinas a Nadine (Romy Schneider), una actriz venida a menos trabajando en películas de serie B para sobrevivir.

Desde el mismo instante en que la ve, Servais —el fotógrafo—, será poseído por un incontenible deseo de salvarla de su miseria económica y emocional —tal vez esperando con ello salvarse también a sí mismo—, que experimentará en forma de un amor irresistible al que Nadine, atrapada en su propio sufrimiento y la relación tóxica y destructiva que mantiene con su esposo Jacques (Jacques Dutronc), no sabrá cómo responder.

Desesperado por ayudarla a volver a triunfar como actriz —sintiendo que es lo único que puede salvarla de sí misma—, Servais pide prestado dinero al malvado capo mafioso para el que trabaja con la intención de financiar, sin que ella lo sepa, una obra de teatro en la que Nadine sea la protagonista, a través del actor Karl-Heinz Zimmer (Klaus Kinski).

Esta trama, relativamente simple, bajo la histriónica mirada de Zulawski, se convertirá en una intensa exploración de los límites del amor, el deseo y la angustia frente a la soledad, el sufrimiento y la falta, donde el amor intenta vanamente suturar la brecha entre sujetos fragmentados y vulnerables, incapaces de encontrarse, viviendo su trauma de una forma trágica e intensa —algo que se manifiesta a través de sus cuerpos y pasiones desbordadas.

Mediante una estética decadente, en una deformación delirante de la realidad —un desfile de personajes continuamente desbordados por su ansiedad y desesperación—, la pantalla se convierte en un primer plano del mundo atormentado de las criaturas al borde del abismo que pueblan sus escenas, atrapadas en laberintos que no llevan a ningún lado. Es a través de sus interpretaciones histriónicas y decorados surrealistas, como la cámara consigue alejarse de cualquier realidad objetiva y transformarse en un registro del mundo interior de los personajes, de sus sentimientos y pasiones, su furia, su dolor y su esperanza, convirtiendo la pantalla en un escenario que interpela directamente al alma del espectador, conmoviéndolo emocionalmente.

Será en medio del inmenso océano de angustia y decadencia en el que flotan todos sus personajes, donde la cámara nuevamente se alzará para retratar con una inusitada vehemencia el nacimiento de un amor tenso, inmediato, desbordado, brillando por encima de la oscuridad y la decadencia reinantes como una pasión irresistible —inexplicable para unos personajes que no pueden más que rendirse ciegamente extasiados a su virulencia— como última redención del alma humana, capaz de aportar una esperanza frente a la oscuridad y la degradación del mundo que les rodea.

Si el entorno ha arrebatado a los personajes su dignidad y su felicidad, el amor es lo único que puede devolvérselas de nuevo y permitirles reencontrarse a través del otro con ellos mismos.

Fabio Testi, Cristopher Frank, Andrzej Zulawksi, Romy Schneider y Jacques Dutronc durante el rodaje de la película

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